Economía

La educación y la izquierda

14 Ene, 2015 - - @octavio_medina

Leyendo 100 years of socialism de Donald Sassoon -la prácticamente épica historia de los partidos de izquierda (desde el comunismo a la tercera vía) durante el último siglo- me encuentro con la siguiente cita:

“At the time, socialist parties in general had no well-thought-out policies on education beyond a general belief that barriers to working-class advancement through education should be removed. In Austria the SPO (los socialistas) (…) much preferred to fight the old battle over religious education with its social Christian rivals and allies.”

La cita en cuestión se refiere a una actitud o estrategia generalizada entre los partidos socialdemócratas y socialistas en la Europa de los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, los que vieron el impulso y construcción de los estados del bienestar que predominan hoy en día. Lo que me sorprendió de esta cita es su aplicabilidad a la España actual, especialmente en dos sentidos.

Primero, la falta de ideas concretas más allá del problema del acceso a la educación (barriers to working-class advancement through education). En España el priorizar el acceso (como hizo la tan denostada LOGSE, que recibe más palos de los que se merece) era hasta hace poco una decisión completamente justificable. El modelo educativo del franquismo era, como el de la mayoría de los países europeos del periodo de entreguerras, uno de educación para las élites. La España de las décadas posteriores a la Guerra Civil acumulaba un déficit vergonzoso en escolarización comparada con el resto de países europeos (y especialmente con respecto a EEUU, pionero indiscutible de la educación de masas). Gran parte del mito de la edad dorada de la educación cuando los profesores eran respetados y se les exigía a los alumnos procede de estos años, en que solo los hijos una fracción de la población, en concreto los deciles más rico y urbanos, acababan primaria y (a veces) secundaria.

No obstante, y esto es algo que mencioné en el último Cervezas y Politikon, con la llegada de la democracia y la extensión del acceso a la educación al resto de deciles, el problema se convierte cada vez más en uno de calidad de la educación. España, a pesar de haber mejorado muchísimo (tanto en términos de años de escolarización como en resultados académicos de la población joven vs la adulta), sigue acumulando una serie de problemas, entre los cuales se encuentra el estancamiento de los resultados académicos comparados con otros países de menores ingresos (por ejemplo, Polonia pasó de estar por debajo de España en PISA 2000 a estar treinta puntos por delante en PISA 2012) y el abandono escolar temprano.

Todo esto me lleva a la segunda parte de la cita: la tendencia de los partidos de izquierda de convertir la religión (y, aquí, la educación para la ciudadanía) en el tema central de la educación. Vaya esto por delante: creo que la asignatura de religión no debería formar parte de ningún currículo, y que su persistencia es un anacronismo triste (no así la historia de las religiones). También creo que los estudiantes deberían salir del colegio con un conocimiento básico del funcionamiento del Estado y de nuestra democracia, dado que el fin de la escolarización obligatoria ocurre un par de años antes de la mayoría de edad y por ende la accesión a todos los derechos y obligaciones como ciudadano. Por ello considero vital que estos dos principios se defiendan. La cuestión es que en España la izquierda a menudo renuncia al resto de la agenda progresista. Mi hipótesis es que esto ocurre porque la religión es algo que se cambia a golpe de ley, mientras que solucionar el resto de problemas requiere de mucho más trabajo.

La consecuencia es que se cede la iniciativa a los partidos conservadores, que aunque comparten la falta de ideas, la sustituyen con una cierta retórica moralista que sale a la luz con la insistencia en el peligro de igualar por abajo, el famoso respeto al profesor, o la repetición como arma para castigar al alumno. Sabemos que la repetición no funciona y afecta sobre todo a los alumnos de deciles más pobres y vulnerables, tenemos evidencia de que el separar pronto a los alumnos por nivel de habilidad o currículo conduce a la estratificación –no mejora los resultados de los alumnos buenos y empeora los resultados de los malos, sabemos que no hay trade-off entre la equidad y la excelencia en los sistemas educativos, pero todo esto apenas se escucha.

Además de esto, una oposición progresista podría poner el énfasis en temas como la mejora de las oportunidades de formación inicial y continua que se da a los profesores (solo un 10% de los alumnos van a escuelas donde directores y docentes con experiencia observan clases y proporcionan feedback a los profesores, comparado con un 62% en la OCDE), políticas de refuerzo y atención especializada para colectivos vulnerables –como los hijos de inmigrantes o familias de bajos ingresos-, la sustitución de la repetición por políticas que eviten el fracaso escolar en vez de provocarlo, o el ajuste del currículo y la evaluación a competencias. También podría defender las cosas que ha hecho bien España. Tenemos cerca del 100% de nuestros niños de 3 a 5 años escolarizados, una de las tasas más altas de nuestro continente y quizá uno de los grandes legados del gobierno de Zapatero.

Por ahora no sabemos mucho de las propuestas de los diferentes partidos para este año electoral.  Sigo con la esperanza de que además de por la religión, la izquierda también dé la batalla por la calidad (y equidad) de la educación.