Unión Europea

Madina, Juncker y el pulso del Parlamento Europeo

3 Jul, 2014 - - @jorgegalindo

El candidato a la Secretaría General del PSOE Eduardo Madina ha venido insistiendo en los últimos días en su desacuerdo con que el PS europeo apoye la candidatura del conservador Jean-Claude Juncker a presidir la Comisión Europea. Hoy mismo acaba de decir que si él gana, “sus” Diputados no votarán por Juncker el próximo 16 de julio en el Parlamento Europeo. El argumento es, supongo, que ni él ni su grupo pueden apoyar más una política conservadora basada en la austeridad. La implicación estratégica es la de intentar alejarse al máximo de la imagen de que el PP y el PSOE “son lo mismo”, forman parte de un bloque idéntico, etcétera. Aunque no puedo sino comprender estos motivos, fundamentalmente de imagen, tampoco puedo pasar sin llamar la atención sobre la peligrosa y torticera senda que sigue esta forma de proceder. Para comprender por qué es necesario recapitular un poco.

Si Europa tiene un problema antes que todos los demás es de cariz político, y no económico. Estamos en una Unión a medio hacer, en la cual la política monetaria se lleva en Bruselas mientras que los asuntos fiscales y la mayoría de regulación con efectos económicos y de bienestar depende de los Estados miembros. Esto se ve reflejado en el hecho de que las decisiones importantes durante esta crisis las han venido tomando los representantes de cada país negociando entre ellos, mientras la Comisión no podía hacer mucho más que ejecutar lo ya decidido. Hemos visto negociación tras negociación, pacto tras pacto, rescate tras rescate cómo esta situación es considerablemente perjudicial para el futuro de la UE como proyecto político, y debería preocupar profundamente a todos aquellos que se definen como europeístas. En consonancia con esta preocupación, antes de los comicios del 25 de mayo los principales grupos y partidos europeos expresaron su compromiso con que el cabeza de la lista con mayoría pasase a ser Presidente de la Comisión Europea. El objetivo era dotar a este órgano de un liderazgo supranacional, homologable a un Ejecutivo elegido por el conjunto de los ciudadanos de la UE (al menos en cierta medida, porque el Consejo sigue disponiendo de mucho más poder en la mayoría de dimensiones políticas). Hasta qué punto tal movimiento lograría su cometido es algo discutible. De hecho, es algo que hemos discutido en esta misma casa. Pero la cuestión es que tal era el acuerdo, tal era la propuesta.

El domingo electoral arrojó los resultados que ya todos conocemos, dejando a los conservadores como grupo más numeroso en el Parlamento. La división de escaños es tal que una coalición en bloque de izquierdas se antoja imposible, aún contando con el apoyo de los liberales. Por la derecha los números tampoco dan, si asumimos que los populistas y euroescépticos no van a prestarse a dar un voto a favor de un candidato, por muy de su cuerda ideológica que sea, cuyo principal objetivo es fortalecer el aspecto de unidad política de Europa. Así las cosas, el grupo conservador depende de los socialdemócratas para llevar adelante lo que en principio se acordó: que el líder de la lista con más presencia en el PE vaya a presidir la CE. El cabeza de los SD, Martin Schulz, ya ha ofrecido públicamente su apoyo. En su día, el propio Tsipras afirmó que Juncker debía ser “el primero en intentar formar una mayoría” para ser el candidato del Parlamento a presidir el Ejecutivo. Lo ha hecho, y ha obtenido el esperado soporte del centro-izquierda. Éste no viene de gratis, claro está: existe una lógica demanda de contrapartidas en forma de políticas a desarrollar y puestos para poder desarrollarlas, como en cualquier coalición (formal o no) de Gobierno.

Cuando Eduardo Madina, o cualquier otro miembro del Partido Socialista, afirma que él “no votó” para que un conservador llegase a presidir la Comisión Europea con sus votos debe explicar antes que nada en qué alternativa está pensando. Un pacto de izquierdas en el Parlamento es aparentemente imposible. Los socialdemócratas no disponen de mayoría, así que tampoco pueden imponer a su candidato a los conservadores. La alternativa real es lo que Cameron y otros (por ejemplo, medios de comunicación anglosajones) han intentado en los últimos días: imponer a un candidato externo a la votación del 25 de mayo, aupado con el apoyo de una coalición mayoritaria de los Estados miembros en el Consejo. Algo que, finalmente, no le ha salido.

Si Madina tiene un candidato de perfil más cercano al centro-izquierda y no ajeno a la elección del 25 de mayo que proponer, estaría bien que lo propusiese desde ya, porque ayudaría mucho a sus compañeros en Bruselas. Si a Madina, o a otros, les preocupa que la mayoría de votantes españoles no entiendan bien los mecanismos de la política europea y por qué es importante que este Presidente de la Comisión surja de las elecciones y del Parlamento, quizás deberían hacer un mejor trabajo explicándolo a la ciudadanía, en lugar de asumir que los mensajes maniqueos son inamovibles. Si, por último, a Madina o a otros les quita el sueño el llegar a un acuerdo con los conservadores que se traduzca en un intercambio de puestos y un punto medio en el tipo de políticas a desarrollar, que no se preocupen: al fin y al cabo, esa es precisamente la definición de política parlamentaria. Las alternativas (una situación de bloqueo en la nominación del Presidente de la Comisión cuando la UE atraviesa su crisis política más profunda; un candidato manejado por los Estados miembros, más probablemente por los del norte de Europa, que tienen la sartén por el mango) son, en este caso, mucho peores. El trabajo de un político también es exponer las caras menos amables de la realidad a sus votantes en el corto plazo, y cuál es el auténtico resultado en el largo: que el Parlamento Europeo le gane el pulso al Consejo. Que Europa le gane el pulso a los Estados miembros.