Pasa cada día en la España de hoy, y también sucedía en la de ayer. Una empresa, normalmente pequeña, normalmente no demasiado bien organizada, lanza una oferta de trabajo para profesionales sin demasiada experiencia, jóvenes con titulación buscando abrirse paso por primera vez en el mercado laboral. El contrato probablemente será temporal, de formación o en prácticas, así que tal vez mejor si el candidato está estudiando. El objetivo es conseguir lo que podríamos llamar pipiolines: chavales con muchas ganas de trabajar, y con mucho miedo a perder el trabajo también, y pocos escrúpulos laborales. De ésos, hoy, tenemos muchos. El paro juvenil (menores de 25) está por encima del 50%. Incluso si ampliamos a menores de 30 y nos quedamos solo con quienes tienen titulación, nuestra tasa sigue doblando la media europea. Así que alguien acabará picando.

Este no es solo el pequeño drama de cada día para quienes intentan encontrar un trabajo decente en España. Es un problema estructural y político que supone probablemente el mayor y más destructivo cáncer para nuestro mercado laboral.

Es un problema político porque lo que ha posibilitado que los pipiolines puedan existir es la legislación laboral española. Decenas de tipos de contratos además del indefinido estándar que, en resumidas cuentas, sirven para contratar a bajo costo y con despido rebajado. Al final los becarios no acaban haciendo trabajo de becarios, ni los temporales están en tareas y proyectos de duración determinada. Al contrario: las empresas los mantienen como mano de obra barata en puestos potencialmente caros. El cebo, el incentivo que emplean para mantenerlos al filo y en vilo es la promesa de un contrato fijo. El santo grial de cualquier pipiolín: pasar a ser un pipiolo (antes de 2008, con hipoteca y coche a plazos). Esta tierra prometida tardará aún más en llegar en condiciones económicas tan inciertas como las actuales.

El problema es también estructural porque aunque el marco institucional de dualidad es condición necesaria para que los pipiolines crezcan como subclase laboral, probablemente no es condición suficiente. Hay otros países en Europa con una diferencia similar de seguridad entre contratación temporal e indefinida. Y no me refiero solo a Portugal o a Italia: Alemania o Suecia también han construido pequeños abismos de protección entre ambos tipos de trabajadores. Allí también hay pipiolines, por supuesto, pero no tantos como en nuestro país. Principalmente, porque en España es mucho más fácil sustituir a un chaval por otro si el primero no está dispuesto a trabajar en las condiciones ofrecidas. Nuestro desempleo estructural ha sido y es tan elevado que favorece el uso de trabajo como commodity. Reemplazar es demasiado sencillo. Hay más razones, claro: por un lado, tenemos un número casi infinito de empresas pequeñas y medianas que no parecen tener el menor interés en crecer, en ganar escala. Son estas organizaciones las que mantienen proporciones mayores de trabajadores «no estándar», frente a compañías más grandes que prefieren dotar de mayor estabililidad su plantilla. Además, en estas últimas la presencia sindical homogénea (cubriendo a la mayoría de empleados) es mucho más factible. Por otro lado la incertidumbre constante de nuestra economía hace que convertir contratos de temporales a fijos sea un riesgo que los empresarios solo están dispuestos a correr si saben a ciencia cierta que en unos meses o años no se arrepentirán de su decisión. Es por esto, probablemente, que la tasa de conversión aumentó significativamente durante los años de la burbuja. Entonces los pipiolines tenían unas expectativas razonables de convertirse en trabajadores indefinidos en un plazo no demasiado largo. Ahora eso es una quimera.

He aquí el cáncer, pues: la puerta de entrada al mercado laboral para una gran parte de nuestros trabajadores cualificados es una trampa. Una trampa en la que es difícil ser productivo y asociarse a largo plazo con un proyecto (una empresa) común. Esto pesará en la carrera posterior del pipiolín, retrasando su consolidación laboral y poniendo palos en las ruedas de su desarrollo profesional.

La medicina es tan sencilla de recetar como difícil de aplicar: para empezar tenemos que reducir los tipos de contrato, disminuyendo la brecha de protección entre ellos. Pero también hemos de actuar con decisión contra nuestro desempleo estructural, llevando adelante las reformas estructurales necesarias en el lado de la oferta e intentando conseguir estímulo fiscal y monetario a cambio de las mismas. Por último, debemos avanzar hacia un sistema de bienestar que garantice una red de seguridad idéntica a todos los trabajadores y una formación más apropiada a los retos actuales y futuros del mercado laboral. Si no, España seguirá siendo una fábrica de pipiolines.