Política

Independencia, partidos y racionalidad

18 Oct, 2013 - - @kanciller

Hay días en los que El País nos da un respiro en su sección de opinión y no tenemos ninguna tribuna sobre la independencia de Cataluña. Pero es raro, la verdad. Dejando de lado a los numerosos filósofos y escritores que escriben sobre el tema, una de las principales líneas argumentales se centra en los efectos económicos de la independencia y la pertenencia o no a la Unión Europea. Sin querer ser exhaustivo, un escenario que se plantea desde el campo independentista es que, tras una eventual secesión, España no tendrá incentivos para oponerse al ingreso de Cataluña en la UE. Relaciones de interés económico, el peso de ese país, la progresiva deserción de los aliados internacionales de España… Serían los acicates para que una España que no ha tenido ningún interés en acomodar Cataluña en su seno (sic), ahora lo tuviera para acomodar a Cataluña en la sociedad de naciones europeas.

Estos argumentos tienen, a mi modo de ver, mucho de especulativo. Al fin y al cabo, suelen ser (casi siempre) análisis estáticos que estiman la viabilidad de la independencia ceteris paribus. Me refiero al argumento, por ejemplo, de la reinversión en Cataluña del flujo de ingresos que va a otras comunidades autónomas vía transferencias interregionales. Pero sobre todo, se nota que son análisis hechos por economistas y, por lo tanto, post-políticos. Con esto me refiero a que se identifican los incentivos y los actores en un marco de acción racional, operando normalmente en el medio plazo, donde los jugadores son coherentes con sus preferencias sinceras. Ante un cambio exógeno, estrategias adaptativas al nuevo entorno.

Sin embargo mi crítica fundamental a todos estos enfoques es, precisamente, que no hacen un análisis desde la economía política. Es decir, que ni siquiera plantean que los actores políticos van a tener mayor o menos margen de maniobra para responder a esos incentivos por razones no economicistas. Algo tan sencillo como que, tras la eventual independencia, los gobiernos de ambos países querrán ganar elecciones, ni siquiera se considera. Incluso algunos argumentos tensan esta idea en un ejercicio de wishful thinking por el que tras la independencia el cleavage centro periferia desaparecería de España, las viejas elites extractivas en serían barridas por el shock y que, en suma, es casi conveniente que se produzca la separación para ambas partes.

Lo que me pregunto aquí es qué pasaría en términos políticos tras la independencia. Concretamente, me refiero a uno de los elementos fundamentales en un sistema representativo, y es su sistema de partidos. La institucionalización del sistema es una buena cosa es porque permite rutinizar la política, hacerla previsible, darle cierta racionalidad dentro del compromiso. Permite que haya alternancia, que haya opciones programáticas claras. Por lo tanto, no me sitúo en el medio o largo plazo que plantean casi todos los economistas independentistas, ni tampoco en el día inmediatamente después como plantean los contrarios (hablando de mercados cerrados, etc) sino en las siguientes elecciones. Por lo tanto me salto por lo tanto todos los pasos sobre cómo hemos llegado hasta aquí, exactamente igual que hacen los demás (nada más puede hacerse si no se es adivino pero son, justamente, los más importantes).

¿Cómo afrontar esta pregunta? Sabemos que la institucionalización de los sistemas de partidos tiene que ver esencialmente con diversos componentes. El número de cleavages en la sociedad y las reglas electorales configuran a grandes rasgos la oferta electoral. Sin embargo, esta oferta se ve tensionada por elementos endógenos y exógenos. Un elemento endógeno y, por lo tanto impredecible, es cuando un partido estalla, como la UCD aquí o los Progresistas Conservadores Canadienses. Simplemente, pasa y no puede preverse. Sin embargo, elementos exógenos pueden tensionar también el sistema de partidos. Una guerra, una catástrofe nuclear o ser intervenido por la troika no son cosas del todo controlables por los gobiernos pero que pueden desbaratar el sistema de partidos hasta sus cimientos (véase la caída de la IV República francesa o Grecia).

Dicho esto, lo que hay que pensar es en qué condiciones la independencia de Cataluña supondría un shock externo.

Un escenario, extremadamente improbable a mi juicio, es el de una secesión pactada de Cataluña. El problema consiste en buscar casos comparables. En contextos de democracias liberales y con ausencia de violencia tan solo existen tres casos: Noruega de Suecia 1905, Islandia de Dinamarca en 1918 e Irlanda de Reino Unido ese mismo año (este último más cuestionable). Aunque se intente comparar la evolución de sus sistemas de partidos, el problema es que en algunos casos ni siquiera tenían sufragio universal o acababa de implantarse (Suecia 1909, Dinamarca 1915).

Esto nos obliga a ir a un caso más cercano, pero más desajustado: la partición. A diferencia de la secesión, el Estado preexistente deja de existir y aparecen nuevas entidades. Este es el caso del “divorcio de terciopelo” de Checoslovaquia. Una partición enteramente pactada desde arriba (solo el 37% de los eslovacos y el 36% de los checos apoyaban la separación) pero que no implicó un cambio sustancial en los sistemas de partidos checo y eslovaco. De hecho, la transformación de este último país a una república semi-presidencial y  el realineamiento de su sistema de partidos fue muy posterior (1999 y 2003). Sin embargo, dudo mucho que podamos compararlo con un contexto de secesión. El tema, recordemos, es la diferencia en las preferencias entre Cataluña y el resto.

El escenario alternativo, más factible que el negociado pero al cual no sabemos cómo se habría llegado, es una declaración unilateral de independencia. Supongamos que España no hace nada en esas circunstancias – asumamos que no hay un general Domingo Batet de guardia. ¿Cuál sería el resultado de las elecciones en España? Sin duda la escisión de un territorio podemos considerarla con todas las de la ley como un shock exógeno que aumentaría la incertidumbre electoral y la volatilidad. No diré que vamos a un escenario de elecciones fundacionales pero podría ser equivalente a las de Italia tras mani pulite.

Nos movemos en el campo de la especulación, pero parece razonable pensar que  el partido en el gobierno perdería muchísimos apoyos electorales (depende, claro, de los pasos previos que haya seguido, pero no deja de ser perder un trozo del país). La oposición, suponiendo que sea el PSOE, habría perdido uno de sus graneros electorales fundamentales así que difícilmente se beneficiaría – en el medio plazo se realinearía todo el sistema. IU no sé cómo se comportaría pero UPyD subiría como la espuma. Además, nuevos partidos y movimientos populistas tendrían un amplísimo margen para conseguir representación. Eso sumado a que, no lo olvidemos, Euskadi seguiría dentro de España, con lo que las tensiones lejos de desaparecer se exacerbarían.

El resultado, en todo caso, sería una clarísima polarización del eje centro periferia en España. Cuestiones como qué hacer con las minorías lingüísticas castellanas en Cataluña, la reparación de la inmigración proveniente de allí, quien sabe si violencia episódica, la relación con el nuevo estado, el tema de la UE, las relaciones económicas y arancelarias… Se convertirían en el eje fundamental del debate, tanto a nivel de votantes como de élites. Probablemente, la posición sobre estos temas podría ser divisiva en los principales partidos. Los contemporizadores frente a los duros.

En todo caso, el margen de maniobra frente a los partidos nicho o issue parties sobre el tema (sin duda, UPyD y los que pudieran venir) iba a ser más bien limitada. Ser más duro sería lo prevalente, se vuelve un valence issue. Los partidos grandes solo podrían reaccionar de tres maneras ante esta demanda de “a Cataluña ni agua”. O bien ignoran o copian sus temas de la agenda para cortocircuitar el crecimiento de los partidos nicho o bien se oponen a sus posiciones, lo que los puede hacer crecer en votos. Con el surgimiento de un nuevo estado es difícil ignorar todos los asuntos comentados antes. Por lo tanto, lo más previsible es que adopten la estrategia del mimetismo.

Por lo tanto, el resultado final del shock de la secesión es que habría más volatilidad, un realineamiento previsible del sistema de partidos español y casi con seguridad posiciones duras hacia Cataluña. Eso solo considerando España, porque en Cataluña el sistema de partidos ya se habría realineado tras la declaración de independencia – y si triunfa la opción de la vía unilateral, es porque los más duros ya habían ganado.

Entiendo, por lo tanto, el loable esfuerzo de los economistas por subrayar los incentivos positivos que tendría para España el integrar Cataluña en la UE y el mundo, pero me parecen poco informativos. Más allá de ser un ejercicio intelectual interesante siguen teniendo el defecto de muchos análisis económicos: no considerar que la política va antes o, al menos, a la par. Por eso, aunque España pudiera tener dichos incentivos positivos importaría bastante poco. El sistema de partidos español sería otro y, casi con seguridad, sus actores no tendrían margen de maniobra para obrar en consecuencia.

PD: Mañana tenemos un acto para hablar de estos temas en Madrid. Os invitamos a que vengáis a dar vuestra opinión