Cada vez que en Estados Unidos hay un tiroteo con múltiples víctimas mortales, el diario satírico The Onion publica la misma noticia, con el mismo titular:

“‘No Way To Prevent This,’ Says Only Nation Where This Regularly Happens

El texto de la noticia es siempre el idéntico, sólo cambiando el lugar de la masacre y el número de víctimas. El resto, desde la cita de un ciudadano preocupado al “análisis” de los expertos, permanece inalterable.

Estamos a 15 de febrero. El tiroteo de ayer en Florida fue el decimonoveno (más o menos – el gobierno federal ni se molesta en compilar cifras fiables) en un colegio sólo en lo que llevamos de año.

¿Por qué nadie hace absolutamente nada? Hablé sobre ello hace cinco años, tras la matanza de Sandy Hook, en Connecticut (28 muertos, 20 de ellos niños de 5 y 6 años), expliqué por qué la legislación sobre control de armas siempre acababa fracasando en el congreso. Escribí lo mismo tras San Bernandino. Supongo que como The Onion podría republicar ese artículo un par de veces al mes, cambiando un par de nombre,s de aquí hasta el 2050. Simplemente, los republicanos (porque es el partido republicano, casi en exclusiva), no quiere aprobar nada. Cualquier medida de control de armas de fuego necesita 60 votos en el senado. Los demócratas sólo alcanzaran esa cifra si sucede un milagro o el midwest sufre un súbito ataque de comunismo galopante.

Las encuestas señalan, con increíble, machacona consistencia que una mayoría amplia de americanos quieren controles más estrictos sobre posesión y compra-venta de armas de fuego. El problema, sin embargo, es que los que quieren restringir el uso de las armas son una mayoría poco interesada, mientras que los que se oponen a ello son una minoría hipermovilizada y motivada.

Un ejemplo anecdótico, pero que se repite, año tras año, en cámaras legislativas en todo Estados Unidos. Connecticut es un estado con regulaciones muy duras, muchas de ellas aprobabas como reacción a Sandy Hook, y tiene una tasa de homicidios comparativamente muy baja (para Estados Unidos; sigue siendo cinco veces mayor que la tasa española). El año pasado el gobernador propuso en sus presupuestos aumentar dramáticamante las tasas para obtener y renovar una licencia para posesión de armas de armas de fuego. Era una buena idea; algo así como un impuesto sobre algo tan letal como los cigarrillos pero que mata más rápido.

En Connecticut, todo proyecto de ley en el estado está sujeto a public hearing, una audiencia pública. En él, los legisladores hacen preguntas a los miembros del ejecutivo que van a implementar la ley o que han trabajado en su redacción. Los hearing están abiertos al público; tras las presentaciones de los políticos, cualquier ciudadano de a pie puede acercarse al estrado, coger el microfono y hablar durante tres minutos explicando su postura. Uno sólo tiene que llegar tempranito, apuntarse en la lista, y testificar cuando le llaman.

En condiciones normales, en los hearing siempre están (estamos) más o menos los mismos: lobistas, gente de ONG, lobistas de ONGs, activistas, lobistas de organizaciones de activistas, lobistas de organizaciones profesionales, y lobistas en general. No es un club cerrado, pero nunca hay demasiada gente, y más cuando se discuten impuestos que apenas recaudarían nueve millones de dólares al año.

El día en que se debatió la tasa sobre licencias de armas de fuego, más de un centenar de personas estaban en la puerta del Capitolio a las siete de la mañana en febrero a nueve bajo cero esperando entrar para ponerse en la lista para testificar. Todos, sin excepción, entusiastas de las armas de fuego preocupados que el estado estaba atacando su sagrado derecho a comprar artefactos letales como hobby o para defenderse de terrores reales o imaginarios. No fui tan masoquista como para aguantar todo el debate (mi trabajo era escuchar por internet la presentación de este tipo), pero os podéis imaginar por donde fueron los tiros. No recuerdo a nadie que hablara a favor de la tasa, por supuesto.

Según te cuentan los legisladores en privado, la proporción de llamadas telefónicas de ciudadanos airados es esencialmente la misma: decenas, cientos de pro-armas furibundos, y uno o dos tipos (en Connecticut, tristemente, acostumbra a ser una de las familias de Sandy Hook) pidiendo más control. En un estado relativamente progresista como es Connecticut que vivió una experiencia traumática como una matanza en una escuela de primaria, los legisladores tuvieron el estómago de aprobar legislación restrictiva. En lugares un poco más asilvestrados, la legislación sobre control de armas se hace menos restrictiva, no más dura, ya que los chiflados conspiranoicos de la NRA y allegados inundan las centralitas y capitolios. Es francamente delirante.

La evidencia empírica es clara: los estados americanos con regulación sobre armas de fuego más restrictiva tienen tasas de homicidios y violencia con arma de fuego significativamente más bajas. Estados Unidos es una anomalía grotesca en el mapa de violencia en países desarrollados. Una de las principales causas es una minoría de tarados con complejo de Rambo que creen que tener un rifle de asalto en casa les salvará de una invasión norcoreana algún día.

En democracia, las minorías ultramovilizadas suelen imponerse sobre las mayorías apáticas. Las armas de fuego en América son el ejemplo más claro.