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¿Sobre qué se debería debatir en las elecciones europeas?

2 Abr, 2014 - - @egocrata

A los politólogos, al hablar de sistemas de partidos y elecciones, nos gusta ver el mundo a partir de cleavages (o «clivajes«, en la traducción más desafortunadamente habitual). Dicho de forma sencilla, un cleavage es una división social que se ve reflejada como un tema de debate en el sistema político. La lucha de clases es la fractura «clásica» en estos conflictos, habitualmente reflejada en la existencia de partidos de derecha e izquierda. Otros cleavages más o menos comunes son campo-ciudad, Iglesia-estado secular o centro-periferia/nacionalismos. La lista varía de país a país y de un sistema de partidos a otro; Francia, por ejemplo, no tiene un conflicto centro/periferia claro, mientras este sigue presente en España.

En las elecciones europeas los partidos políticos del continente han decidido empezar a alinearse y aliarse entre ellos en familias ideológicas intentando, supongo, crear un sistema de partidos con cleavages a escala continental. Tenemos por un lado a los socialistas europeos, que ofrecen más abrazos, menos austeridad, más regulación de los mercados y avanzar hacia la Europa social, y por otro los conservadores europeos, que ofrecen un gobierno responsable, subsidiariedad, una voz más potente en el exterior y economía social de mercado. Los programas no son especialmente concretos en líneas generales; estamos hablando de coaliciones enormes, al fin y al cabo, así que acaban estando a favor de lo bueno y en contra de lo malo en muchos aspectos.

Aún así, sobre el papel los partidos europeos se definen siguiendo un eje relativamente clásico entre izquierda y derecha. La idea que tienen en mente es la de un sistema de partidos bastante tradicional, y la politización del conflicto sigue líneas familiares a los debates internos de cada país. Como señalaba Pablo no hace mucho, los votantes no parecen estar demasiado entusiasmados, y más que en la agenda europea parecen fijarse en los conflictos nacionales de siempre. Esto es en parte porque, la verdad, muy poca gente entiende el papel del Parlamento Europeo en  la configuración de los estados de bienestar y gasto público en Europa (pista: muy escaso), en parte porque las líneas de conflicto dentro de la Unión Europea no se articulan en el eje izquierda-derecha ni por asomo. Los cleavages principales son otros, y los partidos harían bien de hacerlos explícitos.

En la Unión Europea tenemos probablemente dos ejes de conflicto: por un lado, federalistas y euroescépticos, una división que es visible y explícita en algunos países (Reino Unido, Francia) pero no en otros (España no tiene un partido antieuropeo). Por otro, tenemos un cleavage centro-periferia bastante claro, con los países del norte acreedor desconfiando de sus colegas del sur y su amor por la deuda pública.

Estas divisiones no siempre siguen el eje derecha-izquierda, aunque a veces se solapan. Las izquierdas europeas tienden a ser algo más federalistas, siguiendo el viejo patrón americano de confiar en la capacidad de redistribución del ejecutivo central. La derecha insiste en la subsidiariedad, siguiendo el principio opuesto. Las izquierdas en el centro, sin embargo, comparten la desconfianza de sus colegas conservadores ante las tendencias de gasto del sur. El eterno temor alemán es que la UE cree un mecanismo federal para rescatar bancos, pagar prestaciones de desempleo o construir infraestructuras y sean ellos los que acaben pagando la factura. El federalismo «norteño», por tanto, siempre incluye un quid pro quo explícito en forma de cesión de recursos a cambio de ajustes controlados desde el centro. Los conservadores alemanes son más federalistas que muchos socialistas del sur en su voluntad de crear un ejecutivo europeo con capacidad de imponerse sobre los estados, a la vez que son  más reacios a la redistribución.

Si la UE fuera un sistema político consolidado y el debate europeo fuera dominante del mismo modo que lo es en Estados Unidos, probablemente veríamos cuatro partidos en liza: socialfederalistas (estado de bienestar europeo fuerte), socialnacionalistas (estados de bienestar separados, Comisión débil), federalconservadores (federalismo fuerte, con controles estrictos de gasto) y nacionalconservadores (menos gasto público, Comisión débil).  Una configuración así crearía varias coaliciones naturales en algunos temas, y unas líneas de debate claras sobre qué queremos que sea la UE realmente. De momento, esto no parece suceder.

¿Por qué? Se me ocurren tres motivos. El primero, los sistemas de partidos tienen una inercia extraordinaria en las democracias parlamentarias modernas. Las líneas de conflicto se difuminan y cambian, pero las estructuras sociales a menudo son muy persistentes. Si a eso le añadimos la capacidad de los partidos para adaptarse y cooptar nuevos elementos en sus agendas (léase: la izquierda comiéndose a los verdes en muchos países haciéndose ecologistas), a menudo es complicado romper el viejo orden.

Segundo, los partidos temen las divisiones internas como nada en este mundo, y hacen todo lo posible para limitar el debate sobre temas europeos. La experiencia de Thatcher y las traumáticas divisiones de los tories ante el tema europeo están muy presentes en muchos partidos; nadie quiere encontrarse con un Frente Nacional compitiendo a su derecha. Los líderes europeos no politizan la UE siguiendo las líneas de conflicto «naturales» para evitar que sus partidos se rompan siguiendo esas líneas.

Tercero, y probablemente más relevante, los votantes sencillamente no prestan suficiente atención a la UE para movilizarse o exigir una definición partidista clara siguiendo estos cleavages. Eso puede ser en parte porque los partidos activamente evitan hablar de ello, pero también porque hasta hace relativamente poco la capacidad real de las instituciones europeas para influir en el crecimiento económico de un estado miembro eran limitadas. Hasta la entrada en vigor del euro, la UE era relativamente importante, pero sus reformas casi siempre tenían muchos más ganadores que perdedores (excluyendo la PAC). Con la moneda única, la UE  tiene un peso enorme, pero el papel dominante del Consejo europeo y el Eurogrupo por un lado y lo complejo del sistema por otro han hecho que nadie le preste demasiada atención al Parlamento Europeo o la Comisión.

Dada la naturaleza incompleta de la polis europea, me temo que tardaremos muchos años en ver un sistema de partidos que se ajuste a la realidad del continente. El debate en las elecciones seguirá siendo, por tanto, esta especie de pantomima aburrida en clave nacional al menos a corto plazo.

Una lástima, porque un debate europeo serio sobre qué debería ser la UE sería realmente fascinante…