GID

GID por dentro

19 May, 2015 - - @politikon_es

La entrega de hoy de GID será algo distinta de lo habitual. Con 45 posts y alguna aparición 1.0 detrás, la serie tiene ya una historia interna que no es aparente para los lectores. Así, este artículo forma parte de una serie que, dentro de nuestra política de transparencia para la campaña de donaciones 2015, dedicaremos a explicar como funciona Politikon por dentro.

Todo empezó cuando el otoño pasado me acerqué a los editores de Politikon para reprocharles por enésima vez que dedicaran tanto espacio a hablar de política (politics) y tan poco a hablar de políticas (policies). Siempre he tenido para mí que la dicotomía entre ambas es algo así como el Error Fundamental de Atribución del debate público: las políticas son complicadas de analizar, llevan a juicios intermedios y, al depender más de conocimientos específicos y dictámenes técnicos, son mucho menos susceptibles de opinión y menos populares como tema en el debate público y, a la vez, tienen un impacto mucho más directo sobre la vida de la gente. Pero, precisamente por eso, la divulgación respecto a ellas es mucho más necesaria.

Más allá de diferencias de diagnóstico y de las obligaciones del año electoral, ellos me respondieron que estaban encantados de dar un espacio relevante a este tipo de contenidos y de que yo liderase el proyecto. Aunque al principio mis obligaciones en el “mundo real” me hacían ser escéptico respecto a mi disponibilidad para gestionar algo así, me pareció suficientemente justo como contraoferta, y en última instancia así fue como nació el Ciclo sobre Infancia Género y Desigualdad (GID).

Ser editor de GID

Las democracias industrializadas se enfrentan a los retos interrelacionados de la obsolescencia de las instituciones de su Estado de Bienestar para producir igualdad, el envejecimiento de la población, la incorporación al mercado laboral de la mujer y la igualdad de género de forma más amplia. Aunque estos temas aparecen de cuando en cuando en la agenda política, rara vez lo hacen de forma interrelacionada y pensamos que es necesario entender como son caras de la misma moneda: una sociedad sostenible fiscalmente, es el mismo tipo de sociedad dónde tener hijos y educarlos invirtiendo mucho en su capital humano no es prohibitivamente caro, que es a su vez una sociedad igualitaria en términos de género. Con la idea de conseguir que las personas preocupadas por cada uno de estos problemas -la sostenibilidad fiscal a largo plazo, la igualdad y la infancia y las problemáticas de género- se interesaran por los otros dos, comenzamos una serie que saldría todos los martes, típicamente alternando una pieza que produciría yo, con otra que pediríamos a personas externas que trabajaran en el campo con la idea de generar debate alrededor de ello. En este sentido, mi dedicación a Politikon tiene dos partes: una más interesante como colaborador habitual, otra que lo es algo menos como editor.

La ocupación de ser editor tiene que ver sobre todo con -con la ayuda inestimable de Jorge Galindo, Juan Font y Octavio Medina-, conseguir que de forma semanal se publique un artículo para el ciclo GID. Es un trabajo que no está entre los más interesantes del mundo, pero que es necesario para que esto funcione: consiste en intercambiar correos con distintas personas para convencerlas y hablarles del proyecto, y que decidan dedicar unas horas de su tiempo a escribir sobre algo que, esencialmente, no tiene ningún beneficio personal más allá de dar a conocer su investigación. Esto puede parecer chocante para muchas personas que piensan que escribir en el periódico, salir en los medios o escribir en un blog como Politikon es algo que tiene algún beneficio tangible; pero para un académico, la divulgación es algo que no reporta gran cosa, más allá de la gratificación personal en términos de ego y de contribuir a algo interesante. Por otro lado, se trata de una actividad que lo expone a uno a la crítica de lectores que no son siempre receptivos, y que tiene riesgos de comunicación y reputación -las ideas del debate académico no siempre viajan bien al espacio público. Relato esto para subrayar que el trabajo de reclutar colaboradores (y luego asegurarse de que su contribución llegue a puerto) sin poder prometer nada a cambio es una tarea que consume tiempo, paciencia y cierto capital social y mano izquierda.

Me gustaría hablar de algo relacionado directamente con GID. En el pasado se nos ha reprochado -con razón- no predicar con el ejemplo de tener mujeres entre sus editoras y colaboradoras. Siendo conscientes del tipo de problemas de representación (serios, reales y de envergadura) que esto conlleva, parte de la motivación de GID fue atajar esto y era algo que habíamos intentado solucionar en el pasado de otras formas. En realidad, parecía matar dos pájaros de un tiro: el área del que íbamos a tratar, tanto en el ámbito político, económico y sociológico, era una en la que las mujeres estaban menos infrarrepresentadas o, en el caso de los temas de género, sobrerrepresentadas en la academia. De esta forma, en la lista inicial de 59 personas a las que contacté, 38 eran mujeres. Sin embargo, una vez hechos los contactos, menos de un tercio de las personas que aceptaron colaborar eran mujeres -teniendo en cuenta que la mitad de las
contribuciones al ciclo saldrían de mi pluma, esto nos dejaba con menos de un sexto de artículos escritos por mujeres. Más aún, se dio la circunstancia de que la mayoría de ellas se ofrecían a colaborar en algún momento más o menos alejado en el futuro. Nos vimos entonces con el problema, que mucha gente nos echó en cara (tanto pública como personalmente), de empezar una serie sobre género sin que hubiera, en los dos o tres primeros meses desde su lanzamiento, mujeres que hablaran de ello (!). Este es un problema que ocurre en muchos ámbitos y sobre cuyas causas no estoy en condiciones más que de especular; pero creo que ilustra el tipo de dolores de cabeza que, sin dejar de compensar la gratificación de sentirse “padre” de un proyecto que ha tenido éxito, supone dedicarle tiempo a algo como esto.

Más allá de esto, ser editor de Politikon supone dedicar tiempo a discusiones internas, ayudar a organizar eventos y colaborar en distintas cosas, en las que se mezcla la satisfacción de colaborar con otras personas con las que tienes mucha química a la hora de discutir y plantear ideas, con el desgaste en términos de distracción y estrés que supone estar pendiente de la actualidad, de twitter o de la agenda política y discutir con Kiko Llaneras y Octavio Medina sobre su empirismo ingenuo o con el profesor Simón sobre su insuficiente atención a cómo la evolución histórica de la tecnología y las relaciones de fuerza que estructura afectan a todo lo demás. Pero de los -un tanto esotéricos y seguramente no totalmente aparentes- cleavages internos de Politikon hablaremos otro día.

Escribir en GID

Una de mis motivaciones para proponer el proyecto de GID es que pensaba que había muchas cosas que decir sobre el tema y que algunas de ellas tal vez podría contarlas yo. Por ello, además de la parte más importante de mi colaboración, está la de producir los dos artículos que en media escribo al mes para la serie. En esta última sección intentaré explicar cómo trabajo a la hora de escribir.

Antes decía que escribir es algo que tiene un coste en términos de tiempo y que pienso que eso desanima a la gente que viene del entorno académico. Desde luego es así para mí y, me imagino, lo es mucho más para gente que no está habituada a hacer divulgación. Sin contar el tiempo que me lleva leer sobre ello -que es parte de mi trabajo-, calculo que escribir un post consumirá alrededor de dos tercios de un día de descanso para mí -unas siete horas. El proceso es (idealmente) como sigue. La mayoría de mis posts (¿todos?) son reseñas de literatura que he leído, así que normalmente el proceso empieza haciendo una lista de los artículos (junto a su idea básica) de los que quiero hablar, intentando agruparlos alrededor de una idea común que sirva de “tema” del post. Típicamente, poner todo junto en papel hace que la idea que se puede construir vaya emergiendo más o menos sola, a menudo mirando el artículo más de cerca y descubriendo que no encaja en el post, otras veces recordando otras referencias que tiene sentido incluir. Una vez hecho el censo de las ideas que quiero contar, para que no parezca solamente una bibliografía comentada (algo que no siempre consigo), intento construir una historia que conecte las distintas ideas, eso que llaman “problematizar”. Con un poco de suerte, las ideas que tenía en la cabeza al principio arrojan una imagen coherente después de entresacar un hilo que las conecte, y eso permite sin demasiado esfuerzo escribir una introducción y un título (lo más complicado, porque tiene que enganchar al lector) y una conclusión o comentario final que enlace con el mundo real o intente polemizar un poco para generar debate.

Hasta aquí la parte “divertida”. La parte menos divertida, a la que dedico a menudo menos tiempo del que tal vez sería deseable, es la de releer el post y corregirlo. Aún así, como creo que es aparente, este proceso, en parte porque es tedioso, en parte porque pienso que es mejor dedicar ese tiempo a otras cosas -como leer papers, escribir posts, y tener una vida en el mundo real – no siempre filtra todos los errores, sobre todo los de forma. Una de las cosas para las que nos gustaría contar con más recursos es precisamente para poder profesionalizar el trabajo de edición, evitando en lo posible nuestras tradicionales frases cortadas, despistes sintáctico-ortográficos y anacolutos.

Dentro de la faceta de organizador de GID, organizamos por el día de la mujer, una “Semana de la Mujer” en la que sacamos un artículo al día sobre género, un “Cervezas y Politikon” en el que hice de telonero de Silvia Claveria y también, venciendo mi aversión a la exposición pública, aparecí junto con Angels Barceló y Ana Requena en el programa de Ana Pastor.

Mirando hacia el futuro, a comienzos de junio vamos a organizar conjuntamente con la Friedrich Ebert Stiftung en España una conferencia internacional sobre políticas de género e infancia y sostenibilidad del Estado de bienestar. Como es fácil imaginar, a pesar del músculo que nos presta ir de la mano de una fundación histórica y prestigiosa como FES, un proyecto de esta magnitud nos pone al límite de nuestras capacidades en términos de gestión y organización. Pero es precisamente por ello, para poder ser ambiciosos, por lo que solicitamos vuestra ayuda. F. Ebert es alguien, por cierto, de quien merece la pena saber algo más.

En suma, mi historia en Politikon es globalmente feliz. Cuando uno se dedica a la investigación, es sencillo sentirse absorbido bastante rápido por discusiones un tanto esotéricas que tienen una difusión muy circunscrita a una comunidad de iniciados. Además del ejercicio de gimnasia intelectual que supone intentar poner las ideas complejas en un lenguaje comprensible para el ciudadano medio, me gusta pensar en la labor de divulgación, eso que llaman con el nombre abominable de “transmisión de conocimiento a la sociedad”, como una forma de devolverle a la gente lo que ha invertido, de forma pública o privada, en la producción de ideas sobre cómo funciona el mundo.

Pero sobre todo, el proyecto GID es globalmente una historia de éxito. Ha tenido una repercusión inesperadamente fuerte, hemos logrado mantener el ritmo de publicación y en ocasiones hay lectores que se comunican con nosotros con correos poco menos que conmovedores para darnos las gracias que hacen que valga la pena todo el esfuerzo que hacemos.