Política

Independentistas, relatores y supermutantes

6 Feb, 2019 - - @egocrata

El histerismo no debería ser el principio rector de las decisiones políticas. En España, tristemente, ha pasado a ser el centro de la ideología de la oposición.

La noticia de que el gobierno ha ofrecido que un tipo se siente en las reuniones de la mesa de partidos catalanes para tomar notas y dar turnos de palabra ha sido recibido por la derecha española con un espectacular ataque de nervios. Tanto Ciudadanos como PP han hablado de traición, convocado manifestaciones y hablado de esta medida como si fuera la antesala de un apocalipsis zombie en Barcelona.

Empecemos por lo básico. Dentro de los (débiles) intentos del gobierno de Pedro Sánchez por intentar reconducir el conflicto de Cataluña se creó una mesa de partidos para al menos hacer que secesionistas y unionistas hablen de política entre ellos sin pegarse gritos. A estas reuniones hasta ahora sólo han acudido como-se-llame-Convergència-hoy, ERC, PSC y Podem; la CUP, PP y Cs ni se han molestado a sentarse. Esta mesa es una buena idea porque concentra cualquier negociación ahí donde está el núcleo del problema, dentro de Cataluña. El relator participará en esta mesa, entre partidos catalanes, no en un diálogo entre dos gobiernos.

Porque el problema, insisto, es entre catalanes, no entre Cataluña y España. En Cataluña hay una parte de la población (minoritaria) que quiere la secesión y monopoliza las instituciones regionales, que siente su identidad amenazada. Hay también una mayoría social que quiere seguir dentro de España, está harta que las instituciones las excluyan, y quieren que les dejen vivir en paz sin estar todo el rato viviendo dies històrics. Esto no va de soberanías (lo siento, Galindo), sino de identidades amenazadas y abusos de poder.

Los dos bandos tienen posiciones enfrentadas, pero hay una posibilidad bastante obvia de acuerdo. Los secesionistas pueden recibir garantías de que sus reclamaciones pueden ser respetadas a cambio de renunciar al monopolio de las instituciones y el uso ridículamente partidista de estas. El gobierno regional podría conseguir más control sobre sus impuestos (algo que, insisto, es buena idea) a cambio de una ley electoral que deje de sobrerrepresentar a los nacionalistas catalanes de forma ridícula, una televisión pública realmente independiente y una Generalitat que deje de funcionar como un cortijo.

¿Es un acuerdo fácil de conseguir? No, en absoluto. Si fuera fácil, todo este desastre lo hubiéramos arreglado hace una década. Pero si queremos arreglar el problema y hacer que el secesionismo siga siendo una amenaza para la convivencia dentro de Cataluña, la única forma de conseguirlo es con una negociación donde ambas partes estén dispuestas a llegar a una solución razonable dentro de Cataluña.

Como he dicho en repetidas ocasiones, los líderes secesionistas catalanes distan mucho de cualquier atisbo de racionalidad. Los 21 puntos de Torra son de un infantilismo que raya la estupidez, y todo el movimiento independentista parece ser incapaz de entender la extraordinaria gravedad de lo que intentaron hacer en otoño del 2017. Es bastante obvio que algunos líderes procesistas están bastante chiflados.

Esto no debería ser excusa, no obstante, para que los unionistas hagan el mandril y no intentemos solucionar el problema. Desde que recuerdo, la derecha española cuando está en la oposición siempre parece estar convencida que España está bajo un asedio constante por parte de fuerzas secesionistas hiperpoderosas e infinitamente inteligentes que siempre están manipulando y engañando a la izquierda y empujando al país a la catástrofe. Estos secesionistas con poderes sobrenaturales de destrucción de la unidad de la patria son tan poderosos que sentarse con ellos equivale a una derrota total y completa de la nación. Sólo mirarles es traicionar al país.

La experiencia reciente deja claro que esto es una ficción. Cuando los secesionistas proclamaron una secesión unilateral bajo un gobierno de la derecha, al estado le bastó con enviar tres funcionarios a la Generalitat para disolver el gobierno y suspender la autonomía. Los secesionistas son débiles, y son perfectamente conscientes de su debilidad. Ellos son los primeros en querer encontrar una salida.

La figura del relator en una mesa de partidos políticos (que no gobiernos) de Cataluña (no de partidos secesionistas y partidos españoles) es un primer paso para reducir la desconfianza entre dos bloques sociales cada vez más distantes y facilitar puntos de encuentro, no una concesión. Decir que la mera oferta es una traición porque los independentistas van a utilizarlo para cometer nefandos actos de propaganda y van a proponer a Jimmy Carter como mediador es caer en el juego de Torra y Puigdemont de que este es en conflicto entre países, no un conflicto entre catalanes. En vez de hablar del problema de fondo, PP y Cs han perdido la cabeza por un formalismo.

Hablemos sobre soluciones. Hablemos sobre qué medidas se pueden ofrecer a los secesionistas dentro de la constitución (incluyendo una reforma de esta, incluyendo una ley de claridad tan dura como la canadiense) para que acepten renunciar al unilateralismo. Hablemos sobre qué garantías vamos a tener los catalanes no independentistas para que las instituciones de nuestro país nunca más vayan a ser utilizadas para atacar nuestros derechos constitucionales. Hablemos sobre qué consecuencias (porque deber haber consecuencias) deben sufrir los que intentaron reventar Cataluña desde la Generalitat, y si un acuerdo de convivencia debe incluir medidas de clemencia o no.

Pero dejemos las estupideces simbólicas a un lado, y dejemos el histerismo fuera del debate. Entiendo que la competición partidista dentro del independentismo y la derecha española empuja a sus líderes a competir en astracanadas y ser más nacionalistas que nadie, pero es hora de ser responsables. Cataluña debe volver a ser un país normal, no un lugar al borde de una fractura social irreparable. Trabajemos para ello, no para ganar votos a costa de unos y otros.