Economía

Uber, falsos autónomos y la explotación silenciosa

17 Jun, 2015 - - @jorgegalindo

Me entero por Chris Blattman de que la Labor Commission del Estado de California, al igual que la Inspección de Trabajo de Catalunya hace unos días, ha decretado que los conductores de Uber son en realidad empleados de la firma. Estas decisiones se basan en la idea de que Uber no puede presentarse como un simple intermediario entre oferentes libres y demandantes de un servicio, sino que dispone de poder de mercado y de capacidad de imponer unas tarifas que en realidad funcionan como salarios para los «oferentes libres». Por tanto, éstos son más empleados que autónomos. Hace unos meses publicaba en Jot Down un artículo que venía a subrayar este aspecto que no ha sido tan comentado en España como en otros lugares:

Sitios como Uber o AirBnB se anuncian como meros «intermediarios» entre algo parecido a autónomos ocasionales que disponen de un capital (tiempo, conocimiento, espacio, un vehículo, una serie de habilidades sencillas) que pueden poner en el mercado, y aquellos que desean pagar un precio moderado por dicho capital. Pisos compartidos ocasionalmente, personas que dedican una parte de su tiempo libre a ofrecer sus capacidades, alguien que hace de taxista momentáneo en su propio coche… Esa es la imagen (habitualmente con personas sanas, jóvenes, sonrientes, casi radiantes) que se nos planta en la cabeza. Pero muchas veces la realidad es bien distinta. Sobre todo en Estados Unidos, donde más y más personas viven del trabajo que proviene de estas plataformas en una explotación (cada vez menos) silenciosa. O, mejor dicho, sobreviven. Algunos ni tan siquiera eso.

Pensémoslo bien: se trata de oferentes que no disponen apenas de poder de mercado para marcar sus precios pero que, sin embargo, dependen casi enteramente de una plataforma para ser visibles de cara a sus clientes. El poder real reside en quienes solo se pretenden intermediarios, y aquellos que se supone son meros autónomos se saben, en realidad, empleados. Sin unión, sin capacidad de negociación, sin herramientas para mejorar la productividad de manera coordinada, y por tanto obligados a competir «a la baja» por salarios (precios) con sus cotrabajadores (competidores).

Es un asunto mucho más complejo de lo que parece a simple vista, y que desde luego va más allá del mundo de las apps tipo Uber. Además, se relaciona en gran medida con un fenómeno que dista de ser nuevo: el del falso autónomo, una puerta de atrás para la dualidad laboral que es ampliamente utilizada en países como Italia o como Grecia (el primero, de hecho, acaba de aprobar una reforma laboral que pretende luchar contra esta vía a la precariedad, aunque, como explicaré en una nota que ando preparando, se trata de un cambio algo cojo). Por mi parte, me parece un signo interesante que para instancias legales en entornos tan distintos como California o Catalunya se considere que los conductores de Uber son, en realidad, trabajadores. Pero espero que, como apunto al final del artículo de Jot Down, se encuentre un equilibrio razonable y negociado entre los intereses de trabajadores y clientes.