Economía

Europa y el mito del milagro alemán

17 Feb, 2015 - - @egocrata

Llevamos años hablando sobre la crisis de la eurozona, sobre quienes son los buenos, quienes son los malos y quién tiene que pagar el pato sobre todo este desastre. La verdad, esta clase de discusiones creo que son siempre bastante contraproducentes, ya que tienden a ver los problemas europeos como una historia moral en vez de un problema de diseño institucional (no tenemos malos y buenos; tenemos actores respondiendo a incentivos). Los conflictos morales generan discusiones imposibles, acusaciones constantes  y no llevan a ningún sitio; si pensamos en diseño institucional, sin embargo, podemos intentar cambiar las condiciones que hacen que todo el mundo parezca haberse  vuelto loco.

Digo esto porque si miramos la eurozona a largo plazo veremos que uno de los principales damnificados de estas últimas décadas no son los griegos, sino los alemanes. Desde 1999 su productividad ha aumentado un 17,8%; sus salarios reales, sin embargo, son ahora menores que hace 15 años. Esta cifra, por cierto, no es un resultado de la gran recesión, sino que es un fenómeno casi exclusivamente alemán; los costes salariales de la mayoría de países de la eurozona fueron aumentando ligeramente por encima del 2% de inflación (con la excepción de los muy burbujiles irlandeses y españoles, obviamente), mientras que en Alemania esencialmente se quedaban anclados donde estaban a principios de siglo.

Esto podría ser una muestra de germánica determinación para controlar costes y aplastar a la competencia con imparable eficiencia teutónica si ese 17,8% de aumento de productividad fuera extraordinario. El problema es que esa cifra, comparada con el resto de la eurozona (y OCDE) es bastante mediocre. Entre el 2000 y el 2012 el PIB por hora trabajada alemán aumentó a un 1.1%; la media de la OCDE fue un 1,5%, la eurozona un 1% (Estados Unidos, que tuvo una década bastante triste, está en el 1,9%). El milagro de la competitividad alemana, su glorioso sector exportador y sus imparables empresas no es uno de eficiencia, sino de pura, simple y directa represión salarial. El motor económico de Europa ha basado su crecimiento en pagar cada vez menos a sus trabajadores.

¿Qué han estado haciendo entonces los alemanes con todo el dinero que ingresan con su monumental superávit comercial? En principio, las empresas podrían destinar parte del dinero a subidas salariales. Los gobiernos alemanes de las últimas décadas, sin embargo (empezando por el SPD – las reformas Hartz– y siguiendo con Merkel) han pactado con patronal y sindicatos que los sueldos no suban, limitando la demanda interna. Para empeorar las cosas, y en una historia que nos debería sonar familiar a los españoles, el programa de reformas de los últimos años permanece inacabado, y la economía alemana tiene una cantidad extraordinaria de limitaciones a la competencia, regulaciones idiotas, barreras a la entrada y trabas burocráticas que hacen muy difícil crear nuevas empresas o desarrollar nuevos sectores productivos. La OCDE en sus informes dedica las peores broncas sobre falta de reformas estructurales a Alemania.

Estos dos factores sumados han hecho del país un sitio bastante poco atractivo para invertir:  el consumo interno no aumenta, y hay trabas para empezar nada. Si un inversor alemán quiere rentabilidad fácil hay sitios mucho mejores que entre el Rin y el Oder. Ahora adivinad dónde fue todo ese dinero.

Exacto:  al sur de Europa. La balanza comercial alemana pasaba de los balances de las empresas a los bancos, y de los bancos a deuda pública griega, portuguesa e italiana y ladrillos españoles e irlandeses. En el centro de la crisis de la eurozona no está la irresponsabilidad de los bancos, la incontinencia de los griegos, la patética incapacidad de los italianos para gobernarse o la corrupción de la casta hispánica, sino una larga correa de transmisión de incentivos perversos salidos de los costes de la reunificación alemana, reformas inacabadas, salarios que no suben, balanzas de pagos desequilibradas, exceso de ahorros, tipos de interés negativos, burbujas con crecimiento ficticio, endeudamiento y recesión.

Esto no quiere decir que los políticos germanos sean estúpidos o malvados, por cierto; el modelo deflacionario alemán es también una respuesta a incentivos. La economía alemana siempre ha sido fuertemente exportadora, así que dentro de la patronal y sindicatos las reformas que favorezcan al sector industrial de la economía tienen prioridad. Las políticas de contención salarial son duras, pero sus costes o bien están difuminados por toda la economía y son en apariencia pequeños (los salarios nunca bajan – simplemente suben al mismo ritmo que los precios) o bien sus perdedores son el segmento del mercado laboral menos organizado y protegido, y sus lloros no llegan al sistema político (¿os suena?). Mientras tanto las reformas liberalizadoras de la economía tienen tendencia a quedarse a medias, dado que en este caso los perdedores serán pocos, pero son ruidosos y están bien organizados (taxistas, farmacéuticos, etcétera), dejando la modernización de la economía para otro día.

Finalmente, y algo que debería mencionar más a menudo, Alemania tiene un problema demográfico importante. Edward Hugh ha escrito muchísimo sobre ello, así que no voy a añadir demasiado. Aunque no estoy seguro si está exagerando o no el problema, lo cierto es que Alemania realmente tiene un problema parecido a Japón, con su población activa reduciéndose en 200.000 trabajadores cada año. Esto quiere decir que sus necesidades fiscales a medio/largo plazo son muy superiores a la de otras economías desarrolladas. Los trabajadores alemanes simplemente quieren ahorrar más y consumir menos porque están más cerca de la jubilación. La demografía es un problema compartido por otros países desarrollados (Italia, que es Japón con monjas, España, de aquí unos años, y China, gracias a sus estúpidos experimentos de control de población), pero no todos. Francia, por ejemplo, tiene una demografía muy favorable (y va a superar a Alemania en población el 2045, más o menos) y Estados Unidos no sólo tiene unas tasas de natalidad decentes, sino que además puede abrir fronteras y atraer cantidades ingentes de inmigrantes sin inmutarse, así que no se enfrentan a este problema. Los alemanes, en cambio, necesitan ahorrar; simplemente, no pueden permitirse no hacerlo.

La solución a los problemas de la eurozona, por tanto, pasan no tanto por convencer a Alemania que perdone las deudas al sur de Europa, sino en convencerles que se suban el sueldo y tengan más hijos, o al menos convencerles que los franceses algún día van a pagarles las pensiones (federalizar las pensiones en Europa es buena idea). España, Grecia, Italia y Portugal necesitan reformas estructurales urgentemente, pero no son los únicos. Si alguien tiene que abrir su economía y fomentar el crecimiento económico que favorezca a todos en el continente, empezando por sus propios ciudadanos, es Alemania.

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Una nota final: uno de los problemas implícitos de todo este circo, por cierto, es el maldito fetichismo por la industria y desprecio por los servicios de los políticos europeos. El sector servicios europeo está muy regulado, demasiado, con demasiadas empresas protegidas a golpe de legislación y una fragmentación enorme. Esto conlleva un crecimiento de la productividad lento, merced de la poca competencia. La comparación con Estados Unidos es tremenda en este sentido: en Francia y Alemania la productividad en el sector terciario apenas aumentó desde 1995 al 2007; en Estados Unidos ha subido un 22%. El sector servicios es un 70% de la economía de la eurozona, así que echad cuentas sobre todo el dinero que estamos tirando por no hacer nada.