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El legado de Donald Trump

7 Mar, 2016 - - @jorgegalindo

Llevamos unos meses echando el rato con la candidatura de Donald Trump, pasando momentos memorables en Twitter o en las sobremesas comentando la última salida de tono del candidato más improbable a la Casa Blanca que cabía imaginar. Pero parece que ha llegado la hora de tomárselo muy en serio. No solo porque parece que va a ganar la nominación, ni por los aprietos en los que está poniendo al Partido Republicano, sino por lo que significa su ascenso a largo plazo: el surgimiento y consolidación de un nuevo paquete ideológico en la oferta política estadounidense.

En primera instancia, podemos imaginar la relación entre líderes políticos y votantes como un mercado. Cuando emerge una demanda que no estaba cubierta, la oferta no tarda en llegar en forma de emprendedor político. Es lo que sucedió con Podemos, y es lo que parece que ha pasado con Trump. Sus ideas son posiblemente más parecidas a las de los votantes republicanos que las del resto de líderes: esa ya famosa combinación de conservadurismo populista en algunos frentes (inmigración, apertura comercial, guerra contra ISIS) y moderación en otros (aborto, control de las armas), siempre dentro de una vaguedad considerable. Y lo son porque el contexto ha jugado en su favor. De este buen repaso que hace Thomas B. Edshall, me gustaría destacar la cuestión laboral. Citando un reciente artículo de David Autor y otros (pdf), resulta que tal vez Trump gana tanto apoyo a su idea de que China roba trabajos a Estados Unidos porque tal vez esté en lo cierto. Así de duro, y de sencillo. El encomiable trabajo de la gente de Vox, por último, aporta un marco de psicología social a todo el fenómeno, describiendo cómo un perfil determinado de votante se activa ante la amenaza (doméstica o exterior) y busca la respuesta fuerte, simple y autoritaria.

Decía que la relación entre líderes y votantes puede ser entendida en clave de mercado, pero también es cierto que, de serlo, no se trata de un modelo de competencia perfecta. La oferta de candidaturas es mucho más escasa que la de políticas, y como solo tenemos un voto (y una mente) cada uno, nos vemos obligados a encontrar el paquete ideológico que más se acerque a lo que deseamos. Aún iría más allá: muchos de nosotros, o todos nosotros en al menos algunos temas, no tenemos una opinión completamente formada. Las ideologías y las propuestas también sirven para que acabemos de definir nuestras preferencias de soluciones. Y hay quien argumentaría que incluso influyen en la definición que hacemos de nuestros intereses y de nuestros problemas. Empezando por el propio Marx: las condiciones de un determinado grupo de, digamos, perdedores, por muy estructurales que sean, deben ser políticamente definidas e hilvanadas ante sus ojos.

Es probable que Trump esté haciendo justo eso, aunque sea sin tener un plan establecido para ello, o sin tan siquiera darse cuenta. Independientemente de su calidad como líder intelectual, lo que parece cada vez más claro es que en torno a su candidatura se vislumbra el contorno de un paquete ideológico determinado, relativamente nuevo, con ingredientes autoritarios, racistas, proteccionistas, con mayor gasto gubernamental (aunque distribuido de cierta manera, claro), de lucha contra ciertas desigualdades (sobre todo aquellas que tienen que ver con el exterior) pero no contra otras. Si dicha plataforma acaba por consolidarse, tal será el legado de Trump: haber ayudado a introducir un nuevo polo en la dinámica política americana. Uno que podría convertirse en el centro de gravedad del Partido Republicano (o de lo que quede de él), o al menos en algo que ningún nuevo aspirante pueda ignorar.