Política

¿Demasiado joven para votar? Ejemplos, causas y efectos del voto a los 16 años

12 May, 2016 - - @carolgalais

El pasado 19 de abril el congreso aprobó tomar en consideración una proposición de ley presentada por ERC para rebajar la edad legal del voto a los 16 años. ¿A qué responde y qué efectos en el panorama electoral podemos esperar de esta rebaja?

La propuesta surge  tras varias resoluciones del Consejo de Europa sobre la coherencia y conveniencia de rebajar la edad legal del voto. Según esta lógica, es justo que los menores que puedan trabajar también puedan votar; y de paso se expongan precozmente a los estímulos políticos que les lleven a implicarse en las elecciones, desarrollar un sentido crítico; etc. Curiosamente, siguiendo otra recomendación del Consejo de Europa de 2002, implantamos la Educación para la Ciudadanía, una política con demostrados efectos positivos sobre el civismo de los jóvenes. Claro que alguien –“alguien ha matado a alguien”, que decía Gila- se la cargó en 2012. Lo digo porque Igual deberíamos pedir la restitución de esta asignatura antes de rebajar la edad legal del derecho a voto. Por ahorrarnos sustos y por ser coherentes en lo de abrazar todo lo que venga del Consejo de Europa.

Por otra parte, rebajar la edad del voto responde a una tendencia histórica. En la mayoría de países la barrera estaba en los 21 años hasta que Checoslovaquia aprobó rebajarla a los 18 en 1946, aunque el pionero oficial de esta medida es el Reino Unido (1969). El resto de países siguió la nueva tendencia en los 70. En España, el cambio se realizó justo a tiempo del referéndum constitucional (1978). Pero algunos países han ido más allá. El récord lo tiene Irán, con la edad legal para votar establecida en 15 años. En Indonesia está en 17 o a cualquier edad si la persona está casada. En Eslovenia, Croacia, Bosnia Herzegovina  o Serbia pueden votar los menores de 16 y 17 si trabajan. Nicaragua bajó el listón de los 21 años directamente a los 16 en 1984. Brasil hizo lo propio en 1988. Argentina ha seguido sus pasos reformando la ley en 2012. Estos dos últimos casos son similares por lo obligatorio del voto. Así, mientras que entre los 18 y los 70 años los ciudadanos deben votar, los mayores de 70 y los menores de 18 pueden votar, sin sanciones de no hacerlo.

Hay más ejemplos interesantes; desde países que dejan votar a los jóvenes de 16 y 17 años en las elecciones locales (Malta, varios estados alemanes, próximamente en Escocia),  países que lo permitirán a nivel regional (parlamentos de Gales y, de nuevo, Escocia), pasando por países que han hecho experimentos. Es el caso de Noruega en 2011, donde se puso a prueba en las elecciones locales de algunos municipios lo aprobado en Austria (la pionera Europea) en 2007. Ambos casos son muy ilustrativos de lo que podemos esperar de una medida como  esta: cualquier cosa. En Austria, la tasa de participación fue más o menos como cabría esperar de las personas jóvenes (menor que entre los adultos, pero no apocalíptica). Pero lo más importante es que la juventud austríaca votó  “bien”, esto es, no contra sus intereses. En Noruega, en cambio, se concluyó que los menores de 18 años dieron preocupantes muestras de inmadurez. Aunque sí se observó,  como en Austria, que los nuevos votantes acudieron a las urnas algo más que los que tenían entre 18 y 21 años (en Noruega, 58% versus 46% para una tasa de participación general del 63%).  ¿A qué se debe ese inesperado éxito de la medida entre los más jóvenes?

La cosa es que los datos disponibles mezclan tres efectos que constituyen el nudo gordiano de todo estudio sobre socialización política: contexto, edad y cohorte.  El contexto lo pondría la novedad de la medida y algún que otro rasgo característico de la elección (si son competidas o se prevé cambio, más participación).  De este efecto podemos esperar un ligero aumento en la tasa de participación que desaparecería en la siguiente elección; como ha pasado en Austria.  El efecto de la edad tiraría a la baja de la tasa de participación, puesto que los jóvenes son generalmente más desafectos y se sienten menos atraídos por la política institucional que sus padres. Así, alargar por delante la edad legal para el voto reduciría la proporción de votantes sobre el total de gente que puede votar. Aunque también se especula con que los votantes de 16 a 17 años voten ligeramente más que los de 18 (pero siempre menos que los de 30) al estar más influenciados por los agentes de reproducción social (familia y escuela), y acomodarse más a lo que la sociedad espera de ellos. Finalmente, encontramos el efecto cohorte, que es el resultado del efecto excepcional del contexto para los que están en una edad impresionable, es decir, la adolescencia. Siguiendo la lógica de Franklin, la primera generación “tratada” con esta medida se sentirá de especial y será más participativa de lo esperable el resto de su vida, por lo sonada de su primera experiencia electoral. Pero lo más normal es que la siguiente remesa de jóvenes de 16 a 17 años no se sintiese ya tan extraordinaria y las tasas de participación volviesen a las andadas. En el caso español, la rebaja podría dar lugar a una  generación cortita (los nacidos entre 1999 y 2000 si la aplicamos mañana) de gente muy fan de las elecciones.

Todo bastante especulativo ¿verdad? Es inútil sacar la maquinita de torturar números porque las últimas muestras representativas de la población menor de edad son de 2014.  Para Catalunya tenemos otra de 2011 que nos lleva a otro callejón sin salida. Se encontró que los más jóvenes eran sorprendentemente institucionalistas. Pero lo mismo es que subía una generación especial, influenciada por la Educación para la Ciudadanía o por la crisis. En cualquier caso, aquellos jóvenes de 15 años tienen 20 ahora, así que seguimos sin saber si los hoy menores de edad irían a votar.  Sólo cabe lamentarnos por la escasez de datos o parafrasear a Arquímedes: dadnos una encuesta panel lo bastante larga y resolveremos esto y casi cualquier otra cosa.

Puestos a hacer esa cosa tan peligrosa que se llama proyección electoral, hay algunas cosas que podemos esperar fijándonos en esos datos caducados o en los que ahora tienen 18 años. Por ejemplo, que los más jóvenes sean más extremistas que los jóvenes a secas. En esa encuesta de 2014, los menores de edad eran más propensos a declararse “conservadores”, “progresistas”, “comunistas” o “libertarios” que otros grupos de edad, y menos a identificarse con etiquetas menos comprometidas, como “socialdemócratas” o “liberales”. Puesto que a más juventud más tendencia a participar en protestas, de votar seguramente lo harían más que sus mayores por opciones cuya imagen y discurso recuerdan a los movimientos sociales (sí, a Podemos y a IU).  Se verían más influenciados por partidos que usen más los medios digitales y menos los tradicionales. Y causarían muy pocos movimientos sustantivos en la distribución de los escaños, ya que estamos hablando aproximadamente de un 2% del censo en total. De algo más en las provincias andaluzas y extremeñas o las ciudades autónomas.

Un caso especial podría ser el catalán. Y es que los más jóvenes, más que “inmaduros”, están formándose, y absorben información del contexto de una manera que no hacemos los adultos, integrándola a su identidad. Así, como la agenda política catalana gira en torno a la independencia desde 2009, es de esperar que los más jóvenes votasen más en clave de este tema que el resto de la población –algunos aún piensan en servicios o clases sociales-. También es más probable que estén más familiarizados con las grandes coaliciones de partidos pro o anti independencia que con las marcas habituales. Es decir, que se sientan atraídos por la idea de votar a Junts pel Sí, pero no tanto por ERC.

Hablando de ERC, su propuesta de moción seguramente tiene en mente el ejemplo escocés más que el austríaco.  En 2013 el país aprobó que los menores de 16 y 17 pudiesen votar en el referéndum por la independencia de año siguiente. Y lo hicieron en masa, alcanzando –según algunas estimaciones– una tasa de participación del 75% a comparar con una tasa de participación general apenas diez puntos más elevada. Pero aquí viene lo interesante. El 71% de estos nuevos votantes votó a favor de la independencia, cuando en conjunto sólo un 44,7%  de los escoceses dijo que sí. A esto me refería con lo de la influencia del contexto, el radicalismo de la juventud, etc. Y también a que las pirámides de población de las democracias occidentales hacen que rebajar la edad legal de voto de para apasionantes debates normativos pero para pocas alteraciones en los resultados previstos.