Política

Másters políticos

14 Abr, 2018 - - @kanciller

En tiempos de másteres falsos y CV hinchados, ilegal lo primero y cutre lo segundo, me gustaría hacer un pequeño apunte colateral sobre la cuestión de la titulitis en política.

Del señor licenciado…

El reclutamiento de los políticos en un sistema como el nuestro se basa, esencialmente, en redes de confianza. Casi la totalidad de los que desempeñan un cargo público en nuestro país lo tienen por origen de un acuerdo entre élites dentro de los partidos o de primarias que con frecuencia son más coronaciones que competiciones abiertas.

Quizá también haya algo de autoselección. Puede ser que los que están más metidos en las redes de confianza (especialmente pienso a nivel de base/ local) afronten un coste mayor para finalizar sus estudios, luego suelan ser estudiantes más mediocres que los que no están día tras día dentro del partido. Quizá por eso muchos estudien ya cuando tienen un cargo público – y, paradójicamente, cierto desahogo.

Esto, cara al exterior, genera una percepción de déficit de legitimidad ¿Cómo es posible que nuestros políticos, que se lo llevan crudo, no tengan ni la ESO teniendo a mi hijo con dos carreras en el paro? Ante tal complejo, la tentación de los políticos por exagerar sus méritos curriculares es evidente. Tienen que tratar de demostrar que se merecen objetivamente estar allí. Por eso se ponen tantos títulos como sea preciso, lo necesitan para proyectar hacia fuera las razones de su ascenso a la cumbre.

Pero, además, quizá también recurran a inflar sus CV como un mecanismo con el que señalizar positivamente su ejercicio del cargo. Ya que existe en nuestros sistemas democráticos una tensión entre el principio de competencia y el de representación (queremos a los mejores, pero también queremos a los que mejor defiendan nuestros intereses), el título es una forma de desempate. Podrá gustarme más o menos, pero si tiene un máster en Har(Aravaca) ¿Cómo no va a ser buen gobernante? ¿Cómo no va a ser alguien preparado para desempeñar cargos públicos?

Esta titulitis, que prostituye el valor de la credencial, tiene en estos dos mecanismos complementarios una posible explicación – y ayuda a entender por qué estos días los partidos están revisando muy a fondo sus webs sobre los candidatos.

Al buen político

En nuestro país la opinión pública es insaciable cuando de nuestros representantes se trata. Es bien conocido cómo la cultura política española, desafecta, da leñazos sin misericordia. Así que atreverse a decir qué propiedades necesita un representante que sea bueno es una empresa que casi se considera herejía ¡Cómo habrá siquiera uno que no sea malo!

Qué virtudes debe tener un buen Príncipe es un dilema tan viejo como el mundo y poco puedo añadir que no se haya dicho mejor antes. Sin embargo, si uno mira al caso español y se queja de que tenemos un problema de selección de políticos en nuestro país, desde luego este no es por falta de formación. Aparquemos por tanto la obsesión con el nivel de la credencial – y miremos más dónde se socializan nuestros representantes, que ahí está la madre del cordero.

Llegados a este punto lo que habría es que interpelarse es sobre la propia noción de política. Si uno considera que la política es decidir entre intereses en conflicto, tomar decisiones distributivas que benefician a unos y perjudican a otros, la representación sustantiva también es importante.  ¿De verdad podría un técnico, de gran cualificación y titulaciones, colocarse por encima de estos dilemas? Más que dudoso.

Por eso yo diría que las propiedades de un buen político son tener olfato, honestidad, capacidad para comunicar, transigir, tejer coaliciones de intereses, elegir equipos, escuchar y tener empatía. Un buen político probablemente tiene cuatro principios rocosos, pero sabe ser flexible en cómo llevarlos a término, sabe entenderse con todo el mundo y hasta sus rivales lo reconocen como tal. Es zorro y león.

Y todas estas habilidades, que tienen mucho de intangibles, probablemente, se adquieren más batallando desde una comunidad de vecinos o en una asociación universitaria que con un máster en la Pompeu Fabra. Requieren darse contra la pared muchas veces.

Una sugerencia

Más allá de la titulitis, cambiemos también nosotros nuestra idea sobre qué es ser un buen político. Tenemos la suerte de que la estupidez y la maldad esté bastante bien repartida entre niveles educativos. Que no nos despiste que tenga un doctorado.

Desde una perspectiva más sistémica, quizá poner más políticos a tiro de urna sea una buena idea; hacerles pasar por unas elecciones competidas para que tengan que orientar su actividad un poco más hacia sus votantes y un poco menos hacia su partido. Y si los cabezas de lista no lo hacen, los que vienen en el paquete ni mucho menos. Que haya más cursus honorum podría ser una buena palanca.

Por eso, mi hipótesis arriesgada es que si quien llega a la cúspide ha tenido que batirse en muchas contiendas electorales, será más probable que desarrolle esas habilidades que considero deseables en un buen político.

Y no, para eso no hace falta un máster. Hace falta mucho más.