Política

Soluciones obvias y equilibrios (no demasiado) lejanos

6 Nov, 2015 - - @egocrata

La principal paradoja del debate político catalán de estos últimos años es que todo el mundo en el fondo sabe perfectamente la solución al problema. Las encuestas, y el debate político en Madrid y Barcelona, señalan con meridiana claridad que un acuerdo político que combine mayor autogobierno y un cierto blindaje constitucional contra recentralizaciones unilaterales es la salida obvia. Un porcentaje considerable de votantes de Junts pel Si prefiere un acuerdo al riesgo de una secesión, y todos los partidos estatales (incluso el PP) están dispuestos a aceptar una reforma constitucional. En el espacio negociador, hay claramente un punto donde la mayoría independentista se difumina que sería aceptable para un grupo de partidos suficiente para retocar la ley fundamental.

Esto no ha evitado, sin embargo, que la política catalana se haya metido en una especie de día de la marmota de protestas constantes y cerrazón negociadora durante los últimos cuatro años, culminando con la declaración independentista en el parlament. Tras tres elecciones autonómicas con resultados funcionalmente idénticos debería ser obvio que esto no se va a resolver en las urnas, pero todo el mundo parece estar más preocupado en lanzar declaraciones altisonantes que en querer resolver nada.

El motivo, como de costumbre, son los incentivos a uno y otro lado del debate. En Madrid, los partidos nacionales tienen dos opciones, ofrecer un acuerdo o mantenerse inflexibles.

Si todos los partidos ofrecen pactar una reforma constitucional, esto sería visto como un compromiso creíble desde el centro, y una mayoría holgada de catalanes aceptaría el nuevo sistema. El problema, sin embargo, es que en caso que el acuerdo no sea unánime el partido estatal que se opone a la reforma sacará réditos electorales al dar una imagen de firmeza, y la propuesta del resto perderá credibilidad. Aunque todo el mundo preferiría salvar la unidad de España con una reforma razonable, todos tienen incentivos electorales para ser rehuir o rechazar un acuerdo. Es un dilema del prisionero clásico, con el PP controlando la agenda.

En Barcelona, mientras tanto, los partidos secesionistas son conscientes que una cantidad considerable de sus votos son «prestados», y dependen de la falta de acuerdo con Madrid. Por añadido, ERC y la CUP saben que un sector considerable de CDC es «blando» y estaría dispuesto a aceptar una reforma federalista creíble. La estrategia de los independentistas «puros»,como consecuencia, es complicar la vida a los partidos de Madrid a base de provocaciones (haciendo más atractiva la inflexibilidad unionista), y torturar a CDC exigiéndoles gestos de desobediencia, sabiendo que no tienen más remedio que apoyarles. La paradoja, en este caso, es que el votante mediano catalán estaba seguramente cerca de UDC en estas últimas elecciones, pero la polarización del debate y el inmovilismo de Rajoy han hecho que eso fuera irrelevante.

La solución obvia del debate territorial en España  pasa por que los partidos nacionales dejen de sacarse los ojos cada vez que alguien menciona una reforma constitucional viable. Esto requiere un acuerdo entre los 3/4 grandes partidos para despolitizar las negociaciones, comportarse como adultos y ofrecer un modelo autonómico sólido y aceptable por las minorías nacionales del país. Ya he descrito los componentes principales en otra parte, así que no voy a repetirme; como problema de diseño institucional no es demasiado complicado.

Políticamente, por supuesto, es otro cantar. Primero, los líderes nacionales deben tener paciencia, y evitar caer en el juego de confrontación de los secesionistas. Una respuesta excesiva a tonterías simbólicas como una declaración parlamentaria de fantasía (nota: como norma general, si un texto tiene la palabra empoderamiento es un chiste) no hacen más que dar más motivos de victimismo, y hacen cualquier propuestas de reforma posterior menos creíble.

Segundo, es hora que se den cuenta que si no hacen nada para solucionar el problema, el daño derivado de no cooperar se acumula, y puede que acaben con una mayoría secesionista sólida en Cataluña, no la pluralidad con «blandos» que tienen ahora. Los dilemas del prisionero, si son repetidos, permiten que los jugadores buscar mecanismos de reciprocidad para empezar a colaborar, así que es cuestión que empiecen a hacerlo.

Tercero, no estaría de más que los votantes dieran el 20-D un resultado electoral que forzara los partidos a colaborar. Algunas encuestas recientes daban escenarios en que ninguna coalición «natural» (PP con Cs, PSOE con Podemos e IU, PSOE con Cs, incluso PSOE con PP) tenía suficientes escaños para formar una mayoría estable. Ese sería el resultado ideal para una reforma constitucional, ya que los partidos estarían obligados a cooperar. Dudo mucho que electorado vaya a coordinarse para generar un resultado así, pero cualquier parlamento sin mayorías absolutas y donde el PP (porque una reforma constitucional sólo será creíble si les incluye) tenga incentivos para cooperar será suficiente.

Ante todo,  vamos a necesitar paciencia. Paciencia en Cataluña porque la secesión es realmente una quimera, y el debate real será en Madrid. Paciencia en el resto de España porque la reforma constitucional traerá el habitual coro de histéricos diciendo que un sistema fiscal descentralizado representa la victoria del fascismo y la muerte de la nación a pesar que es un cambio perfectamente razonable, y que muchas de las demandas nacionalistas tienen sentido. Paciencia (y comprensión) para todos porque durante esta campaña electoral vamos a escuchar muchas tonterías desde ambos bandos, y muchos políticos dirán que nunca aceptarán cosas que acabarán pactando de aquí unos meses.

Lo que no podemos olvidar, insisto, es que esto tiene arreglo. Por mucho ruido, furia e indignación que haya, los problemas pueden solucionarse.