Economía

De expertos y libertades – Reseña de Bill Easterly

4 Jul, 2014 - - @octavio_medina

Para los que no lo conocen, Bill Easterly es quizá uno de los primeros contrarians de la economía del desarrollo, y más aún cuando se enzarza en peleas con su némesis, Jeffrey Sachs. Las diatribas y peleas entre ellos (Easterly el anti-ayuda para el desarrollo y Sachs el pro) son famosas en un mundillo académico donde los golpes bajos y los palos se suelen reservar al peer review de ensayos académicos. Más allá de sus rencillas, Easterly es un académico serio, con ideas excelentes, las cuales desarrolla en su último libro, The Tyranny of Experts (La Tiranía de los Expertos), en el que dispara contra los llamados expertos tecnócratas, consultores y demás central planners.

Gran parte de lo que Bill Easterly denuesta y combate se puede resumir en un tuit. En concreto, en uno publicado por Bill Gates hace casi dos años, alabando el legado del dictador etíope Meles Zenawi, y recalcando su liderazgo y contribución al crecimiento económico del país. Su diana principal es la hipocresía de los expertos que opinan que los derechos y libertades y las elecciones son incuestionables y vitales, siempre que estemos en el mundo occidental. Más allá de Europa, Estados Unidos, y el resto de derivados anglosajones como Australia o Nueva Zelanda, conceptos como el la democracia, la división de poderes, y la libertad de prensa son un complemento elegante para un país, pero apenas eso, un complemento.

Debajo de todo esto, cuenta Easterly, subyace un poso colonialista fruto del mundo que salió de Bretton Woods, una historia que quizá sea la sección más memorable del libro. Lejos de la visión idealista que a menudo pensamos imperó, las reglas de juego post-1945 fueron dignas sucesoras de la ética wilsoniana de la paz de Versalles: los pueblos tienen derecho a gobernarse a sí mismos, siempre que sean blancos y occidentales. Dada la economía política y el equilibrio de poderes de la época, esto no es nada sorprendente. Tras ganar una guerra en nombre de la democracia y las libertades, EEUU y el Reino Unido se encuentran en una situación un tanto incómoda, los unos con la segregación de la población afro, los otros con un imperio colonial en decadencia.

Esto motivó un quid pro quo, por el cual EEUU se decidía a no exigir el desmantelamiento del imperio británico, sino a preservarlo bajo la excusa de “contribuir al desarrollo de los pueblos más desaventajados”, como dice la carta de derechos de la ONU. La falta de progreso en la desegregación racial en EEUU se defendería por los mismos motivos, el progreso material como objetivo primordial. La idea quedó muy bien resumida en esta cita de 1941 del administrador colonial británico Lord Hailey: “no deberíamos darle a nuestra población nativa razones de quejarse de que, cuando pedían pan, les hemos ofrecido el voto.”

Detrás de todo esto está una peligrosa idea de la que a menudo hablamos aquí: el menosprecio de la política y el político, que se consideran un incómodo obstáculo para la implementación del bien común. A este selecto club pertenecen los flirteos de Tom Friedman con la autocracia china, y el mismo tuit de Bill Gates. Se trata de la premisa de que se puede hacer un bypass a las preferencias de los ciudadanos y a las instituciones (si existen) para la consecución de una agenda desarrollista y neutral, porque eso es lo prioritario. Antes hablábamos de hipocresía, pero también se trata de naiveté y arrogancia. Arrogancia, porque da por hecho que existe un bien común, el cual presuntamente nos ha sido revelado a través de nuestra condición de expertos. Y naiveté, por la premisa de que es posible separar la política del desarrollo, cuando en realidad las agendas asépticas y neutrales no existen.

La tristeza del libro es que, para todo capítulo bueno que tiene, tiene otro que sabe a poco. Si Easterly hubiera dejado el libro a la mitad, criticando a los tecnócratas obsesivos que se preocupan por las libertades propias pero experimentan con las del resto, este sería un libro excelente, tanto por el contenido como por la importancia de difundirlo. Por desgracia, el libro también acaba en barrizales un tanto incomprensibles, como la historia un tanto romántica sobre las hordas del emperador Barbarroja que saquean y destruyen las heroicas ciudades libres italianas, precursoras de la democracia moderna. Al insistir en la importancia de los valores democráticos en el largo plazo, Easterly se tira piedras a su propio tejado, desarmando lo que ha dicho hasta el momento, y abriendo justificaciones a la idea de que algunos países no tienen democracia aún “porque no están listos para ello», lo cual no hace más que dar la razón a los expertos. A pesar de ello, el libro es de recomendada lectura como introducción a las ideas del autor.