Internacional

Libertad religiosa y la trampa de las primarias

7 Abr, 2015 - - @egocrata

El debate americano sobre derechos constitucionales siempre me ha parecido fascinante. Incluso para alguien que no es jurista, los casos ante el Tribunal Supremo en esta materia siempre son increíblemente ricos, y las opiniones de los jueces, se esté de acuerdo con ellos o no, siempre está bien escritas. El debate político, además, es a menudo muy vivo, especialmente en tiempos de cambio como lo que estamos viendo estos días.

La polémica, como viene siendo habitual en los últimos años, gira en torno a derechos de homosexuales, y en este caso, sobre libertad religiosa. Todo empezó con una ley recién aprobada en el estado de Indiana que parecía inofensiva, la «Ley de Restauración de Libertad Religiosa». El texto, salido de la derecha religiosa tradicional americana, prohibe a una entidad gubernamental hacer nada que suponga una carga intolerable sobre las convicciones religiosas de un individuo, siempre que esa obligación no se oponga al interés general o del gobierno.

Hasta aquí, es un texto bastante inocente, parecido a una norma federal similar que provocó una sentencia memorable del Supremo. La ley de Indiana, sin embargo, incluía una cláusula adicional que combinada con el resto del ordenamiento jurídico del estado creaba un problema bastante pernicioso: un particular, empresa o empleador podía negarse a ofrecer un servicio a un individuo o contratar un trabajador si hacerlo violaba sus convicciones religiosas. A efectos prácticos, esto quería decir que alguien podía negarse a servir a una pareja en un restaurante por el hecho de ser homosexuales.

En un principio esta ley no debería haber armado demasiado ruido, o eso esperaban los legisladores de Indiana. Hay una multitud de estados (sobre todo en el sur) con leyes parecidas desde hacía años; con una recién reelegida mayoría republicana en ambas cámaras era de esperar leyes conservadoras. La cuestión es que la opinión pública de Estados Unidos sobre derechos de los homosexuales ha cambiado extraordinariamente deprisa en los últimos años, y una ley que quizás hubiera pasado sin pena ni gloria hace un lustro ahora ha armado un escándalo enorme. Una ley parecida en Arizona armó un jaleo tremendo hasta que acabó siendo vetada por la gobernadora del estado; en Indiana se convirtió en un circo mediático colosal, con protestas masivas, conservadores enfurecidos, empresas amenazando con abandonar el estado e incluso republicanos moderados criticando el texto públicamente. Apenas unos días después una ley parecida en Arkansas era recibida de forma parecida, con Walmart (¡Walmart!) criticando públicamente la ley.

Es señal de lo mucho que ha cambiado Estados Unidos que los gobernadores de ambos estados, fuertemente conservadores, acabaron por echar marcha atrás e introducir cambios en la ley que impedías esa discriminación. De forma más significativa para la política americana de cara al 2016, sin embargo, la reacción de la mayoría de candidatos republicanos a la presidencia fue defender la ley en su forma original y hablar sobre lo mucho hablan la libertad (religiosa) de que cada uno discrimine a quien quiera.

¿Por qué? Una mayoría de americanos están ya a favor del matrimonio homosexual estos días, y una mayoría aún mayor se oponen a cualquier legislación que les discrimine. El problema para los candidatos es que una mayoría modesta pero significativa de votantes republicanos sigue oponiéndose a ello (aunque la tendencia es a la baja), y de forma más preocupante, un porcentaje considerable de los contrarios a estos derechos están muy, muy, muy cabreados por la secularización de América y la llegada del anticristo, y se van a movilizar en masa contra cualquier candidato que se salga del guión. Básicamente, nadie en la derecha religiosa evangélica va a votar a un candidato que sea pro-matrimonio gay, y dado que este bloque representa un porcentaje significativo del partido (es difícil decir el número exacto, pero sobre un 25-30%), nadie es lo bastante suicida para salirse del guión.

Si sólo habláramos sobre matrimonio homosexual esta clase de exigencias serían un problema relativo para los presidenciables republicanos; un moderado puede permitirse perder una cuarta parte del electorado y ganar con el resto. En el balcanizado mundo de las primarias del GOP, sin embargo, hay una cantidad casi ilimitada de barreras a la entrada y exigencias similares, auténticas pruebas de fe que todo candidato debe afrontar. Si atendemos a la ortodoxia republicana estos días, un candidato debe ser un halcón en política exterior aliado de forma incondicional con Israel, opuesto a pactar con Irán y dispuesto a ir a la guerra en Oriente Medio, ser completamente contrario a cualquier reforma migratoria que incluya regularizar inmigrantes, estar completamente en contra de la reforma de la sanidad de Obama en todos sus aspectos, ser completamente contrario a subir cualquier impuesto en cualquier caso en cualquier lugar, negar la existencia del cambio climático, estar completamente en contra del aborto y tener una fe inquebrantable en las bondades del sector privado y el capitalismo. Cualquier desviación en una de estos temas representa la caída en desgracia del candidato ante los guardianes de la fe conservadora en los medios y la ira de miles de activistas. Incluso en un partido donde los moderados no-integristas de la mayoría de estos temas son probablemente mayoría, las toneladas de publicidad negativa, pérdida de superdonantes (Sheldon Aldenson, en solitario, ha hecho del GOP un grupo de sionistas enfurecidos) y críticas de la mediocracia del partido hacen que nadie hasta ahora haya osado a salirse demasiado de la fe verdadera. Ni siquiera Rand Paul.

Una vez pasadas las primarias, sin embargo, cualquier candidato que haya pasado por esa odisea probablemente acabará habiendo dicho algunas tonterías de las que se arrepentirá en las generales. Estos días Jeb Bush ha soltado un par de perlitas defendiendo el derecho a discriminar homosexuales religiosamente (antes de cambiar de opinión a los pocos días), para goce y disfrute de archivistas del partido demócrata. Scott Walker ha cambiado de opinión  sobre inmigración media docena de veces. Prácticamente todos los candidatos ya han soltado que no creen en el cambio climático en absoluto (en contra de la opinión de la mayoría de su base, por cierto), y andan pidiendo hacer cosas feas contra Irán a un país que ya está bastante harto de guerras. Muchas de estas tomas de posición son sanas y saludables, representando la necesaria contraposición simétrica al previsible programa demócrata. Para desgracia de los candidatos su competencia para atraer activistas se ven a menudo forzados a ir más allá del centro-derecha moderado donde deberían estar compitiendo de cada a las generales, con el riesgo de llegar a noviembre del 2016 intentando justificar por qué creen que echar a patadas a un homosexual de un restaurante debería ser aceptable.

Esta clase de tensiones fue uno de los motivos por los que Mitt Romney, un candidato  moderado estupendo, acabará teniendo que explicar qué quería decir con eso que los inmigrantes ilegales debían «auto-deportarse», o sobre su negativa total y absoluta a hablar en positivo sobre una reforma sanitaria idéntica a la que él había aprobado en Massachusetts como gobernador. Es también uno de los motivos por los que las primarias del GOP van a ser un fascinante ejercicio de equilibrismo de los candidatos moderados y alegres ejercicios de demolición por parte de los radicales. Viendo la falta de cintura de Jeb Bush, el supuesto favorito, estos días, la completa desaparición de Rand Paul (no ha dicho nada ni de Irán ni de Indiana), y la persistente falta de carisma de Scott Walker, los debates van a ser maravillosos.