Internacional

DACA, inmigración y crueldad aleatoria

6 Sep, 2017 - - @egocrata

A estas alturas ha quedado más o menos claro que Donald Trump o es racista o tiene una extraña costumbre de hacer cosas que los racistas adoran, pero lo de hoy ha sido ya francamente extraño.

Primero, hablemos del programa Deferred Action for Childhood Arrivals, o DACA. Esta iniciativa de la era Obama consiste en dar un permiso de residencia y trabajo condicional a inmigrantes indocumentados que fueron traídos a Estados Unidos por  sus padres cuando eran menores de edad. El punto de partida es que es cruel e injusto castigar a alguien que vino al país de forma irregular cuando tenía cinco o seis años porque su familia decidió emigrar a un lugar mejor, aunque fuera saltándose la ley. DACA ofrecía a estos chavales un trato al alcanzar la mayoría de edad: si se registraban, demostraban que estaban estudiando o trabajando, y no tenían antecedentes penales, el gobierno federal les prometía no deportarles.

800.000 personas se acogieron a esta medida, y con ello podían salir de las sombras y participar plenamente en la vida social y económica del país. Para muchos de los beneficiarios de DACA (apodados como dreamers, en el clásico ejemplo de cursilería política americana), Estados Unidos es realmente el único país que conocen o recuerdan. Dado que salir y entrar del país es difícil cuando estás indocumentado, la inmensa mayoría de dreamers nunca han vuelto a su país de origen. Estados Unidos es su único hogar. Viven aquí, están integrados, pagan sus impuestos. Son uno más.

DACA es una gran idea, pero tiene un pequeño problema: fue creado mediante una orden ejecutiva, no una ley del congreso. Esto es problemático constitucionalmente (aunque las opiniones sobre su legalidad dependen mucho del color político a quien le preguntes), y muy vulnerable políticamente: el presidente puede rescindir el programa cuando quiera sin consultar a nadie. Durante toda la campaña electoral, Trump prometió que iba a eliminar DACA el primer día de su presidencia. Siete meses más tarde, ha anunciado su derogación… de aquí seis meses.

Es aquí cuando las cosas se ponen un poco confusas. Aunque Trump prometió repetidamente que iba a eliminar DACA antes de ganar las elecciones, el hombre cambió de opinión después. Durante meses ha repetido que los dreamers no tenían que preocuparse de nada, que DACA iba a seguir  en vigor de un modo u otro.

Esto, obviamente, cabreó de sobremanera a las siempre indignadas bases republicanas, que exigieron la muerte de DACA y la deportación de 800.000 chavales de forma inmediata. Un grupo de fiscales generales estatales, con el ultraconservador Ken Paxton, de Texas, a la cabeza, dieron un ultimátum a la Casa Blanca, amenazando con llevar DACA a juicio (por abuso inconstitucional del poder ejecutivo) si  la administración no actuaba antes del cinco de septiembre. Ante el dilema de tener que defender DACA en los tribunales o derogarla completamente, Trump ha decidido lo segundo… Más o menos.

Resulta que DACA es popular. Muy, muy popular. Cualquier persona que no sea un demente sin sentimientos entiende que meter un chaval de 22 años en un avión y enviarlo de vuelta a Bolivia porque sus padres decidieron emigrar cuando tenía tres años es algo absurdamente cruel. La inmensa mayoría de dreamers no tiene ningún contacto con su país natal; muchos no supieron que no tenían papeles hasta no haber cumplido la mayoría de edad. Castigar a alguien en esta situación por un acto ilegal cometido por sus padres hace casi dos décadas es profundamente injusto. Durante todo el día de hoy, gente de todo el espectro político, desde grandes empresas a derecha religiosa pasando por muchos congresistas y gobernadores republicanos han criticado sin descanso la decisión de Trump. Los medios se han llenado de historias como la de Alonso Guillén, un dreamer que murió en Houston tras el huracán tratando de rescatar heroicamente familias atrapadas.

Ayer por la mañana Jeff Sessions, el fiscal general de Trump, hablaba con entusiasmo (mintiendo como un poseso) de la decisión de eliminar DACA. Por la noche, sin embargo, Trump parecía haber cambiado de opinión, o al menos buscar excusas para evitar más críticas:

El presidente ahora dice que el plazo de seis meses es para que el congreso apruebe una ley que legalice DACA, diciendo implícitamente que está a favor de legalizar a los dreamers siempre que se haga mediante una ley. Si el congreso no lo hiciera, revisará la orden de derogación, dejando abierta la posibilidad de volver a aplazar la decisión.

Dejando de lado que Trump nunca ha mostrado la más mínima preocupación sobre la constitucionalidad de ciertos poderes presidenciales hasta ahora, el tweet realmente sugiere que no tiene ni puñetera idea sobre lo que está haciendo, o que quiere echar la culpa de su decisión a otros.

Si Trump quería obligar al congreso a aprobar una ley legalizando DACA, lo que no puede hacer es amenazar con ejecutar a los dreamers que ha tomado como rehenes y a la vez decir que su amenaza no es en serio. Como señala Josh Marshal, si Trump realmente quisiera solucionar el problema, primero hubiera buscado los votos en el congreso, negociado con su partido y montado una campaña para sacar la ley adelante.

Lo que ha hecho Trump es soltar amarras, pedir que sus compañeros de partido se lien a tortas entre ellos para decidir si están a favor de deportar a gente de forma cruel e irracional o prefieren protegerlos, con votos demócratas, y que el sector montañés del partido les haga filetes. Básicamente se ha sacado el problema de encima, pasando el muerto al congreso, para poder decir que pase lo que pase, nada era culpa suya. Estoy seguro que sus compañeros de partido le adorarán por ello. Teniendo en cuenta que este congreso ha sido incapaz de hacer nada más complicado que atarse el cordón de los zapatos estos últimos meses y que llevan 16 años intentando aprobar algo parecido a DACA, todo apunta que de aquí seis meses estaremos otra vez igual, pero esta vez Trump empezará a deportar gente.

Lo más delirante de todo este asunto, insisto, es que DACA es increíblemente popular. Su apoyo en las encuestas ronda el 75% de forma casi uniforme. Dice mucho del enorme poder del ala derecha de las bases del partido republicano y su extraordinaria intensidad y furor ante cualquier conato de reforma migratoria que una medida así no se haya convertido en ley hasta ahora.

En fin, veremos si Paul Ryan me sorprende, y decide jugarse el puesto sacando adelante una ley parecida a DACA con votos demócratas. Dudo mucho que suceda.