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Pobreza infantil, transferencias fiscales y racionalidad

19 May, 2015 - - @egocrata

Los gobiernos tienden a complicarse la vida cuando intentan solucionar la pobreza infantil. Todos los países desarrollados tienen una lista casi interminable de programas de asistencia social que buscan solucionar alguna de las privaciones y necesidades derivadas de la pobreza ofreciendo una variedad de servicios. Los padres se encuentran programas educativos, guarderías, desayunos escolares gratuitos, clases de educación financiera, cursillos sobre paternidad, seminarios sobre salud infantil, cupones de compra de alimentos, pañales subvencionados, vivienda pública o  clases de meditación destinados a mejorar la calidad de vida familiar y evitar que los niños caigan en un ciclo de pobreza.

Esta serie de programas de asistencia social, sin embargo, no parece funcionar tan bien como debería. Para empezar, cualquier familia con pocos recursos que se enfrente a la maraña de servicios del estado de bienestar necesita tener casi un equipo de asesores para saber dónde tiene que ir. En los casos en que alguien se apunte a todo, es bastante probable que tenga que dedicar todo su tiempo libre a cursillos y talleres tan bienintencionados como paternalistas. Con suerte, todos estos servicios no acabarán por volver locos a sus receptores, pero probablemente harán poco para eliminar la mayor preocupación de una familia pobre: simplemente, no tienen dinero.

Es por este motivo que este artículo de Lauren Jones, Kevin Milligan y Mark Stabile es especialmente interesante (vía, resumen para no académicos aquí y aquí). Los autores analizan los efectos de dos programas de asistencia a familias con pocos ingresos en Canadá, el National Child Benefit (NCB – prestación nacional para infancia) y el Canadian Child Tax Benefit (CCTB – una versión de los créditos fiscales estilo EITC, pero para niños) que simplemente dan una transferencia monetaria directa a las familias pobres con hijos. Como hemos dicho alguna vez, hay una cantidad de evidencia empírica considerable que señala que dar dinero directamente a la gente que no tiene parece funcionar extraordinariamente bien como forma de sacarles de la pobreza. Lo que los autores quieren averiguar, en este caso, es cual es el mecanismo causal que explica estos resultados.

Los dos programas en cuestión son bastante sencillos. El CCTB es algo parecido a un impuesto negativo sobre renta para críos. Cualquier familia con hijos recibe hasta $1.446 al año por niño, con la cantidad disminuyendo lentamente según aumenta el nivel de renta. El NCB es una colaboración entre el gobierno federal y las provincias que da $2.241 a las familias con un hijo, $3.964 a las familias con dos y $1.886 por hijo a aquellas que tengan tres o más. Las provincias, si así lo prefieren, pueden reducir el pago y utilizar ese dinero para ofrecer programas de asistencia equivalentes, creando una diversidad regional considerable.

Los autores concentran sus esfuerzos en analizar como las familias gastan el dinero que reciben de ambos programas, aprovechando las diferencias entre provincias (y los cambios en el NCB de un año a otro) para evaluar los efectos de los pagos según su volumen. Aunque no es un experimento aleatorio perfecto, tiene la ventaja que los cambios no dependen de las familias, sino de los caprichos de los gobernantes.

Los resultados son curiosos. Primero, las familias pobres no dedican todo el dinero a un apartado en particular, sino que reparten el gasto en una variedad de usos. El gasto en comida comprada en supermercados, guarderías y desplazamientos aumenta, así como en cosas como ordenadores, salud o educación. Lo más curioso, sin embargo, es que los padres también parecen destinar algo de dinero a ocio (ir al cine, parque, excursiones) mientras que reducen el gasto en tabaco y alcohol de forma considerable.

Dicho en otras palabras: cuando a una familia pobre le das dinero, en la inmensa mayoría de los casos parecen saber perfectamente dónde deben gastarlo para que las cosas vayan mejor. Son pobres, pero no tontos; más que clases sobre cómo ser mejores padres, lo que necesitan es más ingresos. Cuando se les da dinero directamente, sin condiciones asociadas, lo dedican a usos productivos (educación, salud, comida) y actividades que reducen sus niveles de estrés (ocio, vivienda, transporte). Gracias a este mayor margen de maniobra, consumen menos tabaco y alcohol, ya que no tienen que fumar o beber una copa para quitarse los nervios.

Estas conclusiones son importantes por dos motivos. Primero, refuerzan la idea que el principal problema de las familias pobres es que no tienen dinero, y no otra cosa. Como hemos explicado alguna vez, la escasez material crea un estrés considerable, y esta misma presión de no saber qué depara el futuro, de vivir siempre al límite, a menudo basta para hacer que una persona con pocos recursos no pueda planificar a largo plazo. Ser pobre es una mierda, ciertamente; dar dinero para aliviar esta presión parece funcionar bien.

Segundo, y más importante, las conclusiones del estudio deberían llevarnos a replantear el diseño de gran parte de nuestros estados de bienestar. Ofrecer servicios a los pobres para arreglarles sus problemas puede sonar como una solución válida, pero es horriblemente paternalista. Los pobres saben por qué son pobres. Cuando tienen los recursos para hacer las cosas bien (o un colchón para no perder la cabeza), resulta que quieren ayudar a sus hijos y hacer lo necesario para salir de la pobreza.

Es hora, por tanto, de empezar de perder el miedo a las transferencias fiscales directas. La prioridad de cualquier intervención pública debe ser aumentar los ingresos disponibles a corto y medio plazo, confiando que la inmensa mayoría de receptores no son cretinos insensatos. Esto no implica que tengamos que eliminar todos los servicios públicos universales – hay cosas que el estado, sea por su mero tamaño y capacidad de generar economías de escala, sea porque la existencia de mercados imperfectos, debe seguir haciendo. Los estados de bienestar, sin embargo, a menudo parten de la idea que la pobreza es el fruto de una imperfección o carencia de los que la sufren, y busca maneras de «salvarlos». La realidad es que los pobres a menudo necesitan dinero, no lecciones morales u hojas de ruta.