Economía & Política

Países, tamaños y soberanía

29 Oct, 2013 - - @egocrata

Si hay algo que deberíamos haber aprendido de la Gran Recesión es que el tamaño del estado importa. Comparando las reacciones a la crisis y sus efectos en Estados Unidos, Unión Europea y sus estados miembros podemos ver como situaciones iniciales parecidas han dado resultados completamente distintos. A su vez, podemos ver como en los lugares donde se ha evitado lo peor de la crisis el cóctel de políticas públicas pre y post recesión tenía características bastante peculiares según la capacidad financiera de los estados implicados.

Podemos empezar comparando Estados Unidos y la Unión Europea, y su reacción inicial a la crisis. Aunque el epicentro del pánico financiero fue en Estados Unidos,  la economía americana se ha recuperado bastante más rápido. El PIB por cápita de la eurozona, en agregado, apenas supera hoy los niveles del 2007; Estados Unidos estaba ya por encima de niveles pre-recesión el 2010, y la economía, aún con cierta pereza, ha seguido creciendo.

La gran diferencia entre ambos bloques económicos se resume en dos palabras: TARP y Ben Bernanke. En el 2008, Henry Paulson y el gobierno federal americano descubrieron con horror que una parte nada trivial del sistema financiero americano era completamente insolvente, aunque nadie parecía saber realmente cuál. Los mercados financieros tuvieron un ataque de pánico, el flujo de crédito en la economía se congeló, los bancos empezaron a quedarse sin liquidez, creando un riesgo real de quiebras en cadena. Ante el desastre inminente, el gobierno federal americano reaccionó a lo bestia, sin medias tintas: un rescate financiero de 700.000 millones de dólares inyectando capital de forma forzosa a los bancos, y una reserva federal imprimiendo dinero a manos llenas a todo aquel que le pidiera financiación. Fue un proceso feo, a ratos chapucero y probablemente injusto, pero el sistema financiero fue revivido, saneado y purgado desde el primer momento, con el gobierno incluso ganando dinero tras el rescate.

¿Qué hizo la Eurozona, mientras tanto? Básicamente, verlas venir. El BCE tenía un mandato muy claro (ellos están ahí para controlar la inflación), y no tienen un ejecutivo europeo con el que coordinar sus intervenciones. Inyectaron liquidez cuando tocaba detener el pánico, pero se desentendieron de los bancos. Sin un banco central con poderes o ganas para intervenir, las entidades financieras de la eurozona miraron hacia los gobiernos nacionales. En el caso irlandés, los bancos eran más grandes que la capacidad del gobierno para rescatarlos, y se lo llevaron por delante. En el caso portugués o griego, el gobierno nacional era el insolvente, y se llevó los bancos por delante. En el caso español, el gobierno se pasó dos años negando la evidencia y un año fusionando cosas al azar antes de darse por vencido y pedir ayuda, incapaz de sostener el sistema por si mismo. En todos los casos una parte importante de los préstamos impagables del sector bancario estaban en manos de otras entidades de la eurozona. Los gobiernos, sin embargo, se resistieron lo indecible a ayudarse unos a los otros.  Aún hoy, seis años después del inicio de la crisis, seguimos sin haber limpiado el sector bancario.

Cuando las cosas van mal dadas y un estado se enfrenta a una crisis financiera, parece bastante obvio que tener un gobierno con potencia de fuego y moneda propia detrás ciertamente ayuda. Estados Unidos cometió muchos errores pre-crisis, pero la rápida reacción del gobierno federal minimizó los efectos del desastre. La eurozona se metió en la gran recesión con burbujas inmobiliarias mucho más localizadas (Irlanda, España) y crisis presupuestarias en la periferia de la unión (Grecia y Portugal), pero la ausencia de un gobierno federal decente hizo que los desequilibrios se eternizaran. En Estados Unidos los bancos quebrados por malos préstamos en Florida, California, Arizona o Nevada fueron rescatados con dinero de todos. La descomunal caída de la actividad en esos estados provocó caídas de la recaudación, pero pensiones, prestaciones de desempleo, sanidad y demás no sufrieron recortes; el dinero venía del gobierno federal.

Dentro de la eurozona, los estados han sobrevivido a la gran recesión cada uno a su manera. Irlanda, Grecia y Portugal se han comido un ajuste con todas las letras, con el resto de países de la eurozona poco más que retirándoles su carnet de soberanía mientras reformaban sus economías a cañonazos. España ha sido capaz (es un decir) de ser rescatado sin recibir demasiadas órdenes, pero ha tenido una recesión igual o peor.

Los países que han salido de la crisis sin tener demasiados problemas, sin embargo, tienen algo en común: se portaron bien antes de la crisis. Hablamos a menudo de la necesidad de tener gobiernos responsables y una gestión económica sensata; los países que han pasado por la gran recesión sin estrellarse, en general, habían hecho básicamente eso. Algunos lo hicieron casi sin querer (Bélgica, vamos), otros aprobando reformas a consciencia, entendiendo qué representaba el euro (Alemania), otros siguiendo años de disciplina fiscal y gasto público responsable (Suecia, Holanda, Dinamarca, Austria, etcétera).  Franceses e italianos, como de costumbre, se quedaron a medias, evitando un poco por casualidad, un poco gracias a no tener cajas de ahorros.

Lo curioso, en cierto modo, es que la «senda» para evitar la crisis parece ser más estrecha como más pequeño es el país. Francia o Italia han sido capaces de evitar lo peor con problemas comparables a Grecia o Portugal. Alemania aprobó reformas y tiene una disciplina fiscal admirable pero un sistema bancario aún bajo sospecha. Los países pequeños se ven forzados a ser aún más estrictos y virtuosos para evitar meterse en problemas.  Aunque dentro de esta senda segura los estados siguen teniendo un margen de maniobra considerable (estamos hablando de países a menudo con un estado de bienestar enorme), ser pequeño requiere una disciplina bastante mayor para evitar desastres mayores. Uno puede ser pequeño, independiente y vivir muy bien dentro de la eurozona, siempre que tus instituciones y gobernantes sean gente responsable. El margen de error es, sin embargo, bastante más pequeño que para tus vecinos de tamaño mediano.

Si miramos fuera de la eurozona, los estados se enfrentan a retos parecidos. Un país más grande tiene bastante más margen de error; si uno es una superpotencia, incluso la peor de las crisis financieras puede ser superada con pocos daños. Un país mediano tiene cierto margen de maniobra, especialmente si su banco central no es tímido y está dispuesto a actuar en una recesión (Reino Unido, Suiza). Un país pequeño tiene que necesariamente portarse bien para evitar problemas, o su sistema financiero puede llevarse todo por delante cuando las cosas van mal (Islandia).

En cierto sentido, la soberanía es un concepto relativo en estos casos. Ser soberano e independiente siendo pequeño tiene unas exigencias muy distintas que serlo siendo Alemania o Reino Unido. Un estado pequeño puede tener los niveles de gasto público que quiera (eso que la globalización obliga a ser un estado mínimo es un bulo), pero debe necesariamente ser mucho más estricto consigo mismo que un estado grande. De forma más irritante, su prosperidad no depende necesariamente de su propia virtud y buen gobierno, dado que su mercado interior es limitado. Dinamarca puede hacer todo bien y encontrarse que la economía europea está implosionando, y no tiene más que sorberse los mocos. Un estado grande puede tirar de su propio carro, al menos una temporada. Estados Unidos se ha tirado décadas a su bola ignorando el resto del mundo alegremente, y son los suficiente enormes como para hacer el capitalismo en un solo país algo casi viable.

Probablemente es preferible ser parte de un superestado eficaz que ser un pequeño país independiente. El dilema para los estados y regiones secesionistas en la eurozona es que parecen estar condenados a sufrir las limitaciones de ser un estado pequeño obligatoriamente virtuoso, pero ninguna de las ventajas de formar parte de una superpotencia.