Esta tarde a las 2:20 p.m. la policia en Hartford, Connecticut, acudía a una emergencia en el 154 de Mather Street. Un chaval de 17 años yacía herido en el suelo tras haber  recibido un disparo en el tobillo. Era la segunda vez en menos de un mes que había un tiroteo en la zona. Esa misma calle había sido ya antes el escenario de un tiroteo en junio (un muerto) , un asesinato y una reyerta entre bandas con varios heridos hace un par de años.

Mather Street está a un par de kilómetros del capitolio estatal, y a cinco kilómetros escasos de mi oficina. El tiroteo de hoy es uno más en la deprimente, absurdamente larga página de sucesos del periódico local bajo el epígrafe de “shootings“. Hartford, como tantas ciudades de Estados Unidos, es la clase de lugar donde la mayoría de noticias sobre heridos de bala son locales, no de guerras lejanas. La ciudad está teniendo un mal año, con 25 homicidios – tres más que Boston, que tiene cinco veces más población.

Hartford no es un caso único. Baltimore tuvo tres homicidios ayer miércoles, para un total de 315 en lo que llevan de año. La tasa de homicidios en la ciudad es 50 por cada 100.000 habitantes; uno de cada 2.000. Sólo Honduras y Venezuela tienen tasas comparables. Estados Unidos, en su conjunto, tiene una tasa de homicidios casi cinco veces mayor que España.

Son estadísticas que se repiten a menudo. Uno escucha cosas similares en CNN o en las televisiones locales después de cada tiroteo; la geografía de la violencia en Estados Unidos es algo bien conocido. Los tiroteos masivos desde Sandy Hook, el 14 de diciembre del 2012, siguen siendo un suceso casi habitual. Dije entonces que no veríamos legislación sobre armas de fuego tras ese desastre, y lo puedo decir de nuevo hoy, tras otra estúpida masacre.

Odio escribir estas líneas. Mi mujer conocía desde hacía tiempo una de las víctimas de Sandy Hook; fuímos a uno de los funerales. Leer otra noticia sobre otro tiroteo en otro rincón perdido de América, saber que otra ciudad, pueblo o barrio está viviendo esa pesadilla, y saber que el Congreso de los Estados Unidos no hará absolutamente nada para cambiar las cosas es desesperante.

La sensación es aún peor tras el tiroteo de San Bernardino, que ha llevado el debate a extremos aún más absurdos. En Fox News, Sean Hannity estaba obsesionado con la posibilidad que los catorce muertos fueran víctimas de un ataque terrorista, reaccionando casi con alegría cuando uno se ha confirmado que uno de los sospechosos se llamaba Syred Farook. Los medios conservadores inmediatamente se han puesto a hablar de terrorismo, vigilar mezquitas y deportar inmigrantes. Estoy seguro que mañana les seguirá medio partido republicano; alguien, sin duda, dirá que la matanza no habría sucedido si Estados Unidos estuviera vigilando a los musulmanes dentro del país más de cerca o alguno de los muertos en el atentado hubiera llevado su Glock a la fiesta de Navidad de la oficina donde fue tiroteado con un fusil de asalto.

Todo eso sucederá, por supuesto, antes que sepamos por qué un empleado del departamento de sanidad pública del condado decidiera coser a balazos a sus compañeros de oficina. En ningún caso, bajo ningún concepto, el Congreso aprobará legislación sobre acceso armas de fuego.

De aquí unos días nadie se acordará de San Bernardino. La ciudad, un triste suburbio de Los Ángeles de clase trabajadora, una de esas ciudades fracasadas (como Hartford, Detroit, Saint Louis o Baltimore) en rincones olvidados de Estados Unidos, volverá a la rutina de pobreza creciente, colegios sin recursos y servicios públicos desbordados de un municipio en bancarrota.

Pronto tendremos otro tiroteo, con los mismos debates estériles y el mismo fracaso colectivo. Nada hasta que cambie el Congreso.

Pesadillas, una detrás de otra.

Nota: Connecticut aprobó una ley sobre control de armas de fuego muy restrictiva meses después de Sandy Hook. La tasa de homicidios del estado llevaba años cayendo, así que es difícil hablar sobre causalidad. La legislación ya era muy restrictiva antes; la evidencia sugiere que eso explica en parte por qué es uno de los estados más seguros del país. A nivel estatal sí que hemos visto cambios en varios estados. En algunos casos, sin embargo, ha sido a peor.