Política

Democracia no es sólo votar

10 Oct, 2014 - - @egocrata

Si hay algo que me pone de los nervios del debate sobre la referensulta catalana es la insistencia en el argumento que en una democracia lo único que realmente importa es votar. Lo único importante, bajo esta línea argumental, es la voluntad popular, y todo lo que no sea consultar al pueblo lo que quiere es completamente inaceptable.

Es un argumento directo y en apariencia lógico, pero es peligrosamente simplista. Las votaciones y el gobierno de la mayoría son un componente clave de una democracia, pero no son suficientes para que esta sea válida o efectiva. Si queremos que las decisiones sean respetadas y aceptadas por todos los participantes, la democracia no puede ser sólo un ideal, sino también un procedimiento.

La democracia, en su versión más visceral, es la tiranía del número: la voluntad de la mayoría es quien decide qué es ley, y la minoría debe callar y aguantarse. Esto, obviamente, tiene varios peligros potenciales. Primero, y más evidente, una mayoría de la población puede decidir que una de sus minorías debe ser maltratada de un modo u otro. El Frente Nacional por la Supremacía Diestra puede convencer a los derechoescribientes que los zurdos no merecen tener el derecho a voto, por ejemplo. En casos históricos no demasiado antiguos, la mayoría blanca en una región puede aprobar leyes activamente discriminatorias contra la minoría negra.

Para evitar que esto suceda las constituciones modernas acostumbran a dejar un número substancial de temas fuera del alcance de la simple regla de la mayoría. Cosas como el derecho a voto, igualdad ante la ley, libertad de asociación y demás derechos fundamentales están protegidos bajos reglas de mayoría reforzada para evitar que una mayoría enfurecida penalice a los perdedores de unas elecciones hasta el punto de hacer imposible su participación política. Estas salvaguardas son claves para asegurarse que la democracia es un sistema viable a largo plazo, evitando que las minorías vean sus derechos vulnerados.

El segundo punto a tener en cuenta es la posibilidad que existan minorías permanentes. Dentro de una democracia puede haber un grupo social que tiene preferencias políticas que nunca tendrán suficiente apoyo como para ganar elecciones, hasta el punto de ver como sus ideas nunca serán viables. Los habitantes de una región, por ejemplo, pueden creer fervientemente que los zurdos son adoradores del diablo que deben ser forzados a escribir con la derecha, o pueden estar a favor de la poligamia debido a sus creencias religiosas. La simple votación democrática, en estos casos, es insuficiente para dar una respuesta satisfactoria a largo plazo, especialmente si alguna de las preferencias de la minoría son vistas como una vulneración de los derechos fundamentales por parte de la mayoría.

El debate actual en Estados Unidos sobre el matrimonio homosexual es fascinante en estos dos aspectos: muchos estados lo ilegalizaron en votación (algunos incluso vía enmienda constitucional) pero los tribunales federales han establecido que esta prohibición es inconstitucional y vulnera el derecho a la igualdad. Tenemos, por tanto, mayorías estatales, en ocasiones muy amplias, votando restringir derechos a minorías dentro de su territorio, pero que acaban perdiendo sin votación democrática alguna a favor de una mayoría nacional que acepta el matrimonio gay.

En Cataluña, en un orden de cosas distinto, estamos viendo un debate similar. Tenemos una minoría catalana que cree que la mayoría española está constantemente restringiendo y atacando sus derechos, y que se ve incapaz de ganar una mayoría suficiente como para revertir esta tendencia (1). La reacción de esa minoría es apelar a los resultados de la democracia dentro de su territorio, alegando que dentro de Cataluña hay una mayoría de ciudadanos que quieren dejar de seguir perdiendo. Por supuesto, esta apelación los derechos fundamentales de los catalanes que quieren independizarse se repetiría una vez hubiera secesión, con los perdedores en este caso queriendo ser españoles pero siendo minoría perpetua. El Tribunal Constitucional, en este caso, puede tumbar una ley aprobada por mayoría en Cataluña por el mismo motivo que el Supremo de los Estados Unidos ha derogado las prohibiciones al matrimonio homosexual:  los derechos  fundamentales de una minoría dentro de Cataluña estarían por encima de los derechos fundamentales de los catalanes como minoría.

El debate catalán no es sobre el derecho a decidir, ni sobre si el pueblo catalán es un sujeto soberano o no. El debate es sobre bajo qué circunstancias una minoría de perdedores perpetuos puede pedir a la mayoría que renuncie a aceptar lo que esta ha decidido de forma colectiva que es un derecho indiscutible fuera del debate político. En este caso, el debate versa sobre  el derecho a vivir en territorio español sin que nadie te mueva la frontera y te deje fuera. Algo válido, ya que una secesión haría que un montón de gente fueran extranjeros en su propia casa.

Dirimir qué derechos deben primar en este debate no es sencillo, y no es algo que pueda decidirse sólo a través de votaciones democráticas. El desacuerdo fundamental no es qué queremos hacer, sino qué derechos creemos que son demasiado importantes como para poder votarse. Que temas como el matrimonio homosexual, el aborto o el derecho a tener armas de fuego se haya acabado decidiendo mediante sentencias del Tribunal Supremo en Estados Unidos y no con una votación en el Congreso no es accidental. Los jueces son los encargados de interpretar la constitución, el texto que define precisamente qué temas consideramos demasiado importantes como para ser pasto de la regla de la mayoría. Que sea el Constitucional quien decida sobre este debate a corto plazo tiene sentido.

Si queremos solucionar el problema, sin embargo, una sentencia del constitucional no será suficiente. El núcleo de la discusión, repito, no es sobre quién tiene más votos, sino sobre qué derechos debemos proteger para que o bien una minoría no se vea como perdedora perpetua (lengua, cultura, educación) o para que una mayoría acceda a que la minoría se vaya. Esto no es una discusión sencilla, y no puede ser decidida ni por asomo en base de una pregunta en referéndum simple o compuesta con respuestas binarias. Es cosa de negociaciones, debates y discusiones largas y detalladas con actores defendiendo una multitud de puntos de vista, procedimientos claros y amplio consenso – es decir, una reforma constitucional negociada, pactada y después refrendada por los votantes buscando responder a este dilema.

La insistencia de los nacionalistas catalanes estos días de votar como sea, cuando sea y sin prestar la más mínima atención a las legítimas objeciones de quienes se oponen a la secesión parece democrática, pero ignora el hecho que una democracia sin derechos no es viable. La decisión de Rajoy de mantener inalterable el ordenamiento constitucional quizás suene como una defensa del estado de derecho, pero ignora también la legítima percepción de una minoría que cree que sus derechos no están siendo protegidos. Probablemente no veremos una negociación, reforma y referéndum a corto plazo, o al menos hasta que no cambie uno o ambos gobiernos. Seguiremos con este debate estéril, estúpido e irresoluble durante meses, sin que nadie pueda convencer a nadie.

Es hora de sentarse en la mesa y hablar, no queda otra.

(1) Dejemos de lado el hecho que el autogobierno ha ido expandiéndose mediante pactos con el centro durante las tres últimas décadas. Los catalanes no “pierden” de forma sistemática; el Estatut fue recortado por el constitucional, cierto, pero esto no es en absoluto anormal – los tribunales deciden a menudo sobre qué electorado tiene la última palabra en cada tema.