Economía

Descubrimientos, innovaciones e I+D

21 Jul, 2014 - - @egocrata

Hace ochenta años un piloto y mecánico español, Virgilio Leret, inventaba el motor de reacción en la cárcel. Leret, un tipo brillante, tuvo la mala suerte de hacer una pregunta impertinente tras la revolución de Asturias de 1934 que acabó por meterle entre rejas. El hombre llevaba dándole vueltas a la idea de utilizar una turbina para impulsar aviones desde hacía tiempo, así que aprovechó su forzada inactividad para presentar la patente. La guerra civil lo pilló de nuevo libre y en activo en la guarnición de Melilla; su unidad fue de las primeras en entrar en combate. Por desgracia para Leret, estaba en el bando equivocado, y acabó fusilado sin demasiada ceremonia.

Unos años antes Frank Whittle, un instructor de la RAF e ingeniero amateur andaba teorizando sobre un concepto similar. Whittle patentó su idea en 1930, ante la indiferencia del ministerio del aire británico. El tipo, sin embargo, era obviamente brillante, así que la RAF siguió utilizando su talento: fue piloto de pruebas durante varios años, enviado a estudiar ingeniería en Cambridge, y en general recibiendo todas las oportunidades que un piloto con talento podía tener. Las autoridades, sin embargo, seguían sin ver el potencial de su diseño. Convencido que su concepto era sólido abandonó la RAF y fundó una empresa, Power Jets Ltd., para continuar su trabajo. Tras flirtear con la bancarrota repetidamente, consiguieron construir un motor fiable y potente que finalmente convenció a la RAF de su potencial. El resultado, el Gloster Meteor, fue puesto en servicio muy tarde para tener una influencia decisiva en la guerra, pero el trabajo de Whittle fue decisivo tras la guerra: el Reino Unido, aún hoy, es uno de los países punteros en la fabricación de estos propulsores.

La historia de Whittle, sin embargo, no es ni única ni especial. En 1933 Hans von Ohain, un ingeniero alemán, también diseñó un motor a reacción dentro de sus trabajos de doctorado. Tras patentarlo en 1936 y tener algunas pifias sonadas con el primer prototipo en la universidad (imaginad la cara de los compañeros de departamento) su concepto atrajo la atención de los ingenieros de Heinkel, uno de los grandes fabricantes aeronáuticos alemanes de la época. Los jefes de la empresa seleccionaron a los mejores operarios de la fábrica, que procedieron a fabricar a mano un primer prototipo. Meses después, Ohain tenía un turborreactor semioperativo funcionando con hidrógeno, aunque las pruebas acabaron por confirmar que era mejor utilizar keroseno. Con todo el entusiasmo de un régimen militarista detrás, Heinkel tenía aviones a reacción en pruebas en 1939. Sólo la incompetencia ministerial y la errática política industrial del régimen nazi evitaron que los aviones a reacción alemanes tuvieran demasiado impacto en la guerra. Ohain, como tantos otros científicos alemanes, acabó en Estados Unidos, donde siguió trabajando en turbinas y otros inventos. 

Estas tres historias pueden parecer anecdóticas, pero tienen implicaciones interesantes. La desafortunada historia del Capitán Leret es un ejemplo (otro más), de grandes hombres e invenciones salidas de algún lugar más o menos desconocido de la historia de España que acaban en nada. Tenemos un largo historial de ingenieros brillantes y grandes explosiones creativas que empiezan en España y acaban siendo desarrolladas en otro sitio, desde submarinos a helicópteros, ordenadores y aparatos de control remoto. Industrias enteras aparecen y desaparecen en una década, como el el boom de los videojuegos de los años ochenta, donde a pesar de tener una buena docena de compañías llenas de talento nadie fue capaz de sobrevivir. El ratio de genios y gente con talento en España no parece ser anormalmente bajo; el problema es que cuando uno aparece, o se queda a medio camino o se acaba largando. En el caso de Leret  literalmente fusilamos el talento disponible, cosa que tiene mérito. ¿Por qué sucede esto?

La respuesta es sencilla de explicar, pero complicada de implementar, y se compone de dos elementos: instituciones y economías de red.

En las viñetas anteriores tanto Whittle como Ohain se encontraron con un apoyo institucional que a menudo falta a un potencial genio emprendedor español. En el caso británico, Whittle se encontró resistencia oficial, pero se benefició del excelente sistema de I+D de la RAF* para ganar experiencia y unos mercados financieros bien desarrollados para conseguir financiación. Ohain, por su lado, disfrutó de la excelente relación entre academia y empresa en Alemania en una época donde las universidades germanas eran las mejores del mundo. Las instituciones, en ambos casos, no son necesariamente frutos de la iniciativa pública, sino  una combinación entre sector público y privado. En el caso inglés, la City nace en no poca medida de un esfuerzo continuado de las autoridades por desarrollar y apoyar el sistema financiero, el auténtico motor del Imperio Británico, combinado con la inversión decidida de la RAF en capital humano. Ohain disfruta de universidades magníficas y unas empresas que viven de la calidad de sus ingenieros para poder desarrollar su idea.

Cuando hablamos de I+D es fácil confundir inversión en ciencia con invertir en instituciones. Crear laboratorios llenos de gente inteligente es fácil: es sólo cuestión de dinero. Lo complicado, y que se olvida a menudo, es la extraordinaria importancia que tiene de dar al potencial genio con grandes ideas un red de financiación, conexión con empresas, mano de obra cualificada, acceso a mercados y capacidad para crecer que necesita una vez tiene un prototipo. La intervención pública directa es mucho más importante creando este contexto que favorezca que las buenas ideas puedan prosperar que apostando por ideas quiméricas o empleando miles de científicos locos.**  Más que el gasto en cachivaches tecnológicos imposibles y la creación de trastos molones, lo que realmente distingue un sistema de I+D competente de uno mediocre es su capacidad por llevar a la práctica planes, sean grandes o pequeños.

Por añadido, no está de más recordar también que la inmensa mayoría de la innovación es increíblemente aburrida y bien poco gloriosa, consistente no en grandes inventos geniales sino en un lento, constante e inagotable desarrollo de ideas y procesos en apariencia triviales. El estado, de nuevo, no es demasiado hábil descubriendo que Inditex/Zara son un concepto revolucionario dentro de su sector. Lo que debe hacer un gobernante, en todo caso, es crear un contexto institucional donde Zara puede prosperar.

El segundo factor relevante es aún más complicado: economías de red. En los ejemplos anteriores Ohain está trabajando en un país lleno hasta la bandera de ingenieros, industrias de precisión y fabricantes de materiales y aleaciones de alto nivel. Cuando el tipo tiene una idea brillante al lado de casa hay un empresario que se dedica al tema, un montón de ingenieros con experiencia complementaria que pueden ayudarle a desarrollar su concepto y obreros ultracualificados para construir un reactor. Leret vivía en Melilla, donde todo lo anterior brilla por su ausencia.

Cuando se habla de tejido industrial y su importancia para la innovación estamos de hecho referiéndonos a esta clase de efectos de red. La concentración de actividad económica produce efectos beneficiosos más allá de su propia existencia; cuando alguien tiene una buena idea, es mucho más fácil encontrar los recursos, conocimientos, financiación y mano de obra para implementarla si hay otras industrias parecidas detrás. Es por modelizar esta idea (entre otras cosas) por la que le dieron a Krugman el Nobel. Es también el principal motivo por el cual las autoridades deben olvidarse de construir parques tecnológicos en los Monegros y concentrar sus inversiones allá donde tienen mayor probabilidad de prosperar, en las grandes ciudades.

Esto no quiere decir que las ciudades secundarias sean necesariamente pozos sin fondo en esto de la innovación y el desarrollo, por cierto. Simplemente, son lugares más improbables. Si quieren ser dinámicas y viables Murcia o Calatayud no deben dedicarse a construir centros de robótica, sino buscar en qué sectores tienen una base económica viable que expandir. Calatayud, de hecho, es un ejemplo curioso en este aspecto: aunque es un vino relativamente desconocido en España, en Estados Unidos es uno de los vinos españoles más fáciles de encontrar. Un 85% del vino de la región se destina a exportación; es barato y relativamente bueno, a menudo mejor que los Rioja de tercera que colocan por estos lares. Alguien por Aragón decidió probar hacer cosas nuevas en una industria donde tenían una base sólida, y les está funcionando.

Resumiendo: inventar cacharros es fácil. Llevarlos de la mesa de diseño a prototipo, y de prototipo a producción es difícil. La política de I+D de un país debe concentrarse en facilitar el segundo y tercer paso, no en rezar que aparezca el primero. A menudo lo mejor que puede hacer el gobierno es identificar qué hacemos bien, dejar que eso prospere, y salirse de en medio.

*: La RAF y su impresionante sistema de I+D dieron una auténtica explosión de creatividad y aparatos absolutamente fascinantes en la postguerra; durante una década, el Reino Unido tuvo la mejor industria aeronáutica del mundo, con diferencia. Debido a una serie de problemas institucionales (fragmentación, incompetencia, problemas fiscales, mala suerte) esta se extinguió a finales de los sesenta, para nunca volver. Aviones como el Lighting, Comet, Camberra, Javelin, Hawker Hunter, Bucaneer y Viscount, sin embargo, dejaron un legado impresionante.
**: Unica excepción en este punto es la investigación en Ciencias Sociales (especialmente politólogos), que molan mucho y son muy importantes, y la investigación básica, en plan principios de la física y descubrir el funcionamiento del cosmos. También, en algunos casos, proyectos de superciencia imposiblemente caros, potencialmente revolucionarios y fuera del alcance del sector privado, como enviar un tipo a la Luna (ayer hizo 45 años, por cierto) o construir reactores de fusión nuclear.