Economía & Política

El giro de Hollande, dilema repetido

27 Ene, 2014 - - @jorgegalindo

Cuando Hollande ganó las elecciones presidenciales francesas desatando la euforia entre quienes veían en él una esperanza blanca de la supuesta «izquierda verdadera», algunos nos mostramos cautos, augurando las decepciones que esto acabaría por causar. Entonces se nos tachó poco menos que de agoreros, pero ha acabado por suceder lo que preveíamos. El pistoletazo de salida lo ha dado, de alguna manera, Paul Krugman, antiguo economista y actual ‘vendedor de políticas’ (ya hablaré de esto más en detalle en otro momento). Hollande es un traidor a la causa, un malvado neoliberal, que no es capaz de poner en cuestión la unión monetaria europea, la austeridad, los recortes. En una palabra: la «ortodoxia».

Hace más de dos décadas, François Mitterrand llegó al Elíseo con un amplio mandato (y los comunistas como invitados de excepción), dispuesto a hacer de Francia una república socialista. O al menos así lo querían ver muchos. Las primeras medidas económicas del nuevo gobierno se centraron en masivas nacionalizaciones y otras por el estilo. Ni dos años tardó el Presidente en tener que dar un giro de 180 grados a su política porque ni la inflación ni el desempleo bajaban lo más mínimo, y las devaluaciones del franco se convirtieron en algo habitual pero insuficiente.

Fue también por aquel entonces que González lideraba en España el primer gobierno de izquierdas en casi cinco décadas. En este caso, las privatizaciones (más bien las liquidaciones lentas y agónicas de industrias de propiedad pública) y las liberalizaciones (parciales, generando dualidad) del mercado laboral tampoco se demorarían ni dos años en llegar. Al oeste de la Península, desde 1974 la Revolución de los Claveles llevó a la política lusa muy a la izquierda. Antes de 1979 pocos se atrevían a declararse como no socialistas en la confrontación partidista de Portugal. Una nacionalización masiva (consolidada con mandato constitucional, por cierto, que tuvieron que reformar una década y media más tarde) y amplias concesiones a los trabajadores fueron la tónica habitual allá, hasta que en la primera década de los ochenta el nuevo gobierno de centro-derecha cambió el rumbo. Algo más allá, en el mismo Mediterráneo, el PASOK gobernó Grecia en los ochenta con un primer intento de mezclar socialismo y clientelismo del que tuvo que arrepentirse y echar marcha atrás hacia mediados de década. El socialismo quedó olvidado; no así, por cierto, el clientelismo.

El dilema que ha enfrentado Hollande no es tan nuevo como pudiese parecer, pues, o como Krugman y otros quieren hacer ver. Tras los shocks de oferta de los setenta, estos y otros países se enfrentaron a una simple, pero dura, decisión: si deseaban hacer políticas donde el mercado no tenía espacio tendrían que asumir el precio del aislamiento y el proteccionismo. Podían jugar a proteger las industrias nacionales todo lo que quisieran escogiendo entre un amplio menú de políticas predistributivas fuertes (tasas a la importación, nacionalizaciones, banca pública, fuerte regulación del mercado laboral), utilizando las devaluaciones de divisa a placer. Pero el coste iba a ser una inflación y un desempleo difíciles de controlar, y a medio y largo plazo, el aislamiento económico y político. En diferente grado, todos los gobiernos escogieron el camino que, en realidad, parecía tener más sentido.

Si se lee con detenimiento, la posición de crítica anti-neoliberal a Hollande fuerza a elegir la otra vía: recuperar la soberanía monetaria, emplear las devaluaciones como estímulo de la economía, rechazar la austeridad, y, en definitiva, tratar esta crisis como si fuese un problema donde las rigideces en el lado de la oferta no tienen nada que ver. Resulta particularmente irónico que uno de los intelectuales que más han hecho por la apertura de la economía mundial y del comercio internacional, Paul Krugman, proponga una ruta cuyas últimas consecuencias serían probablemente un mayor proteccionismo y una pérdida de independencia de la política monetaria.

¿Quiere decir todo esto que la única opción posible es la escogida por Hollande? ¿Que solo se puede confiar en los recortes, las rebajas de impuestos y la desregulación para salir del hoyo en que nos encontramos? No, ni mucho menos. Quiere decir que efectivamente necesitamos revisar nuestras políticas regulatorias para garantizar igualdad de oportunidades en el acceso al mercado, que también necesitamos controlar el gasto público y mejorar la sostenibilidad de nuestras finanzas, y que una reforma fiscal no nos vendría nada mal. Pero, por un lado, una actitud distinta por parte del Banco Central Europeo sería perfectamente considerable (aunque políticamente difícil). Y, por otro, dentro de las necesidades enunciadas caben políticas netamente socialdemócratas que no se están explorando lo suficiente, menos aún en los países del centro y sur de Europa.

Plantear la dicotomía izquierda-derecha en Europa como una lucha entre austeridad y anti-austeridad, soberanía monetaria y dominación pretendidamente alemana del BCE, proteccionismo y apertura, es  falaz y nocivo a no ser que estemos dispuestos a asumir los costes (nada previsibles, pero probablemente muy poco equitativos) de una vuelta al pasado. Esta parece ser la línea de argumentación esgrimida por algunas instancias de la izquierda española, que últimamente se apresura a formar partidos con discursos que no son precisamente nuevos.

Esta misma izquierda necesita cambiar el eje del debate: lo que importa es cómo y a quién distribuimos los costes y los beneficios provenientes de los ciclos económicos en los cuales nos embarcamos todos juntos, y de qué manera conseguimos un equilibrio justo entre las ganancias y pérdidas agregadas y el reparto de las mismas. Es posible conseguir un equilibrio presupuestario razonable y ajustado al ciclo económico y al mismo tiempo tener una política monetaria algo más expansiva que la actual, una mayor y mejor redistribución cambiando en qué y cómo gastamos el dinero de los impuestos (ya sabéis: más guarderías, más educación técnica, universidades no endogámicas, etcétera), y hacer al mismo tiempo reformas en la regulación de nuestros mercados, comenzando por el laboral, que impliquen una mayor igualdad de oportunidades. No hace falta acabar con Europa para ello. Tampoco hace falta dejar de lado la austeridad. Pero sí requiere una mayor valentía política de la que tanto Hollande como sus críticos parecen disponer.