Hispania.

De preguntas y referéndums

13 Dic, 2013 - - @egocrata

Vaya por delante, nunca me han gustado demasiado los referéndums. No soy la clase de persona que está cómoda con síes y noes tajantes; cuando alguien me pregunta algo, mi instinto es siempre incluir la palabra “depende” en cualquier contestación. Un referéndum, por definición, es una pregunta que incluye respuestas cerradas, absolutas y restrictivas, sin matices. Cuando digo que confío en la democracia representativa es porque creo en votar programas e idearios políticos y gente que puede defenderlos y negociar sobre ellos, no dicotomías sin capacidad de maniobra.

Dicho esto, supongo que es hora de hablar sobre La Pregunta, o más en concreto, sobre las dos preguntas del referéndum que algunos partidos catalanes quieren plantear a los votantes: “¿Quiere usted que Cataluña sea un Estado?” y “¿Quiere que sea un Estado independiente?”. Muchos nacionalistas andaban todo excitados por la simplicidad de las preguntas, y pidiendo que dejaran votar a los catalanes para dejar las cosas claras.

La verdad, no veo la simplicidad por ningún sitio, básicamente porque es muy fácil que acabemos con un resultado incomprensible. Primero, imaginad el escenario de confusión más obvio: gana el sí en la primera pregunta, los catalanes quieren un estado, pero sale no en la segunda, no quieren uno independiente. No hay una mayoría para una secesión, pero ¿qué narices es un estado dependiente? ¿Están los catalanes por ser una estado federado, como Connecticut o Baviera? A efectos prácticos Cataluña tiene mayor autonomía política y presupuestaria que Baviera, y una balanza fiscal más favorable que Connecticut (Washington ens roba!).  Ambos son estados “no independientes”. Quizás queremos ser un estado libre asociado como Puerto Rico,  que tiene el “privilegio” de pagar impuestos federales pero no tiene representación con derecho a voto en Washington. Es bonito ser una colonia. Quizás nos apetece ser un estado alemán más, o quizás estamos votando a favor de ser el quinto estado de la materia (gas, líquido, sólido, plasma y ¡Catalunya!). A saber. Una Comunidad Autónoma, en muchos sentidos, tiene más poderes y atribuciones que muchos estados dentro de una federación, así que la pregunta no transmite información alguna.

El segundo escenario sería un poco más surrealista, pero es igualmente posible. Supongamos que un 60% de los catalanes votan “sí” a ambas preguntas. ¿Cual es el resultado? De hecho tenemos un 40% de los votantes diciendo que no quiere ser un estado, un 24% diciendo que quieren ser un estado dependiente, y un 36% diciendo que quieres ser un estado independiente. Incluso con una victoria más holgada de los síes 70/30 nos quedaría un electorado dividido en un 30% que no quieren estado, un 21% que quieren ser un estado dependiente y un 49% que quieren ser un estado independiente. Lo comentaba mi amigo Miquel Gallardo en Facebook ayer, y tiene toda la razón del mundo: un referéndum a dos rondas, casi con toda seguridad, dará un un resultado indefinido sin ganadores ni perdedores claros. Incluso antes de meterse a discutir sobre participación, censos y demás detalles técnicos importantes, la consulta así planteada daría un resultado estúpido.

Cosa que me lleva al siguiente punto, los detalles. La participación, por ejemplo, es importante, igual que cómo definimos el electorado. ¿Qué porcentaje de los votantes tiene que pronunciarse a favor? ¿Es consultivo o vinculante? ¿Vota el censo de las elecciones municipales o el de las autonómicas? ¿Tiene el referéndum que ganar en todos los territorios? ¿Qué sucede si la provincia de Barcelona, o un grupo de comarcas del área metropolitana, votan en contra? ¿Qué margen de victoria es necesario para ser considerado decisivo? ¿Es una votación a una vuelta o los unionistas pueden pedir un referéndum de re-integración en una fecha posterior? ¿Tienen los territorios dentro de Cataluña derecho de autodeterminación (Barcelona ens roba)?  Son preguntas sin respuestas obvias, y con efectos directos sobre el resultado. Si los partidos promotores de la consulta quieren ser respetados, deben establecer claramente las reglas del juego, y estas reglas no son en absoluto triviales.  Si se quiere organizar un referéndum, no basta con decidir qué vamos a preguntar, y menos hacerlo sin hablar con nadie.

La unilateralidad del proceso es también problemática. Como señala José Juan Toharia, la formulación de las preguntas no es irrelevante. Si los secesionistas quieren que el resultado del referéndum pueda ser potencialmente aceptable para los unionistas en caso de perder la consulta, deben al menos intentar que estos acepten las reglas del juego. Sé de sobras que el gobierno de Rajoy está completamente cerrado al diálogo e intentar que acepten nada es perder el tiempo. Las dos preguntas elegidas, sin embargo, son cualquier cosa menos claras, y están formuladas para favorecer al sí, sin desarrollar en absoluto escenarios alternativos. Plantear un referéndum en unos términos que pudieran ser remotamente aceptables para alguien en el PP es casi imposible, pero uno con pretensión de cierta imparcialidad seguramente tendría más opciones que un trolleo tan obvio.

Cosa que me lleva al último punto, si acabaremos viendo un referéndum. La respuesta, en este caso, es simple: no, no lo veremos. Mariano Rajoy es Presidente del Gobierno, y nunca ha visto un problema que no valga la pena aplazar. El hombre anda diciendo que la consulta es inconstitucional, por mucho que tanto el artículo 149.1 (el estado puede autorizar referéndums consultivos) como el 150.2 (transferencia de competencias estatales) le permiten autorizarlo, y haya antecedentes. Artur Mas ha dicho varias veces que no iba a celebrar una consulta si no está autorizada legalmente, y no lo va a estar. Si cumple lo que dice, nos pasaremos el 2014 con media CiU rasgándose las vestiduras quejándose de falta de diálogo, la otra mitad pidiendo negociar. Acabado el año, Mas montará unas elecciones plebiscitarias donde se inmolará electoralmente, dándole la Generalitat a ERC. Rajoy tendrá entonces el mismo problema pero con un interlocutor mucho más inflexible, la sociedad catalana más polarizada, y una probabilidad mucho mayor de acabar en desastre. A lo mejor el tipo tiene suerte y los catalanes súbitamente se aburren del independentismo y deciden abrazar la lucha de clases, pero me sorprendería. Pero este es el tipo que tenemos en el gobierno central.

La verdad, es una pregunta absurda para una situación absurda. Los independentistas siguen pretendiendo que la secesión no tiene riesgos ni costes ni implica una pérdida de soberanía real en muchos sentidos, y los unionistas siguen tomándose el cabreo real y legítimo de un porcentaje en absoluto marginal del electorado catalán como un pataleta infantil que merece ser ignorada. Tenemos un bando soñando arcadias imaginarias y el amor universal de los estados europeos y el BCE a su decisión por volar uno de sus miembros por los aires, y otro incapaz de ver que no todo el mundo adora vivir en una nación con un 26% de paro y una clase política que da vergüenza ajena por mucho que la Constitución diga que es indivisible. Nadie tiene las más mínimas ganas de solucionar el problema, y nadie en la oposición está dando una alternativa remotamente sensata a este desaguisado.

Bueno, casi nadie. Aunque cuando Izquierda Unida es la voz más cuerda en un debate, algo estamos haciendo mal.

En fin.

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Nota final: como todo artículo sobre Cataluña y catalanes, la moderación de comentarios será implacable con la estupidez y las vulneraciones de la ley de Godwin, y se borrarán comentarios con alegría y ferocidad si el debate empieza a irritarme lo más mínimo. Y no, no es censura; si queréis un espacio propio para insultar al personal, blogger es gratis y está aquí al lado. Mi postura sobre la idoneidad de un referéndum la podéis leer aquí;  mi opinión no ha cambiado desde entonces. El proceso escocés es un buen modelo intermedio. Recuerdo también que soy catalán, hablo catalán en casa, vivo en Estados Unidos y no soy independentista. De nada.