Política

El último borracho de la discoteca

9 Feb, 2018 - - @egocrata

Estoy cada vez más harto de hablar sobre Cataluña por un motivo muy simple: todos los independentistas saben que esta juerga se ha acabado, pero nadie quiere decirlo en voz alta.

La historia estos días es la investidura de Puigdemont, y la serie de excusas cada vez más extrañas que el tipo se está sacando de la chistera para que no le echen de la fiesta. Que si investidura telemática, que si asociación de electos, que si consejo de la república, que si cambios de la ley del gobierno, que si nombrar presidente a alguien que pasaba por allí, todo vale.  Puigdemont se lo pasó muy bien de presidente, le encantó esto de ser el terror de las Españas, el hombre más peligroso de Europa, el héroe nacional catalán y el martir que al destierro, con doce de los suyos -polvo, sudor y hierro- hacia Bruselas cabalga. Sigue ahí, embriagado por su propia épica, borracho de gloria, y no quiere irse.

Como comentaba hace unos días, la prioridad de los independentistas es ahora levantar el 155 y recuperar el control de las instituciones. A estas alturas saben perfectamente que la investidura de Pugdemont es una quimera, y que con él de por medio levantar el 155 es imposible. Son conscientes que una investidura a distancia será inmediatamente tumbada en los tribunales, y que nadie en Europa que cuente para algo se la tomará en serio. Entienden, por mucho que se entretengan hablando sobre la dificultad de gobernar las Islas Canarias, que un gobierno en la sombra en Bruselas acabaría por ser una chapuza ridícula. Saben perfectamente que el “Consell de la República sería impugnado de inmediato, aparte de ser completamente contrario al Estatut, que cláramente excluye (Art. 67.1 y 68.1) que la ley se invente una autoridad política superior al presidente de la Generalitat. Todo el mundo sabe perfectamente que tienen que sacarse a Puigdemont de encima.

Nadie se atreve. ERC lleva toda la semana en una conversación pasivo-agresiva con el ex-presidente, diciendo que quieren investirlo de nuevo mientras le dicen que no a todo. JxC, mientras tanto, parece estar haciendo todo lo posible para conseguir que los negociadores de ERC se harten y les envíen a la mierda para acusarles de traidores, aunque se pasen el día filtrando que ya tienen una candidata alternativa. Incluso la CUP, ese partido que nunca han visto un molino de viento que no merezca ser atacado histéricamente, empiezan a decir que el procés no es cosa de una sola persona. Todos quieren echar a Puigdemont fuera de la discoteca, pero nadie se atreve a ser el que le saque a rastras.

La realidad es que la secesión, al menos a corto/medio plazo, es completamente imposible. Esto lo saben perfectamente tanto ERC como JxC*. Lo sabían antes del uno de octubre, cuando tras dos años de grandes aspavientos no habían construido ni una estructura de estado más allá de enviar a Romeva de turismo por el mundo. Los líderes secesionistas se autoconvencieron que el referéndum serviría para invocar un deus ex machina europeo que les salvaría de su propia inoperancia, pero nadie acudió al rescate. Cuando días después proclamaron la república de mala manera dos veces, a medias y sin entusiasmo alguno, se fueron todos a casa en el momento que el 155 les destituyó. Las elecciones se convirtieron de nuevo en la solución mágica para seguir avanzando, pero el resultado electoral dejó claro por enésima vez que no hay una mayoría social suficiente.

Hoy está claro que el gobierno central puede dejar el autogobierno en suspenso hasta el día del juicio sin problema. El estado sigue teniendo el monopolio de la violencia, y sigue pudiendo encarcelar a quien rompe la ley (algo de lo que alardeaban hace unos meses) sin problemas. La movilización social sigue, pero sólo satisface a los convencidos. Como con la salida de Puigdemont, sin embargo, nadie se atreve a decir que esto es lo que de verdad sucede en voz alta.

Lo he repetido mil veces: todos sabemos cómo acaba esta película tarde o temprano. Nueva financiación autonómica, con un concierto económico a la vasca y/o mayor corresponsabilidad fiscal. Una reforma del senado. Una formula para blindar competencias. Una promesa de considerar un referéndum si ciertas circunstancias se cumplen. Indultos para unos cuantos indepes. Todas estas reformas son necesarias, y es muy probable que a corto/medio plazo haya una mayoría en el Congreso que esté dispuesta a aceptarlas. Es la solución justa, y es donde hubiéramos acabado igualmente si el estado de las autonomías hubiera seguido evolucionando como lleva haciendo desde su creación.

Ahora mismo el principal obstaculo para llegar a este acuerdo es la insistencia de los independentistas de seguir negando la realidad cueste lo que cueste,  porque temen que sus “aliados” les acusen de vendidos. Mientras tanto, Cataluña sigue en el limbo, sin autogobierno, y con su reputación internacional cada vez más dañada. Los últimos cinco años han sido un completa, total y absoluta pérdida de tiempo, pero nadie quiere contarle eso a sus bases.

En fin.

*La CUP seguramente cree en que la secesión es posible, y los unicornios serán los principales aliados de la república. Son un caso perdido.