Política

Pongamos que hablo de Populismo

28 Nov, 2017 - - @kanciller

El populismo ha entrado con fuerza en la agenda política. Este fenómeno, que dábamos por acotado a los países de América Latina hasta hace nada, hoy parece que está viviendo el proceso contrario; se desborda. En el debate actual el populismo tiene vocación de abarcar fenómenos políticos a izquierda y a derecha, a un lado y otro del Atlántico, y corre el riesgo de convertirse en el próximo concepto “atrápalo-todo” donde quepan sin despeinarse Trump, Brexit, Podemos, Renzi o Sálvame Deluxe.

Para ordenar este debate, desde el análisis del significado de populismo como desde sus causas y taxonomía, llega el libro de Fernando Vallespín y Máriam M. Bascuñán “Populismos”. El libro parte de una premisa liberal pluralista como tronco a partir del cual van pendiendo el resto de las ramas. En su definición los autores no escurren las diferentes nociones de populismo (como estrategia o como “ideología delgada”) y entran a fondo a discutir las premisas populistas; la escisión entre un pueblo y una élite (casta), la relación amigo-enemigo à la Schmitt como mecanismo de articular la lucha por el poder, la construcción del demos como ente político (Eso de “construir Pueblo”)… Una discusión que no plantean como ajena a la praxis política al trufarse de ricos ejemplos para ilustrar el debate.

La parte más atrevida es la de las causas  del populismo y en este campo los autores prefieren no dejarse nada antes que pecar de omisión. La crisis de representación política, la crisis económica y sus secuelas evidentes, el impacto de las nuevas tecnologías o hasta la globalización (con el Elefante de Milanovic correteando por allí) se plantean como algunas de las causas posibles. “Ver el bosque”, que diría Vallespín, algo que en el libro se hace con mucho tiento, a mi juicio sin pisar ningún charco relevante. Por supuesto, no asignan peso a estas variables – ni siquiera sabemos cuál importa, si es que importa alguna – pero a mi juicio se trata de un punto de partida inicial para toda una agenda investigadora.

Quizá la parte más peliaguda es la taxonomía de movimientos populistas. El análisis de fenómenos en curso siempre es compleja, pero aquí se conecta más con retrocesos iliberales (eso que pedantemente se llaman backlash) que con el movimiento populista en sí mismo. A mi juicio no siempre está claro si hablamos de la emergencia del populismo, su praxis en el poder… Incluso en ocasiones parece que se mete con calzador la idea de que todo componente iliberal en los nuevos autoritarismos del Este tiene una matriz populista. Mucho más certera es su visión en el contexto francés, español o americano… Aunque ya se sabe que Obama es el primero que se reivindica como populista.

Otro componente sobre el que reflexionan los autores, un análisis que por necesidad también es provisional, es sobre fake news  y nuevas tecnologías. En esta última dimensión es particularmente interesante ver cómo las redes suponen un cambio en “velocidades y capacidades” (sic) a la hora de relacionarse con la política. Eso, y un conflicto que ellos explicitan en su libro como la tensión entre la verdad revelada, la verdad de los hechos y la verdad entendida como “lo que circula”. Quizá en ocasiones con un poso demasiado pesimista si lo comparamos con la evidencia empírica que tenemos a mano, algo más ponderada, pero una discusión bienvenida desde el enfoque habermasiano de los autores.

Hay dos reflexiones que quiero conectar con este libro. La primera es la manera acrítica con la que se ha instalado la idea de que los populistas tienen un buen diagnóstico de la situación (como muy bien apunta Mariam M. Bascuñán). A mi juicio esta idea es, con frecuencia, de un paternalismo apresurado ¿La llegada de la crisis es una cuestión derivada de tener una élites malvadas y corruptas que hurtaron la voluntad de la mayoría? ¿O no es más bien que esas élites tuvieron manos libres y un poder irrestricto? Es decir, ¿El problema fue que había corruptos al frente de Bankia o bien que los controles institucionales no existieron para permitir hacer a esos corruptos lo que les dio la gana? Creo que eso importa porque es la diferencia entre “dame el poder que yo lo haré bien” o “dame el poder para que me ate de manos”.

Esto justamente conecta con mi segunda reflexión. Con frecuencia se caracteriza el voto al populismo como una mera consecuencia, una “patología” o incluso un “estado de ánimo”. Frente al supuesto voto racional a los partidos clásicos, sólo la pasión anima el voto a las propuestas populistas. Pero ¿Acaso no es racional votar por ellos? Es decir, si uno hace la lectura de que los líderes políticos están capturados por poderes económicos, tramas corruptas, etc… ¿Cuál es la única manera de cambiar el statu quo? Votar por partidos nuevos que no tengan intereses creados dentro del sistema para que, de un modo u otro, empujen a los demás – incluso desde el poder. El populismo justamente, como causa o consecuencia, puede animar a la participación de sectores sociales desconectados, a que nuevos temas entren en la agenda y quizá, en última instancia, a que desde el poder se puedan probar políticas diferentes. Quizá una reflexión que entre en tensión directa con la premisa anterior.

En resumen, creo que este libro es un fantástico punto de partida tanto para iniciados al tema del Populismo como para curiosos que quieran saber más del tema. Más fuerte en la parte teórica que en la empírica, es un libro siempre explícito en su enfoque, honesto y bastante ponderado. Un libro bienvenido para ordenar la cabeza en tiempo de tanta confusión.