Política

Mociones, rituales y perdidas de tiempo

30 May, 2018 - - @egocrata

El doctor ha sabido sobreponer a los mezquinos intereses partidistas los supremos intereses personales.” Les Luthiers, Vote a Ortega.

Esta semana, leyendo sobre las elaboradas negociaciones, no negociaciones, ultimátums, negativas, gestos, proclamas e insultos variados alrededor de la moción de censura a Rajoy se venía a la cabeza esta cita de Les Luthiers. El escenario que tenemos sobre la mesa parece relativamente sencillo: todos los partidos de la oposición, casi sin excepción, quieren que el presidente del gobierno abandone el cargo. Ante la posibilidad de votar en congreso que eso suceda, sin embargo, esos mismos partidos que están completamente de acuerdo en este punto llevan varios días buscando excusas cada vez más elaboradas para decirse mutuamente que no.

El artículo fácil hoy es decir que es hora de la responsabilidad, el sentido de estado, el prestigio del congreso, los altos ideales de no tener un presidente que participó durante décadas en una trama de corrupción delirante y cosas de este estilo. Los editoriales de los periodicos estos días van llenos de ellos, y no voy a negar que tienen razón. Por muy imperfecto que sea Pedro Sánchez como líder político (a mí no me miréis, yo apoyé al otro candidato) y exasperante su postureo ideológico, ahora mismo cumple con el requisito mínimo para ser presidente del gobierno consistente en no ser Mariano Rajoy, así que lo razonable sería votar a favor de su investidura y después, si se cree que puede hacer algo parecido a gobernar sin apoyos, dejar que se estrelle solito en unas elecciones, las convoque él o su sucesor.

En el debate sobre la moción, embargo, creo que faltan tres elementos importantes que merecen ser tenidos en cuenta. Primero, el hecho que la moción de censura pueda fracasar incluso cuando todo el mundo cree que es hora de que Rajoy se vaya a escribir sus memorias a Pontevedra de una vez no es un fracaso de los políticos que no se ponen de acuerdo en cómo hacerlo, sino el triunfo de un buen diseño institucional. Los redactores de la constitución española tuvieron como uno de sus puntos de partida que la inestabilidad parlamentaria durante la segunda república fue una de las causas de su colapso. Para evitar gobiernos y coaliciones inestables, los legisladores decidieron copiar el modelo constitucional alemán de mociones de censura constructivas, precisamente porque sabían que exigir la formación de una mayoría alternativa lo suficiente sólida para tener una agenda de gobierno hacía que las mociones de censura fueran mucho más difíciles.

Es una decisión sabia. La única cosa peor que un gobierno con un presidente del gobierno marcado por la corrupción es una legislatura donde el inquilino de la Moncloa cambia cada seis meses, o un sistema político donde tenemos elecciones cada año. Queremos que la decisión de echar al jefe del ejecutivo sea algo que no se pueda tomar de forma trivial,  queremos que aquellos que la toman sean lo suficiente maduros y responsables como para saber lo que están haciendo, y queremos que no se líen cuchilladas entre ellos a los 10 minutos de ganar la votación. El posible fracaso de la moción de censura es una respuesta institucional sensata a un grupo de políticos insensatos que han sido capaces de pactar nada, y está bien que sea así.

El segundo punto que debemos recalcar es que apelar a la responsabilidad individual, sentido de estado, etcétera es poco operativo estos días. Los políticos, como todo el mundo, responden a incentivos, y el cálculo racional de si conviene o no dejar que el PSOE se estrelle en el congreso es algo perfectamente aceptable. No sé qué decisión tomará Albert Rivera el viernes, pero tanto si cree que echar a Rajoy ahora y aguantar a Sánchez unos meses o dejar que Sánchez se estrelle y seguir atizando a Rajoy es mejor para él y su partido, ambas son decisiones decentes y aceptables. Rivera (como todos los políticos que llegan a liderar un grupo parlamentario nacional en España) cree sinceramente que lo mejor que le puede pasar al país es que mande él, porque cree que su programa es mejor que el de el resto de partidos. Haga lo que haga, su oportunismo político es parte del sistema, y es algo que comparte con todos los líderes del hemiciclo. Hay poca moralidad que discutir en este debate, francamente.

Lo que creo que también debe ser recalcado, sin embargo, es un tercer punto que muchos políticos dejan de lado: la inmensa mayoría de votantes pasa completamente del debate sobre reglas, estrategias, apoyos parlamentarios, quién apoyó la moción y por qué lo hizo, gestos grandilocuentes, discursos y ultimátums. Todo esto es maniobra política, verborrea legislativa, discusiones sobre las reglas, estética para abogados y sexo de los ángeles, no un debate que vaya a cambiar la opinión de nadie. A los votantes les importa un rábano si Sánchez negoció, no negoció, se rinde, cede, no cede, demandas y demás historias; todo esto es procesismo sin ningún contenido real que sólo importa a los fieles y los cuatro tarados con bitácora que quedamos ahí fuera. En Estados Unidos hay un dicho que reza que en política si estás hablando sobre las reglas del juego estás perdiendo, porque a nadie, fuera de las facultades de ciencias políticas, le interesa hablar sobre diseño constitucional.

Las elaboradas maniobras de Rivera e Iglesias para justificar su voto en una u otra dirección, incluyendo la pelegrina idea que una segunda moción de censura será mágicamente más popular entre los votantes que la primera, son una inmensa pérdida de tiempo. Nadie está escuchándoles, y nadie está prestándoles atención. Lo único que los votantes quieren saber y si Rajoy se larga o no, y cuándo vamos a tener que aguantar a toda esta tropa otra vez en otra campaña electoral. Lo mejor que pueden hacer los políticos (todos ellos, incluyendo a Sánchez) es dejarse de rituales y postureo, y simplemente hacer lo que les conviene sin marearnos a todos.

En mi caso, soy moderadamente optimista, y creo que el cálculo de Rivera y Sánchez nos lleva a una moción exitosa y elecciones de aquí dos meses. Rivera creo que sabe que darle oxígeno a Rajoy no le conviene (ni dar tiempo al PP para encontrar otro candidato), y que pactar o apoyar una moción de Podemos el mes que viene sea especialmente coherente. Sánchez, a pesar de sus tendencias quijotescas, creo que es medio consciente que con menos de 100 diputados su hipotético gobierno no tendría ningún recorrido, y que poner cara de responsable quizás incluso le dé algún voto. Por descontado, es posible que Rivera se haya autoconvencido que todas las elaboradas excusas para votar no seducen a alguien, o que puede que Sánchez realmente se crea que es mejor pegársela de forma humillante para hacer quedar mal a Rivera. Dudo, además, que el sueño de Pedro sea gobernar España unos meses sin ganar ni una sóla votación en el congreso tras la investidura, que es lo que sucedería si gana y no disuelve las cortes.

En fin, esta es una de esas semanas que hacen que lo politólogos nos divirtamos mucho (no lo voy a negar, me lo estoy pasando de miedo), pero que los votantes acaben hasta el gorro de todo este circo. Dado que la política es algo que debería servir para aprobar leyes que mejoran la vida de la gente y no para mi disfrute personal, como antes se acabe, mejor.