Sociedad

Cuando dejar escoger no es suficiente

11 Dic, 2014 - - @egocrata

Hartford, Connecticut, como tantas ciudades americanas, tiene un sistema de educación pública desastroso. La ciudad, a pesar de ser el núcleo de una de las áreas metropolitanas más ricas del país, tiene unos problemas atroces; más de la mitad de los niños viven bajo el umbral de la pobreza. Los colegios están saturados, mal dirigidos y llenos de chavales salidos de familias monoparentales, con muy pocos ingresos, o que apenas hablan inglés. En el mejor de los mundos, con un sistema bien financiado, esto sería ya de por sí un problema, pero dado que la educación está en manos municipales, ni siquiera tiene dinero para afrontar estos problemas. Los suburbios alrededor de la ciudad, por supuesto, no quieren aportar un dólar.

Debido a los problemas endémicos del sistema educativo de la ciudad, el gobierno estatal empezó a impulsar (por orden judicial, todo sea dicho – el caso es fascinante) Magnet Schools («escuelas imán»), colegios especializados dedicados a temas específicos (música, ingeniería, ciencia, arte, matemáticas, idiomas) con recursos adicionales salidos del presupuesto estatal. La idea era crear escuelas de mayor calidad dentro de la ciudad de Hartford que atrajeran a niños (blancos) de los suburbios, reduciendo la segregación y dando a los habitantes de la ciudad mejores oportunidades.

Como era de esperar en este estado, las cosas se quedaron a medias. Aunque hay un número considerable de magnets, no hay suficientes plazas para todos los niños de la ciudad de Hartford, ni tampoco para niños de los suburbios que quieren acceder a ellas. Algunas magnets situadas fuera de la ciudad tienen una cantidad extraordinaria de solicitudes, ya que realmente son colegios excelentes. Para distribuir las plazas, la ciudad de Hartford y el estado de Connecticut recurren a un método simple pero contundente, una lotería. Los padres que quieren meter a sus hijos en una magnet, estos colegios mixtos, con recursos y resultados, inscriben a sus hijos durante el verano, y las plazas se asignan al azar. Es un sistema justo dentro de la injusticia; no parece privilegiar a nadie. Al menos en teoría.

El problema, en este caso, es que la participación en la lotería oculta disparidades importantes. Los padres que inscriben a sus hijos para tener la posibilidad de acceder a una magnet no son una muestra representativa de las familias de Hartford, sino que tienen más ingresos, viven en barrios más seguros y con más vivienda en propiedad, hijos que hablan mejor inglés y tienen menor probabilidad de tener discapacidades. Las familias realmente pobres prácticamente nunca participan, mientras que aquellas con recursos se inscriben casi sin falta. Es decir: cuando a los padres se les da la oportunidad de inscribir a sus hijos (potencialmente) en un colegio mejor, un porcentaje considerable decide no hacerlo – especialmente entre los más desfavorecidos.

La explicación es una combinación entre barreras a la entrada y decisiones perfectamente racionales. Para empezar, una magnet school puede estar lejos del domicilio familiar; es más, a menudo están bastante lejos. Una familia que no tenga coche (la marca de verdadera pobreza en casi todo Estados Unidos – sin coche no puedes hacer nada) puede tener a sus hijos en colegios a una hora de autobús o más de casa, algo no especialmente práctico. En familias monoparentales es a menudo más práctico tener a los dos hijos en el mismo centro que en dos escuelas distintas. Inmigrantes recientes pueden preferir colegios cercanos, para que el niño primero aprenda inglés. O simplemente redes sociales (desde amigos en el colegio hasta mujeres del barrio que se turnan para recoger a sus hijos) y simple desconfianza puede hacer que no quieran cambiar de colegio.

Las barreras a la entrada son más sutiles, pero tienen resultados parecidos. Para empezar Hartford no tiene una lotería, sino tres, y saber a cual(es) inscribirse es ya de por sí un proceso complicado. Las solicitudes son, por si solas, un auténtico galimatías, con una cantidad de papeleo considerable. Todo el proceso debe hacerse por internet, algo que no todas las familias tienen en casa, y cualquier inscripción necesita cumplir una serie de requisitos previos que a menudo acaban por complicar la participación, como la necesidad de tener una dirección postal permanente (las familias pobres se mudan mucho más a menudo que las ricas, por cierto). Esto hace que las familias con padres menos educados o menos recursos participen menos, y que sus solicitudes tengan una probabilidad mucho más alta de ser rechazadas, aumentado aún más la desigualdad.

Este escenario debería sugerirnos varias conclusiones. Primero, y más importante, cuando en una política pública ofrecemos la capacidad de escoger entre varios servicios, como en un programa de cheques escolares, la capacidad de tomar decisiones correctas no están distribuidas de manera uniforme. Los padres mejor educados y con más recursos pueden dedicar mucho más tiempo y energía a optimizar las decisiones educativas de sus hijos, mientras que las más pobres a menudo tienen que afrontar problemas menos obvios derivados de su falta de recursos, y están demasiado ocupadas para entender el sistema.

Dicho en otras palabras: dar a todos los padres la capacidad de escoger a qué colegio envían a sus hijos, sin más, puede acabar por aumentar las desigualdades educativas, no disminuirlas. Si el sistema de asignación es complicado, confuso o no incluye servicios adicionales para asegurarse que las familias que más lo necesitan realmente tienen capacidad de escoger y pueden hacerlo sin barreras ni limitaciones, lo único que haremos será poner a las clases medias en mejores colegios, y aumentar las desigualdades. Esto quiere decir, por cierto, una cantidad de gasto público adicional nada despreciable, ya que los servicios necesarios para dar una capacidad de elección real a todo el mundo no son precisamente escasos. Lo que debe quedar claro es que no es un programa fácil de implementar, si se quiere hacer de modo que disminuya las desigualdades y mejore los resultados escolares para todos los alumnos.

¿Cómo de difícil? Tanto que Suecia (¡Suecia!) ha intentado un sistema de cheques escolares, y le ha salido francamente mal. Nada que añadir.