Política

Los dos futuros del parlamentarismo español

17 Ago, 2016 - - @jorgegalindo

Este artículo recupera la antigua tradición de las «notas al aire» de Politikon: cuando abríamos una pestaña del navegador a medianoche y empezábamos a escribir para explorar ideas que llevaban tiempo flotando por ahí sin tener demasiado claro dónde íbamos a acabar. Espero que el lector –y mis co-editores — sea tan comprensivo como siempre lo ha sido con la falta de rigor y claridad, y que al menos algún que otro punto del periplo haga que el desorden valga la pena.

En las últimas semanas hemos sido varios los que hemos publicado notas especulando sobre el futuro que aguarda a la dinámica política en España, particularmente a la relación entre partidos. El hilo que une a todos ellos es una pregunta: ¿qué va a suceder con el poder leglislativo a partir de ahora? ¿Se convertirá en un nuevo centro activo y determinante? ¿O veremos cómo el bloqueo se reproduce sin fin a la vista? Hoy mismo saía esta tribuna en la que argumentaba que la fragmentación constituye una oportunidad:

En definitiva, la posibilidad de hacer fructífera la minoría existe. Puede alcanzarse si los partidos están dispuestos a explorar la ruta de la flexibilidad, los acuerdos puntuales y la acción parlamentaria constructiva.

Me señala Pau Marí-Klose que el artículo encierra una contradicción:

Invita a los partidos a explorar la ruta de la flexibilidad, al tiempo que reconoce que los votantes o están siendo flexibles. Reconoce que el escenario español es especialmente adverso, pero insiste «que el camino es transitable». Pues quizás no, oye. El artículo se impone a sí mismo el optimismo, cuando ofrece motivos sobrados para el pesimismo.

Reconozco esta contradicción. De hecho, firmé una columna el viernes pasado cuya tesis central era precisamente que vivíamos un bloqueo facilitado más allá de las cúpulas de los partidos:

Así pues, el supuesto mandato unánime de pacto no está demasiado claro. Más aún: los mismos comentaristas que claman por él suelen ser también los primeros en poner el grito en el cielo cada vez que un partido se acerca, siquiera tímidamente, a conversar con otro que no sea su vecino inmediato. Con ello, facilitan que el debate político tome una dinámica de perro del hortelano, en el cual ni se come ni se deja comer. Probablemente, salir de este círculo vicioso requiere audacia política. Pero no solo: votantes y voces autorizadas deben mirarse al espejo y cumplir su parte, entender que las diferencias ya han cristalizado, y no van a desaparecer.

La verdad sea dicha: no tenemos datos (de encuesta) lo suficientemente finos como para afirmar categóricamente que las preferencias de los ciudadanos están. Los resultados electorales no son claros: no hay prima para quien se sentó a negociar, ni para quien no se sentó. Solamente hay prima para el statu quo. Pero tampoco parece fácil subrayar lo contrario, y al final mi optimismo descansa precisamente sobre la esperanza de que los votantes acabarán por preferir la flexibilidad si eso significa que las políticas empiecen a caminar. El de otros tiene a ratos más el aspecto de una demanda (que comparto plenamente): la de construir un parlamentarismo fuerte para superar la debilidad institucional de nuestro legislativo. También se subraya (lo hace Pablo Simón) que los vetos mutuos se están superando poco a poco en el nivel autonómico. Pero la conclusión final es similar a la mía:

es fundamental que los partidos políticos españoles también entren en una nueva lógica en la que la oposición no solo debe no negarse, sino sobre todo implicarse y entenderse. Los retos de esta legislatura, con la sombra de nuevos ajustes y reformas pendientes acechando, invitan a no desaprovechar la oportunidad.

El problema es que, aunque no haya evidencia clara y directa, sí hay razones para el escepticismo de Marí-Klose.

Asumamos que (1) los partidos se comportan estrictamente de acuerdo con las preferencias de sus votantes (no es tan sencillo, pero nos servirá por hoy); (2) la repetición electoral ha demostrado que la volatilidad es considerablemente menor de lo esperado, reduciendo por tanto la incertidumbre que enfrentan los partidos. Asumamos también que se da el escenario más probable ahora mismo, que también es el más complejo: un gobierno del PP en minoría gracias a la abstención del PSOE. Los otros escenarios ofrecen una respuesta trivial a la cuestión de fondo: en unas hipotéticas hi terceras elecciones, el bloqueo se vería confirmado; en un acuerdo alternativo (PSOE-C’s-Podemos; PSOE-Podemos-nacionalistas) estaría más o menos clara la voluntad de trabajo parlamentario conjunto. Lo interesante es observar qué sucede si se resuelve la investidura sin pactos de legislatura, con los actores pivotales disponibles para virar a uno u otro lado. O para quedarse donde están.

La principal razón para ser escépticos con un escenario de colaboración es la siguiente: aunque la diferencia de preferencias específicas entre los votantes no parece muy alta (salvo en la cuestión territorial, lo cual aumenta el escepticismo),

Recuperaré aquí un par de gráficos que elaboré a finales de mayo, que definen las posiciones de los votantes en tres aspectos sustantivos para la definición de políticas:

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Como digo, en ninguna de las tres dimensiones (impuestos vs servicios; libertad vs seguridad; inmigración) parece que los tríos (PP-PSOE-C’s; PSOE-C’s-Pod&co) sean imposibles. Pero la imagen es bastante distinta cuando se dibuja con los dos ejes que mejor capturan la competición partidista: uno, el de izquierda-derecha, resume bajo la etiqueta de ideología todos los posicionamientos anteriores y muchos otros. Otro, el territorial, ha condicionado la política española desde hace décadas.

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Aquí las diferencias se vuelven más evidentes. En el eje territorial, el espacio entre C’s y En Comú Podem es casi tan grande como el existente con respecto al PSOE. En el ideológico, la distancia PP-PSOE es similar.

Además de la cuestión nacional, comparando este gráfico con los dos anteriores, parece claro que la ideología se define por dimensiones no resumidas en puntos tan obvios como los del primer gráfico. Además, en los dos primeros se aprecia cómo la correlación entre temas no necesariamente relacionados entre sí es considerable. Parece lógico suponer que esta correlación se traslada a otros componentes, como apunta aquí Víctor Lapuente. Y, por supuesto, correlaciona con el eje territorial. En definitiva, nos queda un espacio de ubicación cercano a la unidimensionalidad, con un vacío considerable entre al menos uno de los actores pivotales (PSOE-C’s) y los extremos necesarios (PP-Pod), y donde además se intuye que una parte importante del desacuerdo proviene de aspectos que no son obvios prima facie. Es decir, que no se despachan simplemente con, por ejemplo, una negociación presupuestaria.

El problema se hace aún más evidente cuando se constata que las diferencias no son sólo entre las posiciones reales de los votantes de cada partido, sino entre las posiciones percibidas. El siguiente gráfico muestra el hueco que hay entre el lugar (medio) en la escala izda-dcha que ocupan los ciudadanos según su recuerdo de voto, el punto (medio) en el que colocan al partido al que votaron, y el punto (medio) en que ubican a las formaciones que están inmediatamente a la izquierda y a la derecha de sus respectivos partidos.

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Esta era la conclusión que sacaba del gráfico cuando lo publiqué:

Los datos nos dejan con una sensación paradójica. Por un lado, el equilibrio no parece nada estable, sobre todo para un PSOE que se ve atrapado entre dos fuerzas sin tener una salida clara, resistiendo en un espacio ideológico reducido. Pero al mismo tiempo los votantes expresan diferencias muy significativas entre dónde creen que se encuentran ellos, su partido y los rivales. Es posible que éste sea un efecto de la actual dinámica del debate, y que se vaya reajustando a medida que el voto se coordine alrededor de algunas candidaturas para dejar otras de lado. Al fin y al cabo, sabemos que la posición ideológica en la escala 1-10 es considerablemente sensible a factores coyunturales o de identificación partidista, y hasta cierto punto los individuos reajustan su posición y la del resto de partidos a medida que su criterio cambia. Pero también podría suceder que las posturas se solidifiquen durante la campaña que nos viene, y que nos hallemos ante un cierto equilibrio, al menos a corto y medio plazo. La escasa flexibilidad a la hora de llegar a acuerdos en la negociación (tanto por los líderes como por sus votantes) se explica en parte por esta suerte de estabilidad inestable, de enrocamiento ideológico combinado con la posibilidad de ganar en un futuro no muy lejano.

De momento, el estancamiento es dominante más allá del inicio de conversaciones entre PP y C’s. ¿Dónde están, pues, las razones para el optimismo?

Mi idea es la siguiente: si la asunción de reducción de la volatilidad es cierta, conocida y aceptada por todos los actores en liza, también debe serlo la inutilidad de repetir elecciones. En ese caso, en el largo plazo la elección que están realizando los votantes a la hora de «permitir» o no que su partido cruce el Rubicón ideológico es la siguiente: ¿prefiero el statu quo (modificado solamente por una probabilidad cada vez menor de cambio hacia mi coalición preferida, que no incluye mestizaje ideológico) a los cambios a los que podría llegar un acuerdo parlamentario mestizo? Para el votante del PP, la elección no parece muy difícil: sí, se prefiere el statu quo mientras no haya un elemento externo que lo modifique y necesite de la acción de un gobierno en plenas facultades. Con un nivel de crecimiento aceptable, Bruselas en modo relativamente permisivo con el déficit y el reto nacionalista catalán embridado, ¿qué prisa tiene el votante del PP? Ninguna. Por eso Rajoy tampoco la tiene.

La del votante de C’s es una prisa sólo relativa, pues se encuentra comparativamente más cerca del statu quo ideológico y territorial que los demás. Tiene comezón regeneracionista, de eso no hay duda, y me parece que la lista de condiciones para negociar con el PP expresan justamente esa comezón (insisto: estoy ignorando conscientemente los incentivos estratégicos que van más allá de las preferencias de los votantes actuales de cada partido, y asumiendo que las preferencias son estables y que las previsibles pérdidas de C’s en una repetición electoral no significarán que cambie su capacidad de veto, que ahora mismo es escasa).

¿Y el PSOE? ¿Y Podemos y sus socios? Aquí la cosa es distinta. Al menos sobre el papel, las preferencias de los votantes de izquierdas están muy lejos del statu quo. Es más: están más lejos de su percepción del statu quo (dónde ubican al PP) que el punto más extremo de la coalición legislativa alternativa (dónde ubican a C’s). Esto no es cierto solamente a un lado del espectro: para los votantes del PSOE, de hecho, pactar reformas con el PP si la vía izquierda está cerrada debería resultar más o menos razonable comparado con mantener las cosas tal y como están.

Dentro de este modelo, la colaboración es el resultado en el largo plazo, una vez todos los actores reconozcan las posiciones de los demás como inamovibles. Lo único que sostiene el bloqueo es: (a) la percepción de que una coalición alternativa será posible pronto — es decir, la atribución de una probabilidad más alta a la existencia de volatilidad electoral y que cualquier pacto podría fastidiar dicha perspectiva; (b) hay determinantes del rechazo hacia otros partidos, o mejor, hacia el resultado de entablar relaciones con otros partidos, no capturados por los datos aquí vertidos. Y los beneficios marginales de una hipotética modificación del statu quo en el eje ideológico se verían desborados por los costes provenientes de esos otros factores, llámesele «colaborar con la corrupción» o «hacerle el juego a la casta». Como tiendo a creer que los votantes, en el largo plazo, prefieren observar políticas más cercanas a sus preferencias y son plenamente conscientes de la ubicación del statu quo con respecto a las mismas, también pienso que el bloqueo tiene fecha de caducidad. Por supuesto, sería mucho más sencillo superar el bloqueo si la competición fuese realmente multidimensional, esto es, si hubiese menos correlación entre ejes y más puntos de coincidencia entre los actores fuera de la columna vertebral ideológica. Pero esta no es (no me parece) una condición imprescindible.

Ahora bien, es verdad que todo esto exige una aproximación no maximalista al juego político. Algo que, quizás, no estamos en condiciones de garantizar hoy por hoy. En otras palabras: aceptando la heterogeneidad entre las filas de los partidos (hasta el momento hablábamos de posiciones medias), basta con que haya un sector lo suficientemente nutrido entre los votantes de cada plataforma que se planteen el juego en términos de todo o nada, en lugar de seguir una lógica gradual, como para que el supuesto se venga abajo: en lugar de comparar cualquier acuerdo legislativo alternativo con el statu quo, se estaría comparando con un ideal, algo que entronca directamente con la hipótesis anteriormente descrita de «determinantes del rechazo hacia otros partidos» que superan a los beneficios en políticas inmediatas. Si relajamos la asunción de mera expresión de las preferencias y además hay cuadros medios o incluso dirigentes que comparten esta postura, el giro progresivo se torna aún más difícil.

En definitiva, quiero pensar que el pragmatismo es más fuerte, pero reconozco que tal vez sólo es eso: que quiero pensarlo.