Internacional

Primary Colors (III): cría cuervos…

27 Jul, 2015 - - @egocrata

La historia de estas primarias es Donald Trump. Es muy difícil, por no decir imposible, leer cualquier cosa sobre las cada vez más caóticas primarias republicanas para escoger un candidato a la presidencia que no hable de este tipo. Llevo unas semanas dejando de lado mis ya-casi-tradicionales artículos sobre el tema precisamente para no tener que hablar otra vez sobre este tipo, y más tras dedicarle casi 2.000 palabras en Voz Populi.

Mi temor era que Trump iba a ser una repetición de algo que vimos constantemente en las largas primarias republicanas del 2012, el Candidato Friki Fugaz (CFF). Hace cuatro años, antes que el GOP aceptara resignadamente a Mitt Romney como candidato, los sondeos recogieron en varios momentos de la campaña súbitos picos de popularidad de candidatos más o menos impresentables, a menudo tras alguna declaración salida de tono. Eso hizo que Michele Bachmann liderará algunas encuestas durante un par de semanas en julio, Rick Perry tuviera una mini-burbuja en verano antes de su «gran» debate, Herman Cain tomara el relevo a principios de otoño antes de su escándalo sexual, Newt Gingrich casi pareciera viable durante unos días en enero y Rick Santorum casi llegara a competir en febrero y marzo.

En todos los casos el candidato en cuestión recibió un montón de atención de entrada, varios sondeos mostraban una subida haciendo que los medios hablaran más sobre ellos,  al poco tenías a comentaristas hablando sobre los problemas de Romney para «cerrar» las primarias y si eran alternativas viables. Al cabo de una semana el equipo de campaña de Mitt y el establishment republicano respondían recordando a los medios por qué el CFF en cuestión era un lastre (Bachmann está loca, Cain tenía un montón de esqueletos en el armario, Santorum es un integrista y Gingrich es ese Gingrich que armó un pollo horrible en los noventa. Perry se suicidó solo), los votantes entraban en razón y Romney volvía a ser el líder en solitario.

Trump, se suponía, iba a ser algo parecido; un CFF ruidoso e impredecible que tendría un par de semanas de gloria antes de caer en los sondeos. Un ratito de fama, un par de insultos y salidas de tono, y puf, los votantes republicanos se dan cuenta que el tipo es un cretino oportunista y le abandonan en masa. La cuestión es que Trump ha tenido tres horrendas metidas de pata (llamar a todos los inmigrantes mejicanos violadores y/o asesinos, decir que John McCain no es un héroe de guerra y dar el teléfono del senador Lindsey Graham en un mitin) y no sólo sigue líder en las encuestas, sino que está segundo en Iowa y primero en New Hampshire.

De forma aún más significativa, el resto de candidatos republicanos se han lanzado a atizarle de lo lindo estas últimas semanas, sin que las críticas hayan tenido el más mínimo efecto. Uno no escucha a menudo a un político decir que un rival es un cáncer para el movimiento conservador como hizo Rick Perry hace unos días (en un discurso fantástico, por cierto), pero esto se ha convertido en algo habitual. El GOP (con la única excepción de Ted Cruz) parece estar cada vez más horrorizado con la existencia de Donald Trump como candidato, y ha salido en bloque a recordar todos los horribles defectos del hombre como persona y como político (desde sus posiciones sobre el aborto a su admiración y donaciones a los Clinton). Sin embargo, eso no parece hacerle mella en los sondeos por ahora.

¿Qué está sucediendo? La teoría de algunos comentaristas es que Trump es menos el candidato de los conservadores cavernícolas y más un candidato anti-establishment. Una de las «almas» del partido republicano post-Nixon es una persistente desconfianza en las élites, encarnadas por los intelectuales de las dos costas. El GOP lleva décadas cultivando el mensaje que la «verdadera América» es la de la mayoría silenciosa conservadora, no la de los autoproclamados sabios de Washington, Los Ángeles y Nueva York. Dentro de esta narrativa se incluye un mensaje recurrente en los medios conservadores que defiende que si el partido republicano no gana elecciones es porque está dirigido por RINOs (republicans in name only – «republicanos sólo de nombre») que no se atreven a desafiar a esas élites y defender los valores eternos del país.

Trump, en este caso, no es tanto un vehículo para criptoracistas del sur, sino el representante político del voto indignado, versión conservadora. Más que una expresión racional de ideas o un discurso coherente, Trump sería un cruce entre el 15-M, la sección de comentarios de YouTube y Masa Enfurecida, sólo que más de derechas. El hombre parece habitar estas primarias sólo para repartir leña a cualquier político, institución o colectivo que ose mencionarlo, siempre haciéndose la víctima, siempre hablando sobre cómo es hora de limpiar a Washington de inútiles.

En cierto sentido Trump es el fruto de décadas de populismo tontista (a falta de mejor término) del partido republicano, la herencia de años de cultivar el voto del hombre blanco cabreado dentro del partido. El GOP ha sido durante décadas el partido de la indignación, con el tea party siendo una expresión más de la visión de la política como agravios que es la versión conservadora del populismo. Trump es la encarnación de esta forma de hacer política hecha candidato; un Rush Limbaugh, Sean Hannity o Michael Savage ultra-rico haciendo campaña desde esa indignación. Los republicanos han criado los cuervos de la antipolítica desde hace años.  y Donald Trump es su conclusión lógica.

¿Quiere decir esto que Trump será el candidato? No, en absoluto. A pesar de su innegable talento para atraer periodistas y trollear a las altas esferas, Trump sigue teniendo problemas serios como candidato. Para empezar, es un cretino hipócrita y mentiroso que perdería unas generales por goleada aunque los demócratas presentaran a Elena Valenciano. Parte de su éxito actual en las encuestas se debe al hecho que hay 16 candidatos, y que cualquier cosa que sea pasar del 15% te coloca en cabeza a estas alturas. Pasado Iowa, cuando la hora de candidatos inviables abandone el barco, Trump se enfrentará a 2 ó 3 políticos fuertes, y el voto enfurecido no le bastará para imponerse. El hecho que los teóricos favoritos digan burradas impopulares como esta de vez en cuando siempre son una ayuda, pero a medio plazo Trump probablemente no tiene futuro dentro del partido.

Otra cosa es que se cabree y decida presentarse a las presidenciales igual como independiente, dando las elecciones a Hillary en bandeja. Pero eso lo dejamos para otro día.