Educación

En el Nombre del Hijo: Evidencia de discriminación en el sistema educativo de la Comunidad de Madrid

1 Abr, 2019 -

El debate acerca de la integración social ha marcado parte de la cuestión migratoria en Europa. Las maltrechas políticas no han resultado en los niveles de adaptación esperados, generando cierto descontento social entre la ciudadanía. Pocos pueden ya discutir que la integración de los inmigrantes es uno de los retos europeos de mayor envergadura. ¿Cómo conseguir la adaptación de la población inmigrante?

Las propuestas a cómo solucionar este dilema varían a lo largo del espectro político. Desde la margen derecha, se reclaman mayores esfuerzos en la asimilación de las nuevas costumbres locales por parte de los recién llegados y se pone el peso de la integración sobre los hombros de la población inmigrante. Visto el éxito de los movimientos nativistas en Europa, parece que esta narrativa va ganando adeptos. Desde la izquierda, se argumenta que es necesario mejorar la eficacia de nuestras políticas de integración, ya que las familias de origen extranjero se encuentran en desventaja en multitud de ámbitos. Entre las causas, la existencia de discriminación se encuentra entre las más comúnmente mencionadas. Y la evidencia demuestra que tal discriminación existe, tanto en el mercado laboral como en otros ámbitos. Por eso me pregunto: ¿Cómo interactúan estas dos fuerzas? ¿Hasta qué punto la asimilación consigue mitigar ciertas actitudes discriminatorias?

En este post, me centraré en discutir la presencia de trazas discriminatorias y las preferencias de la población con respecto a la asimilación en el acceso a la educación. El sector educativo desempeña un rol fundamental en la integración de la población inmigrante, ya que representa una herramienta fundamental para el desarrollo socioeconómico de los colectivos más desfavorecidos. Además, el sistema educativo se antoja de vital importancia de cara a inculcar valores cívicos comunes que mejoran la convivencia entre distintas culturas. Por tanto, estudiar si existe discriminación en nuestras escuelas resulta particularmente interesante, ya que constituye un obstáculo importante para abordar la desigualdad y mejorar la integración.

En mi más reciente artículo de investigación (aquí), abordo esta cuestión mediante un “correspondence experiment” en el que participaron (sin saberlo) algo más de 2.500 guarderías, colegios e institutos de la Comunidad de Madrid. ¿Qué es un “correspondence experiment”? Consiste en hacerse pasar por varias personas ficticias y ponerse en contacto con anunciantes de puestos de trabajo, alquiler de piso o similares. Las personas son idénticas en todo salvo en una cosa: sus nombres. Los nombres permiten señalizar características (como el origen étnico o el género) de la persona que envía el mensaje. Mediante comparaciones entre las tasas de respuesta a estos mensajes, somos capaces de obtener una medida que refleja cuánta discriminación existe hacia cierto colectivo en el ámbito estudiado. Las ciencias sociales han empleado esta metodología durante años para investigar la presencia de discriminación y sus causas en multitud de dominios, como, por ejemplo, en el mercado laboral o en el inmobiliario.

A fin de investigar la presencia de discriminación en el ámbito de la educación, me puse en contacto vía email con la mayoría de los centros de educación infantil, primaria y ESO de la Comunidad de Madrid, tanto públicos como concertados y privados. Me hice pasar por tres parejas (una española y dos rumanas) que buscaban un centro educativo para sus hijos y pedían organizar una visita para conocer el colegio. En el estudio, me centro en la población rumana porque constituye el grupo inmigrante más numeroso en la Comunidad de Madrid. Las familias rumanas diferían en sus esfuerzos por asimilar la cultural local, que señalizaban con el origen del nombre de su hijo. Mientras Ion Dumitru y su esposa Ioana buscaban un centro para Nicolae; Ioan Mihai y su pareja Mihaela lo hacían para el pequeño Javier. Por otro lado, la familia española estaba compuesta por Manuel, Carmen y su hijo (también llamado) Javier. Cada centro recibía un email de una de las tres familias, asignado de forma aleatoria. La estructura de las cuentas de correo permitía señalizar que las familias eran similares en niveles de renta. Al mandar los emails desde una cuenta con forma [email protected], las escuelas podían inferir que los padres de los niños en las tres familias eran propietarios de una pequeña PyME de reformas. A su vez, los textos utilizaban un lenguaje similar. Todo ello conseguía mitigar la discriminación relacionada con el nivel socioeconómico o cultural de la familia, y estimar de forma causal la llamada “taste-based discrimination” (es decir, la que está relacionada con el origen étnico). La intensidad de las trabas discriminatorias y los efectos de la asimilación cultural es calculada mediante comparaciones entre las tasas de respuesta de las distintas familias.

Y aquí están los resultados:

  • La familia cuya totalidad de miembros tienen nombres típicamente rumanos reciben 12% menos respuestas que las familias con nombres españoles. La tasa de respuesta para Ion y Ioana es del 68%. La de Manuel y Carmen es del 77%.
  • La familia rumana que escoge un nombre español para su hijo tiene una tasa de respuesta del 73%. Esto implica que reciben 6% menos respuestas que la pareja española pero un 7% más que la pareja rumana con un hijo de nombre rumano.
  • Estos resultados no varían de forma significativa en función de las características de los centros ni de su localización. Es decir: la intensidad de la discriminación y de los retornos a la asimilación cultural son similares entre centros públicos, concertados y privados. Lo mismo ocurre con escuelas situadas en barrios o municipios con más voto hacia partidos de izquierdas o de derechas. El patrón también se mantiene con la edad del niño, los precios de alquiler de los pisos situados en el barrio, el tamaño del municipio, la provisión de educación bilingüe o el número de servicios extra (i.e. comedor, servicio de transporte o jornada ampliada) que la escuela ofrece.

Así pues, la evidencia empírica apunta a que las familias inmigrantes se encuentran en situación de desventaja en el acceso a la educación. Adicionalmente, parece que los centros educativos premian los esfuerzos por asimilar la cultura local. Controlando por las características socioeconómicas familiares, la selección de un nombre español reduce la discriminación en un 50%. Sin embargo, la asimilación, que es emocionalmente costosa para el inmigrante al tener que abandonar parte de sus raíces culturales, no es suficiente para eliminar la existencia de un trato desigual por parte de los nativos. Por último, la aparente falta de influencia de las características del centro indica que la discriminación y las actitudes hacia la asimilación no se ven afectadas por la composición socioeconómica o las preferencias políticas de los miembros que lo constituyen. Por tanto, parece que las escuelas muestran actitudes similares con respecto a la inmigración y poco importa si están compuestas por familias ricas o pobres o tradicionalmente conservadoras.

En resumen, la discriminación está presente en nuestros centros educativos. Y se trata de un problema de fondo que ni los esfuerzos de los inmigrantes parecen acabar de eliminar. Habida cuenta de que estos resultados se centran en la población rumana, que se encuentra bien asentada en la Comunidad de Madrid, cabe conjurar que otros grupos de inmigrantes pueden estar sufriendo mayores trabas. Parece que queda trabajo por hacer si queremos un sistema educativo inclusivo para todos.