Unión Europea

Ningún político es pro-austeridad

30 Ene, 2015 - - @egocrata

En los debates sobre austeridad presupuestaria siempre ha habido algo que me pone un poco nervioso: la idea que algunos políticos son pro-austeridad de forma voluntaria.  Stathis Kalyvas el otro día en Twitter resumía en pocas palabras por qué:

Traducido: si les dejan hacer, todos los partidos prefieren expansión fiscal a contracción. La austeridad siempre es una imposición, no la primera opción.

Está totalmente en lo cierto. Aparte de unos pocos políticos que pertenecen a cultos antiestatalistas Randianos (la mayoría de ellos, en el sector montañés del partido republicano) la inmensa mayoría de jefes de gobierno y legisladores siempre van a preferir una expansión fiscal a una contracción. El aspecto que tendrá esta expansión fiscal será distinta para la izquierda que para la derecha (más gasto público o bajadas de impuestos, habitualmente), pero prácticamente ningún político en la faz de la tierra se negará a regar con dinero a sus votantes si le dan la oportunidad. Las democracias siempre han tenido un sesgo fiscal expansionista; es por este motivo que los economistas (y los gobernantes socialdemócratas serios) a menudo proponen normas presupuestarias que pongan límite a la afición de los políticos a gastar lo que no tienen. La marca de un buen gobernante es aquel que es capaz de afrontar la tentación aumentar el gasto o recortar impuestos y pasarle la factura al siguiente, y decir que no.

El debate en Grecia (y en España) no es entre políticos que quieren más austeridad y políticos que quieren más expansión fiscal. Es entre aquellos que creen que es más importante cumplir con los compromisos que el gobierno ha contraído al emitir deuda pública en años pasados, y aquellos que creen que ese compromiso debe renegociarse o incluso romperse si eso mejora el bienestar de los ciudadanos. No dudéis que Rajoy, Samaras o Hollande (la gran esperanza de la izquierda, le llamaban) estarían encantados de gastar como posesos si tuvieran la oportunidad; cualquier gobernante sabe que eso vende bien. Lo que les distingue de Pablo Iglesias, Tsipras, y Le Pen de sus oponentes no es su amor por las expansiones fiscales, sino sus promesas que un país puede repudiar o exigir la renegociación de sus deudas sin consecuencias.

Si algo deberíamos haber aprendido de la larga crisis europea y la cada vez más abultada serie de gobernantes del sur de Europa caídos en acto de servicio es que decir esto desde la oposición es muy fácil, pero una vez en el gobierno las cosas cambian. Es fácil prometer expansión, pero en realidad no hay dinero. Es fácil pedir nuevos acuerdos en Europa, pero negociarlos es otra cosa. Es fácil decir que podemos repudiar deuda, pero las consecuencias de hacerlo son siempre severas y los riesgos inasumibles.

El drama real de la crisis de la eurozona no es que los gobernantes del sur de Europa sean una panda de idiotas incompetentes que siempre aceptan los recortes que les dictan los alemanes o que disfrutan dejando a los niños sin calefacción. La tragedia es que en los últimos siete años los políticos del sur no han sabido o no han podido ofrecer un acuerdo a sus homólogos del norte que permita salir de esta espiral autodestructiva. Lo realmente triste, sin embargo, es que aunque cortedad de miras de las élites políticas europeas ha sido notable, lo cierto es que no estaban más que respondiendo a incentivos: el diseño de la eurozona, y la necesidad de responder a las demandas de los electorados nacionales, hacía muy difícil salir de este equilibrio negativo.

La ironía es que si uno mira el último acuerdo griego con detalle se da cuenta que el país ahora mismo está pagando apenas más que Francia para cubrir su deuda en porcentaje sobre el PIB. La quita del 2012 acabó por ser, en gran medida, una transferencia de dinero casi perpetua de norte a sur camuflada bajo un rescate financiero. Decir esto en voz alta es políticamente insostenible para los países del norte, así que en vez de tener un sistema formal establecido y algo parecido a una unión fiscal embrionaria tenemos un Frankestein irreconocible.

Casi todo el mundo sabe qué aspecto tendría una salida de crisis. De momento, nadie parece saber como llegar hasta ahí.