España

Podemos y la esperanza del cambio

13 Feb, 2015 - - @politikon_es

Podemos es ya sin duda la gran innovación de la política de la última década. España es un país asolado por los escándalos de corrupción, los recortes, el desempleo, el maltrato de una juventud sin futuro y una sociedad en quiebra económica y social. La más que justificada sensación de estafa por unas élites políticas y económicas corruptas se ha traducido para muchos en una esperanza de cambio a la que ha dado forma el discurso de la neonata formación gramsciana. A un lado, el bipartidismo, las prácticas de la vieja política, la continuidad, la corrupción y la austeridad. Al otro, una voluntad de cambio real, un proyecto innovador emergente con un imaginario transveral y esperanzador, una promesa de hundir su práctica decisoria en la voluntad popular, renovar el escenario político y de devolver la democracia a los ciudadanos. Todo ello alumbrado por los destellos de honestidad que acompañan siempre a las figuras políticas caracterizadas por el idealismo y la sana ambición de entrega a un fin superior. Ese  es el marco de referencia al que han conseguido dar forma los jóvenes políticos de Podemos, ese en el que transmiten con ellos las cosas serán, en el peor de los casos, al menos distintas y nunca peores.

Sin embargo, esta sensación de que las cosas serán distintas que con la vieja política se basa únicamente, como no puede ser de otra forma al tratarse de un partido nuevo, en una esperanza genérica, en un convencimiento adquirido por los discursos y declaraciones públicas. En este artículo, censaremos algunas tendencias que llaman la atención en el sentido contrario.

En primer lugar, llama la atención la desaparición de propuestas de reforma del sistema político. Para los jóvenes que ocuparon las plazas del 15M, la crisis era tanto económica como política y sus causas se encontraban en los problemas de fondo que alojaba la democracia española, en un sistema de partidos demasiado hermético, en un sistema judicial demasiado al servicio de las élites dirigentes. Esto es tanto más llamativo para la formación de Pablo Iglesias, cuyas élites y cuadros medios surgen de IU, un movimiento político y social cuya histórica reivindicación era precisamente la reforma de la ley electoral bajo una coordenadas más justas y democráticas. El debate sobre las instituciones políticas ha desaparecido sin embargo en la agenda de los jóvenes politólogos. El discurso que proyectan es, al contrario, el de la toma del poder tal y como está constituido por una vanguardia popular, el propio partido, y una promesa de llamada plebiscitaria al pueblo. Más allá de reformar el sistema con instituciones que garanticen la transparencia y garanticen los contrapesos a los abusos de poder limitando la corrupción, estamos llamados a confiar en la integridad de sus líderes.

En segundo lugar, algo comparable ocurre respecto a la organización interna del partido. Las esperanzas del 15M puestas en una democratización interna de los partidos construidos de “abajo hacia arriba” contrastan con fuerza con la práctica de una formación cada vez más organizada de forma jerárquica, dónde las líneas políticas alternativas han sido laminadas. Se trate del sistema de elección interna del partido o del apoyo dado por la dirección a las candidaturas oficialistas en las autonómicas, todo indica que la promesa de un partido abierto y gestionado democráticamente ha sido dejada para mejor ocasión.

Una tercera tendencia que arroja dudas sobre el discurso proclamado de Podemos son algunas de las prácticas menos regulares de lo que habría sido desebles, de algunos de sus líderes. Tanto en el caso de Juan Carlos Monedero como de Íñigo Errejón, sus defensores han intentado señalar, con más o menos justificación, la legalidad de su actuación compatibilizando su dedicación universitaria con otras actividades. Sin embargo, en ambos casos resulta difícil no sentir que, legal o no, la pulcritud y honestidad que exigen como norma y de la que han hecho bandera, no terminarían de ajustarse a su conducta.

Pensemos en el caso de Juan Carlos Monedero, sin duda el más claramente irregular de ambos. El dirigente de Podemos no ha logrado todavía dar una explicación convincente de estos hechos. En primer lugar, el cobro de más de 400 000 euros por gobiernos de América Latina es en sí mismo sospechoso, pues para muchos ha resultado sorprendente descubrir que la profesión de politólogo es lucrativa hasta tal punto. Que esta cantidad fuera dedicada a la financiación del programa “La Tuerka” resulta tanto o más chocante, pues, aún cuando pensemos que se trata de un acto de filantropía del profesor de la UCM por una suma que representaría una parte sustancial de su patrimonio, ello parece apuntar a que Podemos podría tener con éste, y sobre todo sus patrones, una relación que no fuera totalmente compatible con la subordinación incondicional a la voluntad del pueblo. La celeridad con la que Monedero ha sido capaz de presentar la declaración complementaria y abonar los 120 000 euros plantea la cuestión obvia de como ha sido capaz de reunir una suma tan alta en tan poco tiempo. Todo apunta a que los dirigentes de Podemos están sometidos a influencias y relaciones de dependencia, como por otro lado lo está cualquier otro político, lo cuál, probablemente no pueda ser considerado ilegal, pero sin duda alguna contrasta con fuerza con su discurso.

En segundo lugar, el que se haya visto obligado a regularizar el pago viene dado solo por el hecho de que a esta regularización ha precedido una irregularidad. Sin duda, una irregularidad común, como subrayan sus defensores, tal vez incluso debida a un error o falta de asesoramiento. Sin embargo, para muchos resulta difícil no encontrar poco coherente el uso de sofisticados arbitrajes fiscales a caballo entre el fraude y la economía de opción por el dirigente de un partido que reclama como suyo el patriotismo tributario. Las explicaciones de estos han tenido el desagradable efecto de hacer que se escucharan los ecos de las defensas poco decorosas que han empleado otros,  como el Partido Popular en el caso de los trajes de Francisco Camps, atrincherando detrás de una interpretación elástica de la legalidad lo que era indiscutiblemente es un comportamiento poco digno de un político. Sin embargo, que el cierre de filas apretado en torno a su dirigente de Podemos, junto a su connivencia con el sindicato de Técnicos de Hacienda no es, por supuesto, sorprendente ni excepcional: es la defensa esperable de cualquier partido político compitiendo en una democracia del capitalismo avanzado por la victoria electoral y motivado premiar a los suyos y mantener cierta integridad organizativa.

¿Qué conclusiones pueden sacarse de esta secuencia de hechos? La gravedad no viene tanto de unas conductas que, si bien pueden ser irregulares, no son menos comunes o esperables en el laberinto regulatorio español. Se trata ante todo de un problema de ejemplaridad, de coherencia con el propio discurso. Muchos de los defensores de los dirigentes de Podemos han destacado, con razón, lo insignificante de estos hechos, pecados veniales en comparación con otras que han salpicado a los partidos de la casta, y han denunciado la importancia que se le ha dado desde los medios a las mismas y la propia filtración del caso de Juan Carlos Monedero. Sin ningún género de dudas, existe y seguirá existiendo una injustificada hostilidad por parte del establishment mediático hacia Podemos, una tendencia a mirar con lupa sus actuaciones mientras se ignoran los defectos de los propios que superan con muchos el menos de medio millón de Euros de Juan Carlos Monedero palidece al lado de los desfalcos de Blesa o Moral Santín. Sin embargo, parecería que cuando el contrato que se ofrece a la ciudadanía es el de “confíen en nosotros, nosotros seremos distintos”, este tipo de prácticas deberían capturar la atención del observador.

Si se confirmara que Podemos es después de todo un partido gobernado por humanos, organizado en el marco de una democracia capitalista y penetrado por las mismas tendencias oligárquicas y conflictos de intereses de intereses que los demás y que, aún cuando sus élites estén supremamente penetradas por la emoción del ideal, terminarán más antes que después cayendo en los mismos vicios que el resto. Lo harán, no porque la maldad esté inscrita en el ADN humano, sino porque muchos problemas son endémicos a la democracia capitalista y de ellos no se conoce un remedio explícito y otros, en cambio, responden a ciertas características institucionales del régimen político español. Está en nuestras manos, como sociedad madura, remediarlos con las reformas institucionales apropiadas implantadas con el reconocimiento apropiado de sus límites. En esta tarea, sin embargo, la opción política que han elegido los Españoles no parece discurrir por el camino adecuado.