Internacional

Un norcoreano en la Casa Blanca

13 Jun, 2017 - - @egocrata

Es fácil elevar las anécdotas a la categoria de noticia. Hay algunas anécdotas, sin embargo, que son tan ridículas por sí solas que quizás merecen que les prestemos atención.

Ayer Donald Trump presidió la primera reunión de su gabinete en la Casa Blanca. El cabinet en Estados Unidos es el pariente lejano del consejo de ministros en España. Formalmente es parecido (una reunión de todo los miembros del gobierno con rango de ministro con el jefe del ejecutivo), a la práctica las reuniones de gabinete son bastante infrecuentes, ya que los secretarios de departamento (el cargo equivalente a ministro) trabajan de forma bastante autónoma. Dado que el presidente es un cargo elegido directamente por las urnas, Estados Unidos no opera siguiendo las mismas estructuras de responsabilidad colegiada típicas de los sistemas parlamentarios, y el consejo de ministro tiene menor peso formal en el proceso de toma de decisiones.

Eso hace que el gabinete del presidente de Estados Unidos sólo se reúna al completo muy de vez en cuando, casi siempre a efectos ceremoniales, anunciar una nueva iniciativa de gobierno o en situaciones de crisis extraordinaria. La reunión de ayer era, al menos en teoría, algo puramente ceremonial, para dar la oportunidad al presidente de dar una imagen de equipo y hablar sobre los logros de su presidencia.

La reunión, al menos, empezó de ese modo, con Trump dando uno de sus habituales paseos aleatorios por el vocabulario político americano aderezado con una variedad de adjetivos. Fue entonces cuando la cosa se volvió peculiar. Tras la intervención de Trump, todos los miembros de su gabinete, 24 personas, dieron un pequeño discurso alabando los logros, carácter moral, liderazgo, poder inspirador y soberbia inteligencia, talento y virilidad de su jefe, al que están tan orgullosos de servir. Así, sin ruborizarse. Delante de los periodistas.

¿Suena increíblemente ridículo, verdad? Podéis ver el video, así como las reacciones entre atónitas y sarcásticas de CNN, el NYT y el WaPo.

Llevo más de una década trabajando en Estados Unidos, diez años en cosas relacionadas directa o indirectamente con la política. Nunca he visto a nadie empezar una reunión con esta clase de exhibición bizarra de lealtad al amado líder, y puedo decir con seguridad que a ningún político con dos dedos de frente se le ocurriría montar un espectáculo así. No creo que ningún líder democrático que no sea de color naranja* es lo suficiente egocéntrico, megalomaníaco, vanidoso, inseguro de si mismo o torpe como para hacer algo así. Es la clase de idiotez que uno ve en una república bananera, un régimen autoritario con un dictador con gusto cuestionable en su indumentaria o una república soviética o post-soviética, no en una democracia normal.

Por supuesto, es una anécdota, simplemente. Por sí sola, no es más que una muestra que el presidente de los Estados Unidos es un tipo francamente extraño con problemas de autoestima.

Pero claro, no es un caso aislado.

Miremos dos noticias aparecidas hoy, una relacionada con políticas públicas substantivas, otra con el escándalo ruso. Estos días los republicanos están intentando sacar adelante la ley para derogar la reforma de la sanidad de Obama en el senado. En la versión de la cámara de representantes, la contrareforma dejaría sin cobertura médica a 23 millones de personas, haría que muchas personas con antecedentes médicos no pudieran contratar un seguro, y en general pondría patas arriba un sector que representa una sexta parte de la economía americana.

Mitch McConnell, el jefe de la mayoría republicana, quiere votar la ley antes del 4 de julio. A día de hoy, y durante al menos las próximas dos semanas, el borrador de la ley permanece total y completamente secreto. Nadie sabe si McConnell tiene suficientes votos como para echar adelante su propuesta a estas alturas, pero ahora mismo nadie sabe qué incluye.

¿El motivo? La ley salida de la cámara de representantes es horriblemente impopular, con sólo un 20% de los votantes diciendo que están a favor de la contrareforma en los últimos sondeos. Los republicanos lo saben, así que han llegado a la conclusión que la única forma de dejar sin sanidad a 23 millones de personas es hacerlo a lo bestia, a toda velocidad, en secreto y sin debate público, votando por sorpresa y sin avisar para proteger a sus legisladores de la ira de sus votantes. No es un proceso exactamente democrático, pero al partido republicano le parece importar más bajar los impuestos a los ricos (obamacare se financia con un impuesto sobre el capital) que hacer las cosas de forma abierta y transparente.

La otra historia va sobre Robert Muller, el fiscal especial designado para investigar la presunta cooperación entra la campaña de Trump y Rusia. El año pasado, cuando empezaron a salir noticias sobre el tema, dije que la historia me parecía una fantasía conspiranoica tal que creía improbable que llevara a ningún sitio. Durante los últimos meses, sin embargo, Trump parece estar trabajando muy duro para intentar obstaculizar la investigación, algo que incluso ha reconocido abiertamente en público.

Ayer, sin embargo, la cosa fue un poco más lejos: Trump está estudiando despedir a Robert Muller para cerrar la investigación por completo. Algo que sería, aparte de una obstrucción flagrante de la justicia (el cargo que llevó al impeachment y caída de Nixon), una maniobra legalmente cuestionable en el mejor de los casos, y un alegre insulto al estado de derecho y cualquier pretension de respetarlo. Si lo hiciera, recibiría el apoyo entusiasta de un sector considerable de los medios de comunicación conservadores, que parecen estar dispuestos a abrazar el fascismo si eso parece irritar a los progres del país. Los republicanos en el congreso, obviamente, siguen más interesados en conseguir dejar a millones de personas sin sanidad y bajarle los impuestos a los ricos que en criticar al presidente demasiado. Ninguna sorpresa.

No creo, porque ni Trump es así de cazurro, que el presidente despida a Robert Muller. Sería una maniobra políticamente suicida. Tampoco creo que Trump aspire a construir un régimen autoritario, en no poca medida porque creo que no es lo suficiente listo como plantearse algo así de complicado. Lo que estamos viendo, en todo caso, es una deriva preocupante de un sistema democrático basado en una serie de normas, costumbres e instituciones a una república bananera cada vez menos limitada por el estado de derecho. Estados Unidos nunca ha sido un país demasiado bien gobernado, pero cuando el sistema político empieza a parecer un partido de Calvinball no podemos esperar nada bueno de los resultados.

Trump, durante toda la campaña, fue un candidato caótico, desorganizado, arrogante y hostil a las tradiciones políticas del país. Ciertamente, está gobernando como prometió que iba a hacerlo. Al menos no está engañando a nadie.

*: Esto incluye a Berlusconi, por cierto, el único político que creo que sería capaz de hacer algo así.