Economía

Educación y economía conductual: novedades

7 Abr, 2015 - y - @octavio_medina, @lucas_gortazar,

Escrito en colaboración con Lucas Gortazar.

Se habla cada vez más de la economía del comportamiento (o conductual), o por ser justos, de la disciplina que integra la investigación experimental de la psicología, la neurociencia, la economía o la sociología y que trata de comprender mejor el comportamiento individual a través del análisis empírico. Lo que hace poco más de una década era sólo una colección de experimentos empieza a convertirse ya en una disciplina de investigación extremadamente útil para el diseño de políticas eficaces e innovadoras. Diferentes instituciones (aquí o aquí) empiezan a considerarla una herramienta de gran importancia para el futuro de las políticas públicas.

Las áreas públicas donde más se ha prestado atención en la disciplina han sido sobre todo pensiones, salud, decisiones financieras de los hogares o derecho. Sin embargo, poco sabemos sobre lo que ocurre con cómo toman las decisiones los individuos con respecto a la educación. Lavecchia, Liu y Oreopoulus  han realizado en una estupenda compilación de la literatura existente que identifica cuatros riesgos que pueden afectar negativamente a las decisiones educativas. Además, estos riesgos son aún más grandes en entornos de pobreza, donde las dificultades que atraviesan los hogares reducen lo que se conoce como ancho de banda cognitivo y complica la toma de decisiones.

En primer lugar, si ya sabemos que los sesgos cognitivos otorgan mucha importancia a los costes inmediatos en relación a los beneficios futuros (“voy a empezar a hacer ejercicio, pero mañana”), este efecto es desproporcionado para niños y adolescentes (ver el trabajo de Bettinger y Slonim aquí). En segundo lugar, Hoxby y Avery apuntan al sesgo que genera la peligrosa inercia de la rutina, que dificulta la toma de decisiones importantes (por ejemplo, decidir los estudios en post-secundaria), especialmente presente en alumnos de bajos ingresos. En tercer lugar, autores como Akerlof y Kranton identifican la importancia del condicionamiento y la presencia de estereotipos, y cómo éstos generan un sesgo en el niño. El trabajo de Carol Dweck, por ejemplo, sugiere que a los niños a los que se les dice que la inteligencia es inmutable acaban teniendo peores resultados académicos que aquellos a los que se les dice que la inteligencia es variable. Este sesgo es precisamente intenso en minorías y entornos vulnerables (el resultado clásico es el de los estudiantes afroamericanos a los que se les obliga a identificarse por raza obtienen peores resultados que si no se pregunta por raza o grupo étnico). Finalmente, existe un sesgo muy importante en relación a la toma de decisiones que requieren el uso de información (por ejemplo la elección de un centro o la decisión o no de ir a la universidad), ya que como apunta Scott-Clayton, el exceso de información disponible no siempre produce una decisión orientada a la calidad educativa sino que también importan otros factores en la decisión, como la cercanía del centro. Esta última es una llamada de atención a los férreos defensores de la libertad de elección de centro, ya que como ha apuntado recientemente la OCDE, la libre elección puede acabar generando más segregación escolar.

Frente a estas limitaciones, recientemente ha habido un aumento notable de intervenciones (sobre todo evaluadas a través de randomized controlled trials, o experimentos aleatorios) sobre políticas que podrían reducir estos problemas. La investigadora Susan Dynarski publicaba un artículo hace un par de meses donde mencionaba unas cuantas que, a falta de replicación, ofrecen resultados más que interesantes. Uno de ellos es un experimento diseñado por Ben Castleman y Lindsay Page, dos estudiantes de doctorado estadounidenses. En EEUU, el proceso de postulación a universidades (y demás educación post-secundaria) es un periodo muy intenso y caótico para los estudiantes de último año de high school, y requiere de una inversión en tiempo, esfuerzo (y dinero) sustancial. El resultado es que los problemas de inercia y costes inmediatos vs beneficios futuros que mencionábamos provocan que muchos estudiantes o no lleguen a tiempo para apuntarse a una universidad, o acaben no asistiendo aunque se apunten. Para intentar paliar esto, a Castleman y Page se les ocurrió diseñar un sistema que enviara cada cierto tiempo un SMS personalizado a cada estudiante con un recordatorio de las fechas y plazos límite. ¿El resultado de una intervención tan sencilla? El 70% de los estudiantes que recibieron los mensajes acabaron matriculándose en alguna institución, comparado con el 63% del grupo de control. 7 puntos porcentuales es un incremento de una magnitud muy significativa, especialmente para un programa que costó unos 7 dólares por alumno.

También hay resultados interesantes a nivel de educación primaria y preescolar. En Politikon hablamos a menudo de la importancia de la educación infantil temprana (y la poca atención que se le presta). Los primeros años de vida son clave para el futuro desarrollo de niños y niñas, algo para lo que existe evidencia empírica extensa. Cosas como las lecturas, practicar sonidos o hablar con ellos aumentan su vocabulario y facilitan su entrada al sistema educativo más adelante. Pero como hemos mencionado, a menudo los objetivos complejos o abstractos dificultan o postergan nuestra toma de decisiones, especialmente en situaciones donde el ancho de banda cognitivo está limitado por muchos otros factores (encontrar un trabajo estable o llegar a fin de mes); el resultado es que a menudo los programas de formación teórica para padres y madres (y para profesores de guardería) tienen pocos resultados en la práctica. En otro artículo mencionado por Dynarski, los autores evalúan los efectos de un programa que intentaba simplificar la tarea de desarrollar las capacidades cognitivas del niño o niña a través de, una vez más, SMS. Cada semana, un sistema enviaba tres SMS (lunes, miércoles y viernes) recordatorios con actividades y sugerencias claras y muy concretas, como por ejemplo “mencionar palabras que riman les ayuda a reconocer sonidos y sílabas.” Las recomendaciones incluían temas como la comprensión lectora, la pronunciación, o el desarrollo del vocabulario. Los resultados de la intervención también fueron muy positivos. Los niños cuyos padres recibieron los SMS, de media, sacaron mejores resultados en las pruebas diagnóstico que se hicieron para evaluar el programa (de 0.26 a 0.29 desviaciones estándar más en el área de conocimiento del alfabeto y sonidos de letras).

En otro experimento, Dweck et al (2007) diseñaron un programa para combatir la persistencia de estereotipos y condicionamientos en un grupo aleatorio de chicos y chicas de séptimo de una escuela de Nueva York. Los estudiantes eran en su gran mayoría alumnos procedentes de familias de bajos ingresos (79% tenían derecho a comida gratis, el indicador estándar de bajos ingresos para estudiantes en EEUU), de minorías (45% hispanos y 52% afroamericanos) y con resultados académicos bajos (alrededor del percentil 35 nacional). Durante ocho semanas, los chicos y chicas del grupo de intervención participaron en una serie de sesiones (ocho en total) que trataban y enfatizaban la maleabilidad de la inteligencia, haciendo hincapié en el hecho de que no venía predeterminada y se podía incrementar con la práctica. En el grupo de control, en cambio, no se habló del tema durante las sesiones. Al siguiente semestre de recibir la intervención, los estudiantes del grupo de tratamiento habían mejorados sus notas en 0.55 desviaciones estándar con respecto al grupo de tratamiento. Una vez más, las intervenciones relativamente modestas que se enfocan en barreras conductuales pueden tener efectos muy llamativos.

En resumen, la última ronda de investigación conductual en educación es prometedora, entre otras cosas porque nos muestra que, una vez están garantizados los elementos básicos de un sistema educativo (recursos suficientes, profesores formados, un número de alumnos por clase no excesivo, etc.), aún hay espacio para diseñar políticas educativas con un impacto muy sustancial. No obstante, a pesar de que cada vez haya más interés, aún queda mucho por hacer. Sin invertir en replicar los resultados y llevar a cabo más evaluaciones, seguiremos a oscuras. Como bien sabemos, la inversión en investigación no tiene muchos padrinos políticos porque la mayoría de los réditos tardan tiempo en aparecer. Pero desde el punto de vista de la educación, no hay mejor inversión posible.