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La segregación de la pobreza y sus efectos

8 Dic, 2014 - - @egocrata

Por aquí hemos hablado de Detroit y la caída de (algunas) grandes ciudades americanas alguna vez. Las desigualdades en Estados Unidos son a menudo geográficas, y lo son de forma casi fractal: el país es extraordinariamente desigual si comparamos estados entre sí (la renta por capita oscila entre los $37.807 en Connecticut y los $20.670 en Misisipí) como dentro de los estados (dentro de Connecticut, $100.824 en New Canaan, el municipio más rico, y $16.768 en Hartford, la capital y ciudad más pobre) como incluso dentro de las mismas áreas metropolitanas del país (un estudio tremendo de Brookings, aquí). Las diferencias son a menudo tan brutales que es complicado hacerse una idea sobre el aspecto que tiene esta clase de segmentación por nivel de renta, especialmente cuando uno no ha vivido en Estados Unidos. Cuando una ciudad aquí es pobre no es lo es como un barrio obrero de Madrid o Barcelona, el casco antiguo de una ciudad en horas bajas o los suburbios desvencijados de una ciudad francesa. Una ciudad americana realmente pobre pasa a ser un lugar abandonado, decrépito y sin vida, algo más parecido a un lugar post-apocalíptico que otra cosa.

El caso más famoso de estos abandonos urbanos radicales es sin duda Detroit, una ciudad que pasó de rozar los dos millones de habitantes a apenas 700.000 en pocas décadas. Aunque no es un caso único (St. Louis, Cleveland, Buffalo, Hartford y tantas otras tienen historias distintas) el caso de Detroit es especialmente salvaje, ya que la ciudad no sólo era increíblemente próspera, sino porque el área metropolitana de la ciudad no ha perdido población. Detroit ha vivido un abandono radical, completo de las clases medias (mayoritariamente blancas, pero también negras), convirtiéndola en un núcleo de pobreza concentrado en medio de una región todavía próspera.

Para visualizar el aspecto que una decadencia de estas características tiene, el NYT publicaba ayer un reportaje fantástico con fotografías de Detroit desde el aire, con imágenes tremendas sobre la desigualdad y el abandono, calle a calle, de una gran ciudad. Vale la pena echarle un vistazo, aunque sea como advertencia de lo que uno nunca debería hacer en política urbanística en ningún sitio. Adivinad, por ejemplo, dónde acaba Detroit y dónde empiezan los prósperos suburbios circundantes en esta fotografía:

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Para los despistados, las zonas vacías en la parte superior de la fotografía no son jardines, sino el resultado de demoler viviendas abandonadas. Es curioso, y algo que comentábamos por correo con una amigo por correo hace unos días, pero sin hay algún país occidental donde las diferencias de clase son prácticamente marxistas es en Estados Unidos. La segregación geográfica, las enormes diferencias en hábitos de consumo, ocio, renta, acceso a servicios, status social es a menudo descomunal, mucho mayor que en España. La consciencia de clase, sin embargo, realmente no aparece por ningún sitio, pero ese es realmente otro tema.

¿Cuál es el resultado de esta brutal segregación por niveles de ingresos y riqueza? Como era de esperar, múltiples y variados, pero el más preocupante, a mi parecer, es en términos de movilidad social. Ya hemos hablado (y lo seguiremos haciendo) de los efectos brutales que tiene la pobreza por sí sola en el desarrollo cognitivo de un niño (aquí, aquí, y aquí), en gran medida por el estrés familiar derivado de vivir en un hogar sin recursos. El efecto es aún más pronunciado si esta pobreza es vivida en barrios pobres, y no en barrios de clase media.

Este es un campo relativamente nuevo de investigación, en parte porque recoger datos sobre movilidad social es francamente complicado, pero varios estudios recientes dan señales claras sobre la magnitud de estos efectos. Chetty,Hendren, Kline y Saez publicaban no hace demasiado un estudio comparando la movilidad social por área metropolitana en Estados Unidos, llegando a la conclusión que el nivel de segregación económica dentro de una ciudad o región tiene un efecto adverso considerable sobre la movilidad social. Hablé de este artículo con más detalle hace unos meses, si queréis repasarlo.

Dos estudios a nivel más micro desarrollan esta idea con datos individuales, no agregados según región. Jonathan Rothwell, de Brookings Institution y Douglas Massey, de Princeton, analizan el efecto que tiene sobre los ingresos de un niño a lo largo de su vida el crecer en un barrio de clase media comparado con hacerlo en un barrio pobre estilo Detroit, controlando por el nivel de ingresos de sus padres. Los resultados son bastante increíbles: mudar una familiar desde un barrio en el 25% inferior de la distribución de renta a uno en el cuartil superior hace que sus hijos ganen, a lo largo de toda su vida, $635.000 más, sin ni siquiera ir a la universidad. Como comparación, el beneficio medio de ir a la universidad en Estados Unidos es un $1.100.000, así que prácticamente estás alcanzando ese retorno por el coste de una furgoneta y un fin de semana de acarrear trastos. Curiosamente, el efecto también se produce en dirección contraria, con niños de padres acomodados creciendo en barrios malos sufriendo caídas de ingresos comparables. El estudio completo está aquí, para más detalles.

Otro estudio, con datos aún más micro, es este Rodrigo Pinto, de Chicago. Pinto analiza los efectos del barrio en la movilidad social utilizando un experimento (casi) natural, el programa «Moving to Opportunity» de finales de los noventa. Este programa seleccionó 4.000 familias al azar de los barrios más pobres de cinco ciudades de Estados Unidos (Baltimore, Boston, Chicago, Los Ángeles y Nueva York) y los dividió en tres grupos. Uno, de control (30%), no recibía subvención alguna. El resto o bien podían utilizar un vale de vivienda para mudarse a un barrio con poca pobreza (40% de las familias) o para trasladarse donde quisieran, fuera rico o pobre (el resto). Los vales eran un incentivo, no una obligación; la mitad de las familias con vales para barrios de clase media no se mudaron, igual que un 40% de las que tenían libertad de maniobra. La mayoría de estudios sobre esta base de datos se han concentrado en discernir el efecto de las subvenciones en las decisiones de consumo (algo por otro lado comprensible, dado que la asignación de los vouchers  de section 8 es siempre tema de polémica en casi todos los estados y ciudades del país), pero Pinto concentra sus esfuerzos en una pregunta aún más interesante: ¿qué efectos tiene el barrio de residencia en las familias?

La metodología que utiliza para hacerlo es francamente complicada (confieso no entender las matemáticas en este artículo, la verdad; el modelo parece tener sentido, pero me supera), ya que debe controlar por el sesgo introducido por las decisiones de cada familia para trasladarse o no (por ejemplo, una familia con minusvalidos tiene una probabilidad menor de trasladarse, pero sus ingresos son mucho menos dependientes de dónde vive), pero los resultados son curiosos. En el año 2001, cuatro años después del final del programa, los ingresos medios de las familias que se trasladan de un barrio pobre a uno de clase media aumenta en más de $1.500, aproximadamente 12% adicional (si estoy entendiéndolo bien). Esto puede no parecer gran cosa, pero debemos tener en cuenta que este efecto es aislando completamente el «factor barrio». El hecho de poder generar aumentos casi automáticos de ingresos a una familiar sólo a base de dejarles trasladarse a una zona mejor es muy significativo.

Si estos estudios son ciertos (y la verdad, probablemente lo son), las implicaciones son dignas de consideración: la política de urbanismo y vivienda forma parte del estado de bienestar, pero no en el sentido de ayudar a los pobres a pagar el alquiler. Si queremos una política de vivienda progresista, socialmente responsable y realmente destinada a ayudar a los más desfavorecidos nuestro foco de atención no deben ser desahucios o hipotecas, sino trabajar que la pobreza no esté concentrada. El trabajo principal del concejal de urbanismo será evitar la aparición de bolsas de pobreza y la existencia de viviendas asequibles en todas las zonas, no sólo en el caso antiguo o barrios periféricos desfavorecidos. Queremos barrios mixtos, con edificios con pisos pequeños y asequibles cerca de torres de lujo y áticos forrados de mármol. Y, todo sea dicho, queremos que las áreas metropolitanas trabajen a nivel regional, evitando la progresiva tendencia (vista en Barcelona, por ejemplo) a tener un centro cada vez más rico que expulsa la pobreza a la periferia progresivamente, o suburbios que trabajan a veces con ahínco, a veces «por el bien del pueblo» para mantener «esa gente» fuera de su municipio (Tiana, Teia, San Cugat, Alella, etcétera).

Bajar el precio de la vivienda es bastante fácil fuera de burbujas inmobiliarias: construir más pisos pequeños. Lo complicado, y donde un gobernante de izquierdas debería prestar más atención, es evitar segregación económica entre barrios ricos y pobres, creando zonas deprimidas que ahogan la movilidad social.