Internacional

El cambio en Venezuela: Podemos como espejo (estratégico) de la MUD

9 Dic, 2015 - - @jorgegalindo

A estas horas del martes el gobierno venezolano acaba de confirmar que el chavista PSUV ha cedido la mayoría cualificada de dos tercios en la Asamblea Nacional a la plataforma opositora MUD (Mesa de Unidad Democrática). Hace un año y medio sostenía que el problema principal de la oposición venezolana en ese momento era que no disponía de una mayoría social. El resultado parece indicar que ahora sí la tienen, pero es necesario ser cauteloso a la hora de leer demasiado en estos resultados. En la cobertura del New York Times se relata lo siguiente, algo de lo que también se hacen eco otros medios sobre el terreno:

Many voters said that they did not know the names of the opposition candidates they were voting for, nor did they care — they planned to press the symbol of the opposition Democratic Unity coalition on the touch-screen ballot, a potent, anyone-but-these-guys rejection of the governing United Socialist Party.

José Hernández, an administrator in a government ministry, had a hard time coming up with the name of the opposition candidate he planned to vote for, saying in the end that he would simply look for the thumbs-up symbol of the opposition coalition.

“I’m voting for the party, for change,” he said, referring to the unity coalition. Mr. Hernández said that he had always voted for Mr. Chávez’s movement. But now, he said, “They’ve had so much time in power it’s time to bring in someone else.”

Es posible que la mayoría de la MUD haya llegado a costa de mantener un acuerdo ambiguo entre los votantes. Un acuerdo en el cual el único punto en común era la evaluación negativa de la actual gestión del PSUV. Por eso votaron simplemente por «el símbolo de la oposición», «el partido del cambio». En cierta medida, esta es la estrategia que precisamente Podemos pretendió desarrollar en un inicio: equivalencia de demandas. «No nos representan». “Que se vayan todos” (Argentina, 2001). Pero sin hablar de preferencias, de políticas, sin especificar el «vale, y en lugar de esto, qué». Sin disponer de datos fiables, una hipótesis razonable para explicar el voto del pasado domingo en Venezuela es que el castigo a la escasez, a la gestión gubernamental en materia económica, a la falta de seguridad y a la corrupción de las élites políticas han sido factores importantes, si no determinantes. Ahora bien, esto no implica necesariamente una sanción negativa a toda la gestión del chavismo, ni una desaparición de las líneas que dividían y siguen dividiendo a la sociedad venezolana, particularmente la de la desigualdad. Si la parte de la oposición venezolana que está más relacionada con las clases acomodadas interpreta el resultado en clave de enmienda a la totalidad, particularmente a las medidas redistributivas emprendidas por el chavismo, es posible que yerre el tiro y reciba rechazo de una parte de quienes ahora le han dado su apoyo.

En el artículo respecto al acuerdo ambiguo que intentaba Podemos cerraba con la siguiente reflexión:

(…) un político que aspire a ganar donde antes no había victoria ha de contemplar las preferencias de los ciudadanos no como algo dado, exógeno, sino más bien indefinido, materia con la que trabajar y poder forjar una nueva mayoría. Sin embargo, es muy fácil quemarse en la forja. Por suerte para el político, la concreción tiene grados. Que “todo tiene que cambiar” es una preferencia que, en tanto que demanda genérica, es un paraguas donde caben muchos. (…) Hacia dónde emprender la huida, ah, eso es un salto más allá. Para hacerlo es necesario que los posibles partícipes del cambio (en tanto que votantes) entablen un diálogo organizado donde intercambien sus opiniones sobre las distintas direcciones posibles.

Ese es el diálogo que emprenderá ahora precisamente la oposición. Inflación, escasez, corrupción y narcotráfico, falta de seguridad y deterioro institucional: los problemas están identificados. Igual que lo estaban y están en España. Pero la posición del MUD es en cierta manera similar a la de Podemos tras las elecciones europeas (de hecho, cabe subrayar que los 2/3 de la cámara suponen una ganancia de poder importante pero ni mucho menos total): hay una ventana de oportunidad basada en una equivalencia de demandas, en una identificación común de problemas. Pero no debería caer en el error de Iglesias y los suyos, en pensar que puede llegar hasta 2019 (cuando habrá elecciones presidenciales) solo con ese «todo está mal». E igual que cuando a Iglesias se le pidió cuentas sobre qué soluciones proponía y rápidamente se le encuadró en un extremo del espectro que le impedía llegar cerca del votante mediano, a ciertos miembros dentro de la MUD le puede suceder algo similar pero desde el otro lado del espectro, político y social. La oposición ha ganado momentáneamente la mayoría, un poco del poder y de la credibilidad que hace año y medio parecía no tener. Lo ha hecho en parte gracias al agotamiento de un recurso que parecía ilimitado y ajeno a los impuestos (petróleo) pero que no venía sin costes; precisamente como la burbuja en España.  Las prisas son normales, pero también malas consejeras.

Es cierto que el presente ejercicio comparativo, deliberadamente provocador para hacer pensar al lector cuán similares pueden resultar los dilemas políticos a los que se enfrentan actores aparentemente distintos, tiene límites obvios en el contexto. Podemos intentó aplicar una estrategia habitual en regímenes presidencialistas con sociedades muy divididas por la desigualdad económica a un país con una democracia parlamentaria, una base social más cohesionada y una multiplicidad de preocupaciones que la atraviesan. Venezuela tiene precisamente las características del modelo original, además de la represión a ciertas instancias de la oposición que están lejos de lo que se espera de una democracia sana. Pero lo que es cierto es que la oposición parte en desventaja estratégica e institucional, además de cargar consigo un recuerdo particularmente desagradable, y cualquier paso en falso le colocará en una situación difícil de recuperar. Como le sucedió a Podemos.