Hay artículos que son difíciles de escribir porque realmente me cuesta creerme su premisa.

Hace casi dos años, unas semanas después de la victoria de Trump, escribía sobre dos artículos en prensa donde se hablaba sobre cómo la CIA había llegado a la conclusión que los servicios de de inteligencia rusos habían intentado ayudar a Trump durante las elecciones. Por aquel entonces, mi primera reacción fue que era un escándalo demasiado absurdo para ser remotamente posible. Era plausible que Rusia hubiera comprado publicidad en Facebook o Twitter para incordiar, pero la idea de que un candidato a la presidencia de Estados Unidos hubiera trabajado con espías rusos para ganar unos comicios parecía una teoría de la conspiración.

Hoy, tras la rueda de prensa de Donald Trump y Vladimir Putin en Helsinki, sigo sin acabar de creyendo que esta historia pueda ser cierta, pero estoy empezando a quedarme sin respuestas inocentes.

Empecemos por el escándalo de hoy, la respuesta del presidente de los Estados Unidos cuando le han preguntado si creía a sus servicios de inteligencia cuando decían que los servicios secretos rusos habían intentado intervenir en las elecciones del 2016, o si se creía a Vladimir Putin cuando negaba esa intervención. Trump, en una respuesta calamitosa, ha dudado sobre la competencia de sus propios servicios de seguridad, dándole la razón a Putin de forma explícita. Esa fue una de las declaraciones menos pro-rusas que hizo el presidente durante la rueda de prensa.

Esto es, como poco, francamente inusual. Todas las agencias de seguridad americana, todas ellas dirigidas por gente escogida por Trump, y varios comités del congreso, todos ellos controlados por republicanos, han llegado a la conclusión que Rusia intervino en el 2016 para favorecer a Trump, utilizando una combinación de hackeo, divulgación selectiva de comunicaciones de miembros del partido demócrata, publicidad en redes sociales y filtraciones. El debate en el congreso a estas alturas no es si hubo intervención o no, sino si esta fue suficiente para darle la victoria a Trump, y sobre si alguien en la campaña del candidato republicano estaba colaborando con los rusos de forma tácita o explícita. Que un presidente de los Estados Unidos, en una rueda de prensa con el líder del país que es acusado de intentar interferir en ese proceso electoral, desautorice a todos sus servicios de inteligencia para darle la razón a ese dirigente es inaudito.

La cosa no se queda aquí. Estas declaraciones de Trump han sido apenas dos días después que Robert Mueller, el fiscal especial investigando la intervención rusa en las elecciones, acusara formalmente a 12 miembros de los servicios de inteligencia rusos de intervenir en las elecciones hackeando los ordenadores de la DNC y la campaña de Clinton y robando información vital sobre estrategia de campaña. Trump hablaba el mismo día en que se hacía pública la detención de Mariia Butina, una agente rusa que estaba intentando influir en la campaña presidencial a través de trapicheos con la NRA*.

Viene también después también de meses y meses de revelaciones sobre cómo un número francamente alarmante de miembros de la campaña de Trump (Manafort, Flynn, Papadopolous, Page, Trump Jr., Jared Kushner, Jeff Sessions…) habían tenido reuniones con gente que o había trabajado o estaba trabajando con los servicios secretos rusos, oligarcas cercanos al Kremlin o una combinación de ambos, contactos que inevitablemente habían tratado de ocultar. Robert Mueller, en su investigación, ha procesado o extraído admisiones de criminalidad al director de la campaña de Trump, su ayudante, el abogado de Trump y tres de sus asesores en matería de seguridad, todos por delitos relacionados con Rusia.

Aún con estas, si hay una verdad que no me ha fallado nunca al hablar de política es eso que uno nunca debe confundir la maldad con la estupidez. Es muy fácil creer que un dirigente está llevando a la práctica una elaborada estrategia para intentar dominar el mundo que explica todos sus actos nefandos. A la práctica lo que sucede realmente es que tipo es realmente así de idiota, y simplemente está haciendo cosas idiotas porque no da para más. Como acostumbra a decir  Carlos Hidalgo, la política es más Mortadelo y Filemón que House of Cards.

Es por este motivo que la idea de que Donald Trump estuviera cooperando con los servicios secretos rusos durante la campaña me sigue pareciendo difícil de creer. Es ridículo pensar que un candidato a presidente esté dispuesto a cometer alta traición para ganar unas elecciones, especialmente cuando ese candidato, según un buen puñado de fuentes, nunca quiso realmente ganar las elecciones y nunca creyó que fuera a ganarlas. Todos mis instintos sobre cómo funciona la política (en gran medida refrendados por años de ver cómo funciona el sistema político americano desde dentro a varios niveles) me hacen creer que la idea de que alguien pueda planificar y ejecutar una conspiración semejante es absurda.

Pero joder, me están entrando dudas. Trump y sus muchachos realmente parecen estar actuando como si la investigación realmente puede encontrar algo serio. Trump insiste, una y otra vez, en lamerle las botas Putin cada vez que puede. Es difícil imaginar que esto pueda sear casual.

Intentando dejar de lado elaboradas conspiraciones, creo que la teoría más plausible es la siguiente. Primero, la admiración de Trump por Vladimir Putin es sincera, simplemente porque está de acuerdo con él en muchos temas. Putin es un dictador reaccionario con una visión hobbesiana del mundo y una hostilidad abierta al multiculturalismo y los valores liberales. Trump no aspira convertirse en el líder de un régimen autoritario (en parte porque es demasiado idiota para ejecutar un golpe de mano así), pero admira la Rusia de Putin y la ve como un modelo a seguir. Esto puede ser preocupante y en condiciones normales bastaría para que todo el partido republicano lo quisiera quemar en la hoguera, pero el GOP hace muchos años que dejó de ser un partido normal. Moralmente inaceptable, seguro, pero no es una conspiración criminal.

Segundo, creo que aunque es posible que los rusos intentaran desesperadamente contactar la campaña de Trump en el 2016 y coordinarse con ellos, la explicación más problable es que no hubiera una conspiración. Los servicios de inteligencia rusos tenían en nómina a un número francamente delirante de gente en la campaña de Trump, pero el candidato y su familia eran demasiado ingenuos o estúpidos como para darse cuenta. Es muy probable que Paul Manafort o Roger Stone  hablaran con los rusos, pero compartimentalizaron la información para que nunca llegara al candidato. Incluso habiendo estos contactos, es incluso posible que nunca hubiera coordinación formal; las campaña de Trump se aprovechó de las interferencias de Putin, pero manteniendo una distancia prudencial.

Tercero, la reacción de Trump ante la investigación es más fruto de sentirse inseguro que de saberse culpable. Trump cree que el hecho de haber ganado unas elecciones con apoyo ruso invalida, aunque sea parcialmente, la legitimidad de su victoria electoral. Cuando habla de caza de brujas, dice creer a Putin y demás delirios presidenciales lo hace por ego, no por maldad o por ser un agente del FSB.

Dicho en otras palabras: Trump no es un traidor, sino un criptofascista herido en su orgullo que no es capaz de entender que sus acciones están debilitando la posición internacional de Estados Unidos. Cuando la explicación más benévola que se me ocurre es que el presidente es un idiota incapaz, sin embargo, es obvio que algo ha salido espantosamente mal.

Por supuesto, incluso esta teoría “benévola” tiene agujeros. No explica por qué la política exterior americana parece estar hecha a la medida de Vladimir Putin. No explica la ridícula cantidad de rusos que aparecen en el historial de negocios del mismo Trump. No explica algunas “coincidencias” realmente delirantes durante la campaña (como que el día que Trump pidió a los rusos en un discurso que hackearan a Hillary fuera el día en que empezaron a hacerlo), o que todo Dios en la campaña de Trump, cuando se le acercaba un ruso con ofertas oscuras, aceptara una reunión de inmediato. Es posible que estos hechos tengan otras explicaciones más o menos benévolas que ahora mismo se me escapan, pero son difíciles de contemplar.

Toda la historia de la intervención rusa en las elecciones y la reacción de Trump, sin embargo, no tiene nada de normal. No tengo ni la más remota idea sobre qué va a encontrar Robert Mueller, pero estamos en territorio desconocido.

Sobre los efectos políticos de toda historia, con suerte, hablaremos mañana.

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*: La NRA, por cierto, tiene un problema enorme entre manos. Hace años que se rumorea que la organización ha recibido financiación de terceros países que buscaban intervenir en campañas electorales en Estados Unidos.  Mariia Butina estaba muy bien conectada dentro de la organización y con el partido republicano. Han tenido suerte que la noticia saliera hoy, en pleno caos post-Helsinki, y nadie le esté prestando demasiada atención.