Internacional

Aventuras legislativas, edición Connecticut

28 May, 2015 - - @egocrata

Entre tanto análisis sobre elecciones locales y autonómicas, pactos postelectorales y demás historias de terror, dejadme perder un poco el tiempo con una de batallitas legislativas locales de ultramar. Todo sea para ver que la política, en el fondo, es más o menos igual en todas partes.

En mi vida de «civil», fuera de Politikon, me dedico a hacer de lobbyist. En efecto, soy uno de esos agentes del caos que habitan en los legislativos de América intentando convencer a representantes y senadores que tienen que votar a favor del bien y en contra del mal, con la definición de ambos términos, obviamente, dependiente de quién paga el sueldo del lobista. En mi caso, trabajo en una ONG medianeja que se dedica a temas de pobreza, con especial énfasis en educación infantil temprana, acceso a educación superior para adultos y geografía y sus efectos en movilidad social. Supongo que os sonará familiar; la verdad, hay días que tengo la sensación que hago lo mismo en el trabajo que fuera.

Bueno, estamos en temporada legislativa en Connecticut, siendo el miércoles 3 de junio el último día de la sesión. Connecticut, como la mayoría de estados del país, tiene Asamblea General que trabaja a tiempo parcial; una sesión «larga» de cinco meses los años impares, una corta de tres meses los años pares. Los presupuestos son bianuales y se redactan en la sesión larga, las elecciones legislativas son cada dos años  y se celebran en los años de sesión corta. Para el lobista medio, entre enero y la primera semana de junio es nuestra temporada alta, cuando nos toca estar en el Capitolio a menudo; el resto del año es la temporada baja, cuando preparamos el trabajo para el año que viene, recaudamos fondos e intentamos sondear legisladores para ver sin quieren hacer el bien con nosotros la próxima sesión.

Connecticut, como buen estado de Nueva Inglaterra, es liberal. El gobernador y ambas cámaras están en manos del partido demócrata (no preguntéis por qué un estado ligeramente más grande que Murcia es bicameral – es una larga historia), algo que en teoría debería hacer nuestro trabajo algo fácil. Uno esperaría ver un clásico rodillo parlamentario con todos los políticos del mismo partido votando en bloque expansiones del estado de bienestar, etcétera. La realidad, me temo, es bastante más prosaica.

Empecemos por el mayor enemigo de cualquier legislación propuesta en Connecticut, el tiempo. Dado que el periodo de sesiones es relativamente corto, la asamblea tiene un ancho de banda limitado en lo referente a la cantidad de leyes que puede sacar adelante. Un bill tiene que pasar forzosamente por uno o más comités (por fortuna joint committees, es decir mixtos con ambas cámaras presentes;  no hay duplicación) antes de poder llegar al pleno. Dada que la sesión es corta, los plazos son siempre ajustados.Si tu bill no goza el favor de los líderes del comité, acabará al final de la cola, y probablemente morirá sin que llegue a votación. Por añadido, si la propuesta incluye o bien impuestos o bien gasto público de cualquier tipo, además, deberá pasar de forma inevitable por el comité de finanzas o el de apropiaciones, de lejos los más saturados.

La parte realmente divertida, sin embargo, es cuando se llega al pleno. Dado que redactar leyes es complicado (por muchos que los lobistas a menudo ayuden a escribirlas…) la mayoría de legislación sale de comité entre cuatro y seis semanas antes que acabe la sesión; los presupuestos suelen llegar al pleno un poco más tarde. Cualquier bill antes de ser aprobado necesita ser debatido y aprobado por ambas cámaras, así que el floor time, el tiempo disponible en ambos plenarios, es un bien escaso.

En el caso de Connecticut, los líderes del Senado tienen bastante trucos para aprobar legislación sin demasiado debate (se hace por consentimiento, con  los textos aprobados si no hay objeciones); en la Cámara de Representantes un bill tiene que ser votado siempre, y no puede ser sometido a votación mientras haya un legislador que quiera hacer una pregunta al presidente del comité que aprobó la propuesta o a uno de los autores de la legislación.

A efectos prácticos, esto quiere decir que como más polémica sea una ley, mayor es el tiempo de debate que esta va a requerir. A principios de la sesión, cuando aún hay seis semanas por delante y la mayoría de comités aún no han acabado su trabajo esto no es demasiado problema, ya que no hay demasiados bills en el pleno esperando ser debatidos. El problema, claro está, es que la mayoría de propuestas que son polémicas son también relativamente complejas, así que las últimas dos o tres semanas se convierten en sesiones maratonianas que se alargan hasta bien pasada la media noche.

La limitación temporal tiene también un efecto secundario curioso: cuanto más cerca estamos de la fecha en que todas las propuestas de ley se convierten en calabazas, mayor es el poder de la minoría republicana. Hace un mes, si un representante de Greenwich se dedicaba a preguntar de forma incesante sobre los derechos de los cazadores de gamusinos del condado de Fairfield para retrasar legislación no pasaba gran cosa; a fin de cuentas, nada relevante había llegado aún al pleno. Esta semana, sin embargo, cualquier ley que pueda provocar un río de preguntas y retrasos será vista como casi tóxica por los líderes de la Cámara de Representantes, así que la sesión estos últimos días se convierte en un ejercicio de control de la agenda.

El Speaker (el líder de la cámara baja), por tanto, tiene que plantear la sesión teniendo en cuenta varios factores. Tiene un «presupuesto» limitado de horas de debate, una lista de prioridades en su agenda, una lista de cosas que el gobernador realmente quiere ver aprobadas (y uno quiere tener al gobernador contento; no queremos que vete nada), una lista de promesas a legisladores a cambio de votos favorables a otras prioridades, y una lista de leyes semi-polémicas que provocarán filibusterismo desde el lado republicano. Cruzándose con todo esto, el hombre tiene además que sacar adelante un presupuesto, que siendo como es una ley ordinaria, puede ser trolleada también.

Para rizar el rizo, el Speaker además debe tener en cuenta lo que hace el Senado, que debe aprobar todo lo que se apruebe en su cámara. Si el Presidente del Senado ve alguna de sus prioridades ninguneadas, es muy posible que muchas leyes salidas de la Cámara de Representantes nunca sean votadas en la cámara alta. Los demócratas siempre bromean que en Connecticut la oposición no son los republicanos, sino los demócratas de la otra cámara. La relación es a menudo complicada.

Mi vida estos días entonces es una combinación de largos periodos de espera mezclados con momentos de histerismo aleatorio. Durante esta semana y parte de la que viene (sábado y domingo incluidos, me temo) pasamos largos ratos esperando en pasillos y lobbies del cavernoso capitolio de Connecticut persiguiendo a legisladores y asesores despistados recordándoles que les queremos, que nuestra ley es estupenda y que por favor nos explique que está sucediendo. De vez en cuando esta paz de convierte en ratos de actividad frenética cuando alguien nos dice que una propuesta que habíamos apoyado parece disgustar a un legislador recalcitrante, ha sido colocada al final de la agenda o algún desastre parecido. Básicamente buscamos información sobre qué esta pasando, la compartimos con otros lobistas que apoyan leyes parecidas (somos una pequeña legión), explicamos a legisladores que andan casi igual perdidos que nosotros qué estamos escuchando y qué tienen que hacer para ayudarnos (casi invariablemente, quejarse al Speaker o a los líderes de presupuestos) y cruzamos los dedos para que de este caos inmenso salga algo mínimamente decente.

Es un trabajo divertido, siempre que te guste escuchar a legisladores hacer preguntas durante horas sobre una ley que hace obligatorio poner el número de la casa visible sólo porque quieren retrasar una votación sobre impuestos de propiedad. En contra de lo que pueda parecer, hay muy poco de heroicos discursos y apasionados debates con legisladores para hacerles cambiar de opinión, y aún menos elaboradas estrategias legislativas para conseguir acuerdos de alto nivel. La cosa va más de convencer a los ya convencidos que sí, la legislación tiene suficientes votos, tranquilizar a los reacios para que no molesten y confiar que nada de lo que hagas cabree a nadie demasiado, o si lo hace, que los líderes de la cámara estén dispuestos a perder montones de horas por tí (casi nunca lo están). Hay trabajo de persuasión, seguro, pero eso no es durante la sesión, sino durante los meses anteriores, cuando intentas convencer a algún legislador que quizás proponer un programa de educación infantil que incluya servicios para adultos es una buena idea.

Esta será mi tercera sesión legislativa; la verdad, aún soy bastante novato en esto. Si algo he aprendido, eso seguro, es que los políticos tienen un trabajo realmente difícil, incluso en un estado pequeño, rico y próspero como es Connecticut, y que en su inmensa mayoría son muy buena gente. Uno tiene que estar muy chiflado para someterse a esa carga de trabajo voluntariamente para que todo el mundo encima te odie. Casi todos están ahí porque realmente quieren hacer que las cosas vayan mejor, y están dispuestos a aprender, escuchar e incluso cambiar de opinión de vez en cuando si les tratas bien y no les das de comer después de medianoche.

La verdad, me gusta mi trabajo, para qué lo voy a negar. Aunque estoy esperando el cuatro de junio como un niño espera la Navidad.