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La imposible unidad de acción de la clase obrera

10 Ene, 2014 - - @egocrata

Toño Fraguas escribía ayer sobre el dilema del trabajador precario. ¿Qué es preferible en tiempos de crisis, aceptar un empleo con salarios bajos y malas condiciones laborales o rebelarse contra las malas ofertas y rechazarlo? Para Fraguas, la respuesta es cuestión de dignidad y solidaridad colectiva: no podemos aceptar trabajar en condiciones humillantes; es hora de la unidad de acción rechazando estas imposiciones.

Para evitar que un trabajador ceda al miedo o al chantaje y tome la decisión personal de reventar una huelga o de aceptar unas condiciones laborales peores (comportamientos ambos que tanto benefician a los explotadores y que, a la larga, acaban volviéndose contra todos los trabajadores, también contra los que ceden) es imprescindible un tejido ciudadano fuerte y cohesionado. Contrariamente a lo que creen la patronal y el PP, “cualquier fórmula” (de explotación laboral) no es mejor que el paro.

Existe una estrategia del sindicalismo clásico llamada caja de resistencia. Es una medida colectiva basada en la solidaridad y el apoyo mutuo: consiste simplemente en que los trabajadores ponen algo de dinero en un fondo común para ayudar a otros compañeros en dificultades por haber secundado una huelga o realizado cualquier otra acción sindical. Pero no se trata sólo de dinero, sino de cooperación y apoyo. De hecho necesitamos más que nunca una caja de resistencia ética, de valores: un fondo común de principios en los que todo trabajador pueda reconocerse. La unidad es, y siempre será, la clave de las conquistas sociales, por eso la unidad debería ser la prioridad de los partidos y movimientos de izquierda. Por eso la unidad es lo primero que atacan los explotadores, aplicando mediante amenazas, premios, sobornos o chantajes el famoso divide y vencerás. Y contra el tópico del divide y vencerás cabe anteponer otro igual de válido: la unidad hace la fuerza.

Con perdón, pero esta postura es errónea, tanto desde un punto de vista individual como colectivo.

Desde el punto de vista individual, es algo muy sencillo: a la hora de contratar nuevos empleados, las empresas prefieren a gente ya empleada o que lleva poco tiempo sin trabajo que a parados de larga duración. Preguntad en cualquier departamento de recursos humanos; no lo hacen por capricho. Cuando una persona no está trabajando sus habilidades y cualificaciones profesionales se deterioran. Uno se olvida de cómo hacer cosas extrañas con Excel, pierde práctica manejando un torno, es más torpe con las herramientas o sencillamente está menos cómodo recibiendo órdenes y trabajando en equipo. El paro de larga duración no es sólo una tragedia para aquellos que lo sufren, sino que es un problema para la economía al destruir capital humano. Para el trabajador medio, es infinitamente mejor estar en un trabajo de mierda que estar en el paro si quiere tener buenas expectativas laborales a largo plazo.

Desde el punto de vista colectivo, una rebelión contra el trabajo precario puede sonar como algo estupendo, pero no hará nada por incrementar el poder de negociación de los trabajadores. En una economía con una tasa de paro normal (6-7%), un empresario sabe que si pide sacrificios a sus trabajadores, estos pueden buscar otro trabajo e irse. Hay miles de empresas ahí fuera buscando mano de obra. En una situación así, con empleados seguros de poder encontrar otro trabajo si no están a gusto, es infinitamente más sencillo para estos reclamar mejores condiciones.

El mercado laboral español es la antítesis de esta capacidad de negociación. Por un lado tenemos los trabajadores con empleo fijo y contratos indefinidos, protegidos con indemnizaciones de despido. Por otro tenemos a parados y precarios, fuera de esta protección. En este mercado, los insiders pueden resistir cambios, escudados en sus protecciones legales.  Si una empresa no tiene recursos, sin embargo, el ajuste sigue siendo necesario. Dada la asimetría de poder negociador entre unos y otros, el hachazo va a caer íntegramente en los outsiders. 

La unidad de acción es muy bonita, pero sólo es factible bajo dos supuestos. El primero, la amenaza creíble de irse; sin pleno empleo, los trabajadores siempre parten en desventaja. El segundo, la unidad debe partir de la igualdad de condiciones de partida. En el contexto español, cuando se habla de resistir y no aceptar recortes, el resultado no es que los trabajadores recuperan la dignidad y mantienen el poder adquisitivo, sino que el coste de la crisis acaba recayendo en los de siempre. Este ajuste asimétrico, además, crea inevitablemente unas tasas de paro extravagantes que dan a los empresarios una capacidad de presión casi ilimitada entre los supervivientes; la probabilidad de encontrar otro trabajo en un mercado segmentado es infinitamente menor.

La historia de esta crisis en España ha sido a menudo una lucha por proteger sus puestos de trabajo a cambio de sacrificar a aquellos que no habían entrado en el mercado laboral protegido antes de la recesión. La retórica de ni un paso atrás, nada de ajustes y todos a una a costa de excluir sistemáticamente un tercio de la población activa.

Jorge Galindo hablaba en diciembre sobre la endémica división de la clase obrera en España. Toño Fraguas habla de la acción colectiva y la solidaridad entre trabajadores, y lo hace por buenos motivos. Queremos mejores condiciones y un mejor reparto de la riqueza. Antes de poder hablar de estas cosas, sin embargo, debemos eliminar las divisiones legales dentro de la clase obrera.

Aquí es donde tenemos el problema: eliminar estas divisiones genera necesariamente ganadores y perdedores. El un mercado dual los costes de la crisis económica se ceban en los outsiders, el «precariado».  Queremos que todos los trabajadores negocien de forma unitaria, colocándoles en posición de fuerza. Para hacerlo posible, todos deben estar en las mismas condiciones de partida, y eso quiere decir que los insiders no podrán desviar el coste del ajuste a los precarios. Aunque la situación para los trabajadores en agregado vaya a mejorar a medio plazo tras eliminar la dualidad (la clase obrera estará menos divida), los insiders es posible que se queden igual o incluso pierdan un poco a corto plazo. Siendo como son mayoría en el electorado, convencerlos del cambio es como mínimo complicado.

La paradoja de la clase obrera en España parte de este problema: la dualidad del mercado laboral hace que la mayoría de los trabajadores sean increíblemente reacios a la unidad de acción. Si la izquierda se tomase en serio el poder de negociación de los asalariados, su primer objetivo debería ser romper un mercado laboral que da a los insiders todos los incentivos del mundo para dejar un tercio del país en la cuneta. Hasta que eso no suceda, en España tendremos una economía donde los trabajadores se enfrentan unos a otros, y los empresarios explotan estas peleas para ganar la guerra.