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¿La práctica hace al maestro?

22 Ene, 2014 - - @politikon_es

Llevamos varias semanas a vueltas con el conflicto de la ampliación del Canal de Panamá (último capítulo del culebrón aquí). Por resumir, el consorcio ganador de la adjudicación de la obra, liderado por la española SACYR, le ha dicho a la Autoridad del Canal que no puede hacer la obra por el dinero estipulado en el contrato y que va a haber un sobrecoste de 1200 millones. Ahora las partes están en conflicto para decidir a quién le corresponde pagar el sobrecoste, si la obra se paraliza, si se retrasa… También hemos disfrutado de las declaraciones del Presidente panameño y de la Ministra de Fomento española (¡que viajó a Panamá y todo!), y parece ser que hasta la Unión Europea actuará como mediadora.

Vaya por delante que no tengo la menor idea sobre asuntos de ingeniería, así que este post no lo voy a dedicar a discutir si el sobrecoste que plantea SACYR está justificado o no. Lo que haré simplemente será apuntar un efecto negativo más del hábito de las “concesiones a dedo” que se ha vivido en nuestro país y que tiene que ver con la curva de aprendizaje de las empresas.

En su excelente entrada publicada en Nada es Gratis, Juan José Ganuza nos daba evidencia de la generalización de la práctica de los sobrecostes en España, en lo que a obra pública se refiere. Por un lado, en un artículo de su tesis doctoral, Ganuza determinó que el 77% de las obras públicas llevadas a cabo por el Ministerio de Fomento en 1994 tuvieron sobrecostes. Por otro, resalta que Inmaculada Rodríguez Piñeiro (Secretaria General de Infraestructuras del Ministerio de Fomento 2009-2011) declaró en el año 2011 que “el 98% de los contratos firmados por la Administración Central desde 1996 han sufrido modificaciones”.

Son números que nos deben preocupar. Las obras públicas tienen unas características muy particulares, que hacen que el “learning-by-doing” o la curva de aprendizaje sean elementos clave para el precio de las obras futuras. Vamos a utilizar un símil culinario para explicar la curva de aprendizaje. Supongamos que queremos hacer una tortilla de patatas por primera vez, y que nuestro talento natural para cocinar es más bien escaso. Probablemente nos saldrá una tortilla penosa y habremos tardado mucho en hacerla: se nos habrá quemado la cebolla, habremos pelado las patatas torpemente, nos habremos pasado con la sal y el proceso de darle la vuelta habrá sido un rotundo fracaso. Pero como dicen, la práctica hace al maestro: en sucesivos intentos mediremos mejor el tiempo que hay que dejar la cebolla en el fuego, pelaremos las patatas mejor y más deprisa, echaremos la sal al gusto y le daremos la vuelta con arte y sin derramar nada fuera de la sartén.

En las obras públicas pasa algo parecido: es posible que la primera vez que una empresa hace una ampliación de una línea de metro se encuentre con características del terreno que desconocía y eso haga que el presupuesto se incremente, pero si la siguiente ampliación es en un territorio de características similares, la empresa ya sabrá cómo enfrentarse al problema de la mejor manera y cuánto le va a costar. En términos técnicos, la curva de aprendizaje implica que el coste unitario decrece con la producción agregada.

¿Cuáles son los efectos en el medio plazo de adjudicar una obra “a dedo”, en lugar de al contratista más eficiente? Supongamos que una empresa gana una obra licitando temerariamente a la baja¹. Debido a la diferencia en el poder de negociación entre contratista y Administración una vez que la obra está empezada y surgen los sobrecostes (que hacen que la alternativa elegida ya no sea la más barata), la Administración tendrá que pagar al menos una parte de éste, porque la opción de que otra empresa continúe con la obra es aún más costosa. Por tanto, tenemos un coste inmediato para las arcas públicas. Pero también tenemos un coste futuro: esta empresa habrá aprendido a hacer la obra mejor y por tanto reducirá sus costes para la próxima. Pero si la empresa más eficiente hubiera tenido acceso a este proceso de aprendizaje mediante la concesión de la obra, la rebaja en precios habría sido aún mayor en obras posteriores porque la empresa más eficiente ya partía de un presupuesto inicial menor. Así, tenemos lo que pagamos ahora y el ahorro que dejamos de tener mañana.

Por este motivo, no puedo evitar mostrar escepticismo cuando oigo a los altos cargos públicos pavonearse de que las empresas españolas consiguen contratos de obra pública en el extranjero a la vez que afirman que son las mejores y las que más experiencia acumulan. Señores altos cargos: la experiencia acumulada en entornos poco transparentes no nos hace tan buenos como ustedes creen para competir en el entorno internacional. Ah, y las noticias de los sobrecostes corren como la pólvora, así que les informo de que ahora mismo la fiabilidad de la “Marca España” está más que en entredicho.

 

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¹: Este supuesto, visto lo visto, no es nada descabellado.