Política

Por una vuelta a la normalidad

21 Dic, 2017 - - @egocrata

Hoy votamos en Cataluña.

Es, de muy lejos, lo más cerca de la normalidad que ha estado la política catalana estos últimos años, por muy extraño que esto resulte. Es poco habitual tener una campaña electoral donde un candidato está huído y otros en la cárcel. También es poco habitual que dos partidos políticos presenten a gente que está imputada por delitos graves de los que han alardeado durante meses en televisión como candidatos, ciertamente, pero ese es otro tema distinto. La simple realidad es que tras años de manifestaciones, escenificaciones dramáticas, actos reivindicativos, días históricos en el parlament, ambiciosas leyes que dicen cambiar el mundo e incestantes discursos mesiánicos sobre honor, patria y libertad, hoy los votantes finalmente podremos dar nuestra opinión, en vez de tener a políticos hablando en nuestro nombre.

Los últimos meses han sido agotadores. Lo han sido para mí, que vivo en Estados Unidos, así que no quiero ni imaginarme cómo deben haber sido para la gente que vive en Barcelona. La política, en vez de ser ese runrún de fondo en que se habla de propuestas, leyes, medidas y reglamentos, donde las soluciones son graduales y se exige más prudencia como más importante sea un problema, se ha convertido en un bramido atronador, incesante, dramático. Los conflictos son todos existenciales. Cada día es clave en el destino del pueblo. Es hora de invocar verdades absolutas, demoler viejas estructuras, revertir relaciones centenarias. Es siempre todo o nada, victoria o humillación, estar a favor de la patria o del fascimo, a favor de soluciones extremas e irrevocables y en contra de la equidistancia y el consenso.

Estos cinco años no nos han llevado a absolutamente nada. Cataluña no es más libre o está más oprimida que hace cinco años. No es una sociedad más justa, más igualitaria, equitativa o próspera. No es una democracia más plena, más sensata y más participativa. No es una sociedad más fuerte, cohesionada o vibrante de lo que era hace un lustro. Lo único que hemos tenido, durante cinco años, ha sido un inacabable fantasía épica de buscar conflicto, hacer que todo gire en torno a posiciones extremas, olvidarse de lo inmediato y crispar, irritar y cabrear a todos, sin parar. Cinco  años.

La política no tiene por qué ser así. Es más, no lo es casi nunca en ninguna parte. Esta política no es sana para los políticos que viven todo el día entre la megalomanía y la paranoia, ni para los votantes que viven preocupados si el cielo va a caerles sobre sus cabezas, ni para la sociedad que los alberga en constante incertidumbre y tensión. Es un agobio, una pesadez, un no parar. Un país, una región, no puede tener una política en la que sus dirigentes están buscando abierta y constantemente la confrontación, el ruido y la furia sin que eso tenga consecuencias.

Los votantes hoy en Cataluña, y los políticos mañana, tenemos la posibilidad de acabar con esta tensión. Podemos dejar atrás la política donde todo gesto es un ruptura, toda declaración una afrenta, toda ley un obstaculo a ser destruido y todo discrepante un enemigo a ser neutralizdo, y volver una política normal, aburrida y banal donde hablamos de problemas concretos, no de cosmovisiones irreconciliables. Los votantes podemos hacer que esto suceda hoy votando a políticos que prefieren lo concreto al abstracto, la negociación al conflicto y la moderación al dramatismo. Los políticos podrán hacerlo mañana aceptando de una vez que Cataluña no es un sólo pueblo, nadie tiene razón del todo y hay algo aceptable a medio camino entre quemar todo hasta los cimientos y fosilizar el status quo en ambar.

No sé cuál será el resultado de estas elecciones. Sospecho que no será demasiado distinto al del 2015, con los dos bloques enfrentados quizás subiendo un par de puntos o bajando un par de puntos, sin cambios significativos ni nuevas mayorías sociales. Nadie va a sacar una mayoría tal como para poder decir que ha ganado de forma decisiva.

Mi esperanza es que los políticos, y los agitadores sociales que les acompañan, finalmente se den cuenta que lo de los últimos meses no nos ha llevado a ninguna parte. Si se sigue igual, ni la secesión es factible, ni el desencanto con la situación actual va a desaparecer. Los votos no están ahí. Nadie tiene mayorías sociales suficientes. Quizás, sólo quizás, finalmente se decidan a bajarse del burro, dejarse de discursos heroícos estúpidos, vacuos e inútiles, y decidan volver a hacer la política donde se habla de propuestas, leyes, medidas y reglamentos, las soluciones son graduales y se exige más prudencia como más importante sea un problema.

No soy demasiado optimista, pero ho es la hora de exigir una vuelta a la normalidad y al aburrimiento.