Política

La discreción del sistema electoral

16 May, 2016 - , y -

Los sistemas electorales son mecanismos curiosos. El politólogo francés Maurice Duverger los comparó con cámaras de fotos que son al mismo tiempo proyectores: registran imágenes que en parte han creado ellos mismos. Sus elementos no cambian de una elección a otra, pero sus efectos, sin embargo, pueden ser diferentes por el aprendizaje que hacen partidos y votantes de su funcionamiento. En el caso de las elecciones españolas de diciembre de 2015, esos efectos han sido además tan diferentes como novedosos, y han pasado desapercibidos pese a la importancia que pueden tener en los próximos comicios del 26 de junio.

En esencia, los sistemas electorales sirven para que los votos se transformen en escaños y los escaños se asignen a los partidos en cada uno de los distritos o circunscripciones. En sistemas como el español, estas operaciones se conforman a través de algunos elementos característicos: el prorrateo de escaños entre los distritos según criterios poco ajustados a la población, un reducido número de escaños en cada uno de los distritos, la fórmula proporcional D’Hondt y unas listas electorales cerradas y bloqueadas. Estos elementos no han cambiado desde las primeras elecciones democráticas de 1977. Los cerca de cuarenta años transcurridos han permitido que partidos y votantes conozcan el funcionamiento del sistema electoral y anticipen sus resultados: pueden así aprovecharse de sus consecuencias positivas y evitar en lo posible las negativas. Entre las elecciones de 1977 y 2011, sus efectos no han cambiado demasiado. Los dos principales partidos han disfrutado de una notable sobrerrepresentación en escaños, sobre todo el ganador, y más aún si han sido partidos conservadores como UCD o PP; los partidos minoritarios nacionales han sufrido una infrarrepresentación considerable, y los nacionalistas han solido obtener porcentajes similares de escaños y de votos. Es cierto que estos sesgos mayoritarios han generado una elevada desproporcionalidad, traducida en un sistema de partidos poco fragmentado. Pero también lo es que al menos hasta 2011 ha existido un amplio consenso que la daba por buena por permitir a cambio la formación de gobiernos unipartidistas mayoritarios o minoritarios (con apoyos superiores al 45%), unos gobiernos que se han encontrado entre los más estables del mundo.

En las elecciones de 2015, el mismo sistema electoral ha tenido efectos distintos. La fragmentación partidista ha aumentado y la formación del gobierno se ha convertido en un serio problema; pero la desproporcionalidad se ha reducido solo moderadamente. Los datos están recogidos en los gráficos 1 y 2. En 2011, el número de partidos electorales (un índice que tiene en cuenta el número y el peso en votos de los partidos) era de 3,3, y el de partidos parlamentarios (ponderando el número de partidos en el Congreso con su peso en escaños), de 2,6; en ambos casos se situaban entre los más bajos de los países europeos. Cuatro años después, estos índices se han disparado hasta alcanzar los niveles de 5 y de 4,1, respectivamente, los más elevados del período democrático. La mayor fragmentación procede de las cuantiosas pérdidas de PP y PSOE y sobre todo del extraordinario éxito de Podemos (con sus grupos coaligados) y de Ciudadanos: sus 109 escaños en 2015 dejan muy lejos los 16 que en 2011 sumaban IU y UPyD. En cambio, el índice de desproporcionalidad (que mide la relación entre porcentajes de votos y escaños a los partidos), que ha venido bajando desde los años noventa, lo ha hecho solo en un punto, del 6,9 en 2011 al 5,9 en 2015.

Gráfico 1. Número efectivo de partidos electorales (NEPE) y parlamentarios (NEPP) en España, 1977-2015

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Fuente: Elaboración propia a partir de Montero y Riera (2009: 234).

 

Gráfico 2. Desviación de la proporcionalidad electoral en España, 1977-2015 a nivel nacional

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Fuente: Elaboración propia a partir de Penadés y Santiuste (2013).

La cambiante fortuna electoral de los partidos ha desembocado, pues, en un cambio relevante del sistema de partidos: más fragmentado, con un formato multipolar más complejo y con procesos de formación de gobiernos mucho más inciertos. Ambos cambios se han producido bajo un sistema electoral cuyos elementos se han mantenido constantes: con idénticos mimbres se han construido distintos cestos. ¿Cómo han surgido entonces efectos tan diferentes entre 2011 y 2015? Podemos comprobarlo acudiendo a la ya habitual descomposición del sistema electoral en tres subsistemas en función del número de escaños: el mayoritario, que comprende los 28 distritos que tienen solo entre uno y cinco escaños; el proporcional, en el otro extremo, que incluye  los siete distritos de más de diez escaños; y entre ambos, el intermedio, que recoge 17 distritos con entre seis y nueve escaños.

Las tablas 1 y 2 contienen los datos de la fragmentación y de la desproporcionalidad para la serie de doce elecciones generales. En el subsistema mayoritario, que engloba al 53% de los distritos pero solo al 21% del cuerpo electoral, el índice del número de partidos ha sido de 3 (desde un 2,1 en 2011) y el índice de desproporcionalidad del 10,7 (desde un 9,4 en 2011). En estos distritos, situados en las dos Castillas y en las provincias menos pobladas de Aragón, Galicia o Andalucía, el tradicional monopolio del PP y PSOE solo se ha dado en las circunscripciones con tres escaños. En las demás ha logrado entrar al menos un tercer partido, sorprendentemente Podemos más que Ciudadanos. La mayor fragmentación se ha producido en Álava y Lleida, donde el conflicto nacionalista se ha combinado con el ideológico para asignar los cuatro escaños de cada distrito a otros tanto partidos. (También ha ocurrido así con los seis escaños de Tarragona, un distrito del sistema intermedio.) El umbral de representación (el porcentaje de votos con el que se consigue el último escaño) ha oscilado entre el 14% en los distritos con cinco escaños al 23% en los de dos. Por su parte, los distritos del subsistema proporcional, como los de Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla, entre otros, suponen el 13% de los existentes, pero incluyen al 44% de los electores. En ellos, la consulta de 2015 ha producido una elevada fragmentación partidista (con un índice de partidos del 4,5, frente al 2,9 en 2011) y una menor desproporcionalidad (con un índice del 2,9 frente al 4,1 de 2011). En Málaga, Sevilla, Valencia y Alicante han entrado cuatro partidos, cinco en Madrid y seis en Barcelona. El umbral de representación ha estado en el 2,6% de votos en Madrid o el 2,9% en Barcelona.

Tabla 1. Fragmentación electoral (NEPE) y parlamentaria (NEPP) en los tres subsistemas electorales, 1977-2015 

NEPE 1977 1979 1982 1986 1989 1993 1996 2000 2004 2008 2011 2015 Media
Proporcional 5,08 4,96 3,12 3,73 4,5 3,52 3,26 3,07 2,93 2,74 3,41 5,12 3,79
Intermedio 3,87 3,91 3,07 3,46 3,92 3,66 3,4 3,23 3,27 2,93 3,57 5,23 3,63
Mayoritario 3,85 3,53 3,34 3,38 3,52 3,06 2,81 2,65 2,51 2,49 2,79 4,3 3,19
NEPP
Proporcional 4,06 3,94 2,52 3 3,6 3,04 3,05 2,67 2,57 2,38 2,9 4,53 3,19
Intermedio 2,5 2,63 2,16 2,62 2,77 2,77 2,9 2,73 2,72 2,42 2,78 4,51 2,79
Mayoritario 2,22 2,03 2,29 2,38 2,22 2,21 2,2 2,04 2,15 2,12 2,04 3 2,24

Fuente: Elaboración propia a partir de Penadés y Santiuste (2013).

 

Tabla 2. Desviación de la proporcionalidad en los tres subsistemas electorales, 1977-2015 y a nivel nacional

Subsistemas electorales 1977 1979 1982 1986 1989 1993 1996 2000 2004 2008 2011 2015 Media
Proporcional 4,82 4,98 5,43 5,13 5,45 3,42 1,92 3,36 3,41 3,91 4,04 2,97 4,07
Intermedio 11,19 9,75 9,69 7,19 8,87 7,32 5,07 5,12 5,52 5,46 7,13 4,4 7,23
Mayoritario 14,13 14,95 10,44 10,19 12,78 9,13 8,75 7,74 4,62 4,69 9,36 10,69 9,79

Fuente: Elaboración propia en base a Penadés y Santiuste (2013).

¿Cómo podría funcionar el sistema electoral en las próximas elecciones del 26 de junio? La respuesta dependerá en buena medida de la capacidad de aprendizaje de partidos y votantes respecto a lo ocurrido en 2015. De hecho, Podemos e IU acaban de firmar una alianza para evitar que la dispersión del voto entre ellos les penalice y conseguir así beneficiarse de los premios destinados a las fuerzas mayoritarias. El aprendizaje de los votantes es más incierto. Da la impresión de que, sobre todo en el subsistema mayoritario, han optado por los nuevos partidos un tanto a ciegas, como lo hicieron en las primeras elecciones, las de 1977, basados exclusivamente en sus preferencias y sin preocuparse por la posibilidad de que sus partidos quedasen sin representación. Como se comprueba en la tabla 3, los votos desperdiciados, es decir, los dirigidos a partidos que en cada circunscripción no obtuvieron escaños, han pasado en el subsistema mayoritario del 15,2% en 2011 al 25,8% en 2015, lo que supone un porcentaje similar al de 1977. Es probable por ello que muchos votantes se planteen en próximas consultas realizar un voto útil de partido al que cuente con mayores posibilidades de conseguir un escaño. Y también que otros muchos votantes de los nuevos y viejos partidos opten por un voto útil de gobierno a favor del partido preferido para conformar el nuevo ejecutivo, y más aún tras estos cuatro meses de negociaciones coronadas por el fracaso.

 

Tabla 3. Porcentaje de votos sin representación en los tres subsistemas electorales, 1977-2015

Subsistemas electorales 1977 1979 1982 1986 1989 1992 1996 2000 2004 2008 2011 2015
Proporcional 12,3 12,1 9,8 9,4 8,5 5,4 2,8 9,2 3,2 6 8,8 6,4
Intermedio 21,2 17,4 16,3 15,5 16,2 11,6 8,3 8,2 8,6 8,9 12,5 10,3
Mayoritario 27,1 23,5 20,8 20,2 24,5 18,8 14,6 13,1 8 11,1 15 25,9

Fuente: Elaboración propia en base a Lago y Montero (2005).

Si ocurrieran, estas posibilidades revalidarían la peculiar discreción de las reglas del sistema electoral: sin cambio alguno, vuelven a ser cámaras que también proyectan nuevas imágenes. Si en elecciones anteriores sus efectos producían sistemas de partidos poco fragmentados y gobiernos unipartidistas muy estables, aunque al precio de resultados poco proporcionales, ahora han contribuido a crear un sistema de partidos notablemente fragmentado y con dificultades graves para la creación de gobiernos que, cuando se formen, serán probablemente inestables; pero todo ello sin alcanzar niveles significativos de proporcionalidad. Las reformas del sistema electoral propuestas durante la campaña han podido así quedar anticuadas: se ajustaban a su rendimiento de las últimas cuatro décadas, pero ignoraban su reciente impacto en la fragmentación del sistema de partidos o en las dificultades para formar gobiernos. Los partidos y votantes tendrán que aprender el nuevo funcionamiento de los viejos elementos del sistema electoral. Las futuras discusiones sobre su reforma dependerán de los resultados de este aprendizaje, es decir, de las nuevas imágenes que proyecte la misma vieja cámara de fotos.