Política

¿Hacia el partido movimiento?

15 Dic, 2014 - - @kanciller

Hace algunos días estuve en unas jornadas organizadas en Etopía (Zaragoza) dentro del marco de “Destrucción Creativa”. Por entonces me tocó hacer una presentación general sobre el devenir de la situación política en España, los partidos emergentes y la “nueva política”, si es que existe tal cosa. Aunque mi conocimiento es muy limitado en temas de movimientos sociales (De la Porta y Diani es lo más lejos que llego) sí que me atreví, aprovechando que había representantes de Podemos y Guanyem Barcelona/ Ganemos Madrid a proponer una tesis provocativa; no estamos viendo una transformación en los fundamentos del sistema tanto como en los jugadores del mismo.

Esta idea ya la expliqué aquí cuando decía que las sociedades occidentales tenían electorados más volátiles ante la disolución de las tradicionales lealtades partidistas, lo que abocaba a nuestros políticos a gobernar mirando más satisfacer intereses amplios y en el corto plazo. Sin embargo, esto no tiene por qué conllevar necesariamente un cambio en el modelo representativo – qué, si se me permite, ha demostrado tanta flexibilidad adaptándose como el capitalismo – sino un cambio en los jugadores que operan dentro de él, algo parecido a aquello que vimos con la emergencia de los partidos de masas o los catch-all.

Entre esta plétora de nuevos jugadores que aspiran a llenar ese vacío en la representación que dejan los partidos clásicos – que lleva a complejos intentos de clasificarlos – estarían apareciendo con más fuerza los de extrema derecha populista y, esta fue mi tesis provocativa, a algo parecido a partidos-movimiento, entre la que estarían aquellos que me habían invitado.

La idea original de partido-movimiento parte de Kitchelt. Tradicionalmente en ciencia política se distingue entre tres grupos relevantes de actores: partidos, grupos de interés y movimientos sociales. Aunque no siempre son distingibles, normalmente se clasifican en función de dos parámetros. Por un lado, su relación con lo institucional. Si participan en elecciones competitivas y con candidatos entonces hablamos de un partido. Si se encargan de influir, informar, persuadir o contribuir a las políticas desde fuera pero en el marco de la legalidad entonces hablamos de grupos de interés Ahora bien, si lo que hablamos es de política a nivel de calle con estrategias de protesta/disrupción para perseguir un objetivo fuera o contra los canales institucionalizados entonces hablamos de movimientos sociales.

Sin embargo, el segundo criterio es el funcional y habla más del tipo de problemas de acción social que trata de resolver cada actor. La idea es que hay que coordinar la acción política para un fin en el espacio y en el tiempo, empleando recursos tanto de capital como de trabajo. Ahora bien, la capacidad de movilización y su duración en el tiempo varía según el actor. En el caso de los movimientos tienen una estructura organizacional limitada, un tiempo de operación concreto y un número de temas restringidos. Un movimiento social es evanescente, disperso entre diferentes agentes y casi siempre reactivo, desde los movimientos anti-globalización hasta las marchas por la paz.

En el caso de los partidos y grupos de presión, sin embargo, existe una profesionalización, una cadena de mando y un sistema de reclutamiento estandarizado. La razón es que existe la necesidad de mantener una interlocución continuada para la consecución de un objetivo, los cuales continuamente deben ser refinados y actualizados. Las estrategias de un sindicato, una organización de consumidores o un partido necesitan una mínima estructura, además de una agregación de voluntades y reparto de unas rentas para mantener lealtad (sean simbólicas o más pedestres).

La decisión de moverse en cualquiera de las dimensiones implica un incremento de los costes de transacción (poner de acuerdo a gente muy diversa). Los movimientos sociales y grupos de interés los reducen mediante el acomodo de actuación en un solo tema. Todos perseguimos una misma política y ya está. Sin embargo, los partidos requieren institucionalizarse porque proponen un programa mucho más amplio. Es cierto, ojo aquí, que las categorías no son estancas – podríamos discutir si, por ejemplo, la PAH no es al mismo tiempo movimiento social y lobby. De aquí que a medio camino entre el partido y el movimiento esté cuando los activistas de este último deciden dar un paso adelante con sus propias siglas.

En la práctica estos modelos híbridos intentan aplicar estrategias organizativas y las prácticas de los movimientos a los partidos. Eso supone una inversión baja en estructura del partido. Por ejemplo, el que va a un meeting es un miembro y no hay una red extensiva o intensiva de organización. Ello hace que tengan poco margen para tener profesionales liberados, modelo que muchas veces rechazan explícitamente. Pero además, este tipo de partido híbrido no suele tener un sistema institucionalizado de agregar preferencias – alguien con autoridad para comprometer y negociar por el partido.

Tal carencia explica por qué estos partidos suelen oscilar entre dos polos. A un lado, el del líder carismático; alguien con autoridad moral y fuerza informal para ejercer de interlocutor, pero que se resiste a la rendición de cuentas o integrar diferentes sensibilidades. Al otro lado, un liderazgo horizontal, con asambleas de activistas. Un modelo aparentemente más abierto aunque también más inconsistente a lo largo del tiempo y con riesgo de captura por minorías movilizadas. Eso sí, quizá el aspecto más llamativo de este tipo de partidos es cómo se manejan al mismo tiempo en la arena institucional y la extra-institucional. Esto es lo que llevó a que Kitchelt hablara del ecologismo político como un ejemplo de este tipo de partidos – al menos en sus inicios.

¿Pueden responder los nuevos partidos en España a este tipo de lógica? Ciertamente es complicado visto que muchos de los partidos nuevos son participados o surgen de dinámicas relacionadas con otras formaciones. Podemos es un partido que, aunque (in)viste sus acciones de la legitimidad del 15M, emerge más de críticos con IU que de las plazas – aunque luego muchos de sus participantes se apunten al partido. Por patrón de crecimiento de arriba abajo parece que inicialmente no se ajusta – aunque pueda incorporar algunos de sus elementos.

En el caso de los Ganemos, parece claro que hay una argamasa de partidos poco cohesionada; a veces con IU, a veces con Podemos, a veces con los dos. Hasta los del círculo se lo van a pensar dos veces para entrar. Ahora bien, en el caso de Guanyem Barcelona sí que podría entrar más dentro de esta categoría, siendo como es un partido con una matriz de base más fuerte y consolidada, también apoyada por cierta tecno-estructura y activistas de la PAH. El asunto es su relación con ICV y como pueda gestionar su consolidación como un actor del todo independiente.

Si os tengo que ser sincero, esta no es más que una hipótesis y probablemente es precipitado decir cuál será la forma definitiva en la que cristalizarán estos actores. A mi juicio muchas de estas organizaciones de “nueva política” se enfrentan a los mismos retos que otros en el pasado – desde la oligarquización hasta cómo hacer que todo el mundo participe de las decisiones o agregar preferencias. Ahora bien, creo que no es descabellado pensar que estamos ante una mutación en los agentes de representación como ha ocurrido tantas veces en el pasado. Lo interesante será ver si de manera efectiva eso se traduce en políticas diferentes. Un reto en el que los recién llevados aún tienen todo por demostrar.