Política

¿Qué podemos esperar de los referéndums?

1 Jul, 2015 - - @politikon_es

La democracia directa está de moda. En un momento en el que hay desafección máxima con las élites políticas, da la sensación de que podría fomentarse la participación y permitir una mayor implicación de la opinión pública en la toma de decisiones. En situaciones cruciales para un país, como la permanencia en el Euro en el caso de Grecia, la idea parece particularmente atractiva. La idea que intentaré exponer en este post es que éste es un instrumento particularmente mucho menos útil de lo que podría parecer a primera vista para controlar a los políticos.

Pensemos en la idea del referéndum. Un referéndum puede, bajo ciertas condiciones, ser una relativamente buena aproximación a lo que piensa una población, una polis sobre una cuestión. Pero la información que permite extraer es extremadamente limitada.

Lo primero que hay que entender es que permite encontrar una relación de preferencia, de orden entre dos opciones. Pero sólo entre estas dos opciones. El referéndum no nos dice nada acerca de qué prefiere la gente frente a otras opciones que no se planteen en la pregunta y eso implica que el resultado sea particularmente sensible a como se formule la pregunta, dejándolo sujeto a modalidades de manipulación de agenda.

Los problemas de manipulación de agenda son bien conocidos. La formulación normal es mediante lo que se llama la «paradoja de Condorcet». Si los votantes tienen que elegir entre tres opciones, es posible que una mayoría prefiera Comunismo frente a Capitalismo, Capitalismo frente a Feudalismo y Feudalismo frente a Comunismo. Con esta definición, dar a elegir primero entre Capitalismo y Feudalismo y luego a la ganadora (Capitalismo) frente a Comunismo, dará un resultado distinto (Comunismo) que dar a elegir primero entre Comunismo y Capitalismo y luego a la ganadora (Comunismo) frente a Feudalismo (ganará Feudalismo). Esto implica que las modalidades de votación y las instituciones» que regulan estos procedimientos importen mucho.

Pero me gustaría enfocar este problema desde un ángulo un poco distinto. El punto de partida es que la información que tienen los votantes es lo más a menudo imperfecta. En la práctica, un referéndum no es el punto final de un proceso de decisión, sino un punto y seguido. Para decidir como votar, es necesario entender cuáles son las consecuencias de cada resultado y por tanto, en ausencia de esa infromación, los votantes no pueden tomar una decisión informada. Este punto merece alguna elaboración.

Una primera forma de entenderlo es que los votantes no son, lo más a menudo, capaces de entender las consecuencias de lo que van a votar. A la hora de votar problemas como la independencia de un país, el matrimonio homosexual, o el paquete de rescate del FMI, muy probablemente la mayoría de los votantes tenemos mucha menos información de la que sería deseable sobre cuáles serán las consecuencias de cada opción. ¿Llevará la independencia al aislamiento económico y geopolítico, o liberará al territorio de su expolio económico fomentando su prosperidad? ¿Se desarrollarán los hijos adoptados por homosexuales de forma saludable, o sufrirán algún tipo de deficit afectivo o familiar? ¿Llevarán las políticas del FMI a mejorar la economía del país y reforzar los vínculos con Europa, o a empeorarlas y en última instancia a convencer a la opinión pública de que es mejor salir del país? Estas preguntas probablemente son muy importantes a la hora de decidir un voto y la mayoría de nosotros tenemos una comprensión de ellas muy superficial porque son preguntas empíricas. Votantes con las valores totalmente opuestos, y creencias distintas sobre las consecuencias de las políticas, pueden formar una misma coalición y votar igual.

Pero el problema de la falta de información, o incluso la irracionalidad, de los votantes es algo con lo que todas democracias tienen que vivir. En mi opinión, este argumento solo subraya que los referéndum deben usarse como continuación a un debate público bien informado y sugiere que modalidades de representación más génericas pueden funcionar mejor. Votar por la representación de intereses o ideas más genéricas, delegando la recopilación de información en las instituciones políticas.

La forma de falta de información que es más interesante es la que tiene que ver con la acción de otros agentes. Para fijar las ideas -pero es algo mucho más general- nos fijaremos en el problema de Grecia. Para muchos griegos, votar en contra del paquete de rescate ofrecido puede ser visto como un primera paso hacia salir del Euro. Para muchos otros, puede ser visto como una forma de forzar una oferta mejor por parte de la «Troika». Típicamente, para que el gobierno griego pudiera tener un mandato claro, y la «Troika» hacer una oferta realista, ambos necesitarían tener un conocimiento aproximado sobre la opinión del pueblo griego respecto a todas las posibles ofertas frenta a la posibilidad de salir del Euro. Evidentemente, un referéndum no permite recuperar estas preferencias. Ni siquiera lo permitirían muchos referéndums, porque para cada posible oferta sería necesario hacer una consulta (que la comparara con salir del Euro) y el número de ofertas es potencialmente infinito.

En ausencia de un mandato claro, el referéndum puede tener consecuencias perversas. El mandato que salga del resultado es algo abierto a interpretación -y la interpretación del resultado es algo mucho menos sólido que la lógica aritmética del recuento. Si en el referéndum sobre el paquete saliera «no», entonces ¿qué debería hacer el gobierno griego? ¿negociar un paquete mejor, u optar por la salida del Euro?. Pero incluso si saliera que sí, al no saber La consecuencias perversas aparecen porque las consecuencias del «No» dependen en buena medida de la acción de los políticos. Los políticos (la «Troika» o el gobierno griego) podrían seguir negociando para intentar obtener un acuerdo mejor o, a la inversa, usar el acuerdo para hacer descarrilar las negociaciones y salir del Euro. Qué opción se tome depende de la lectura -no necesariamente interesada- que los políticos de uno u otro lado hagan del resultado.

El problema es mucho más importante que en el caso de la «falta de información» sobre las consecuencias. Aquí, los votantes no pueden elegir lo que prefieren, porque las consecuencias dependen de la acción de los políticos. La acción de los políticos a ocurrir después de la decisión de los votantes. No es un problema de «ignorancia» sobre las consecuencias del rescate, es un problema de imposibilidad de predecir el curso que tomarán la «Troika» y el gobierno griego después de cada resultado, ya que estos serán los que tengan la última palabra pueden manipular la interpretación del resultado.

La ilegibilidad del resultado, permite que exista margen para que éste sea utilizado como arma política. No como un mecanismo de control de los políticos, sino como al contrario como un activo que permita legitimar interesadamente decisiones en un sentido u otro o ser usado de forma estratégica.