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Nuevos ayuntamientos, nuevos partidos y la difícil gestión de expectativas

13 Jun, 2015 - - @jorgegalindo

Hoy se constituyen más de 8.000 corporaciones municipales en España. El cambio con respecto a 2011 es aparente, profundo y sobre todo multicolor. Las mayorías claras escasean, los pactos (de gobierno o de «dejar que se gobierne») abundan, y los nuevos partidos de uno y otro signo tienen una gran responsabilidad depositada en sus hombros, tanta como expectación han generado. En los últimos días se ha ido reproduciendo un debate en los medios (ayer Pablo Simón y yo en Hoy por hoy, hoy Pablo en Al rojo vivo) y en Twitter que tiene como piedra de toque precisamente las expectativas del electorado respecto a los cambios que se están produciendo. Como demasiado a menudo uno tiene la impresión de que estas discusiones se disuelven como un terrón de azúcar en la marea confusa de ideas, he decidido poner aquí en negro sobre blanco algunas ideas para que después podamos volver a ellas y contrastarlas. Porque la respuesta última a la pregunta central, si las expectativas generadas han sido excesivas o no, es irresoluble ahora. Solo el tiempo lo dirá.

La primera cuestión a resolver es profundamente compleja. Por qué los votantes han apostado por estos nuevos partidos, qué esperan de ellos, qué objeto tenía su voto. Por descontado que no puede establecerse una interpretación unívoca, solo ciertas tendencias. Parece lógico pensar que al intentar forzar el cambio de quién está al mando también se busca (o incluso que es lo que más se busca) es una modificación en el qué se hace, en las políticas. Al fin y al cabo, esto es lo que importa a los ciudadanos en última instancia, más si cabe en el nivel local, tan cercano a las preferencias y a las necesidades cotidianas de todos nosotros. Por tanto, una vez solventado el tema de las expectativas sobre el quién en tanto que se asumió desde la misma noche electoral que casi cualquier nuevo gobierno debía pasar por algún tipo de pacto, queda el asunto de qué políticas cambiar y cómo.

Podemos pensar que para muchos votantes la prioridad absoluta era simplemente «echar» a tal o a cual partido de la oficina de la alcaldía, como parecía y parece ser el discurso reinante en lugares como Valencia. Y que a partir de ahí se está abierto a cualquier tipo de trayectoria. Como sociólogo, me resulta difícil aceptar que los individuos son personas vacías de preferencias, intereses y apriorismos. Sin embargo, sí puedo entender que la coordinación del voto en torno a, por ejemplo, Manuela Carmena se ha producido más a una equivalencia de demandas que a una agregación de preferencias. Es decir, los votantes se han puesto de acuerdo en que había que cambiar (demanda) sin entrar a considerar demasiado hacia dónde debería ir el cambio (preferencias). A partir de aquí, uno puede pensar que «si las promesas son vagas, se me hace difícil decir que las expectativas son muy altas», como dice Pepe Fernández-Albertos. La idea tiene bastante sentido, a priori. Al fin y al cabo, si uno no sabe qué esperar, si no tiene una referencia clara de «anclaje» de sus esperanzas, va a estar mucho más abierto a cualquier alternativa que se evaluará un poco ex post, quizás incluso basándose de alguna manera en los resultados de la misma.

Sin embargo, esto solo sería cierto (o sería más cierto) si aceptamos que los votantes no tienen preferencias formadas de antemano sobre lo que quieren que cambie y cómo. Por un lado, si esto fuese totalmente cierto, a estos mismos votantes les habría dado igual dar su apoyo a un partido o a otro siempre que se sumase la suficiente fuerza para que algún cambio se produjese. El mero hecho de que las personas que desean cambio se hayan dividido entre varios partidos de distintas orientaciones ideológicas ya nos dice que tal no es el caso. Pero esto no lo pone, creo, nadie en duda. La verdadera cuestión es si las personas que han votado a un mismo partido lo han hecho desde unas preferencias establecidas de antemano, montando, digamos, castillos en el aire sobre los nuevos partidos. Éstos habrían funcionado más como un recipiente de esperanzas que como una propuesta específica a la cual se suscriben muchas voces tras un proceso de renuncia y aceptación hasta encontrar un mínimo común denominador. A mí esta hipótesis me parece algo más plausible, pero reconozco que no es más que eso: una especulación.

A partir de aquí hay dos caminos posibles. Por un lado, puede ser que las similitudes entre expectativas sean grandes, y que se trate simplemente de cumplirlas o no. En este caso, todo va a depender de lo en cuenta que tengan tanto votantes como gobernantes las fuertes restricciones existentes en tantos lugares. Y no hablo solo de presupuesto, sino también de la necesidad de negociar casi cada medida con otros partidos cuyo apoyo es necesario, además de tener en cuenta que las próximas elecciones generales pueden provocar un proceso de realineamiento en las coaliciones que han emergido hoy. Solo me gustaría subrayar que no es imposible, pero es difícil.

Pero por otra parte es posible también que las expectativas sean distintas, que exista heterogeneidad fuerte en las preferencias de los votantes a un mismo, nuevo partido. En ese caso, se haga lo que se haga va a dejar descontento a una parte del electorado. Aún diría más: como apunta Jorge San Miguel, los descontentos pueden ser también una porción de la coalición. Esto quizás no es tan cierto para Ciudadanos como lo es para las candidaturas de unidad popular surgidas en torno a Podemos y a otros movimientos de izquierda, donde se han integrado, como bien subraya San Miguel, muchas corrientes distintas que van a querer llevar adelante su propia agenda.

En cualquier caso, todo esto no son sino especulaciones que, espero, puedan servir de alguna manera como marco de referencia para entender lo que se nos viene encima. Pero las expectativas son así: solo el tiempo puede juzgar sobre su validez.