Uncategorized

La tasa sobre las transacciones financieras: un culebrón europeo (Parte II)

1 Oct, 2013 -

La primera parte del artículo se encuentra aquí.

Septiembre de 2011: bajo la presión política y a pesar de las dudas técnicas referidas en la primera parte del post, la Comisión Europea propuso la creación de una tasa UE sobre las transacciones financieras. Para evitar desviaciones de capital hacia productos exentos, la propuesta tiene una base amplísima y cubre todo tipo de transacciones entre instituciones financieras (basta con que una de ellas esté situada en el territorio de la UE), tanto las acciones y obligaciones (tasa del 0,1%) como los productos derivados (tasa del 0,01%).

Vaya por delante que casi todos los países de la UE tienen ya algún tipo de tasa sobre algún tipo de transacción financiera, en particular impuestos sobre la emisión de acciones (1% en España, en Grecia o en Austria) o impuestos sobre los registros de ciertas transacciones (en particular un impuesto del 0,5% creado en 2010 en el Reino Unido). Algunas excepciones son previsibles (Luxemburgo) y otras notables, como la de Alemania, que fue suprimiendo casi todos los impuestos que tenía en los años noventa para fomentar el dinamismo de su mercado financiero¹.

Noviembre 2011: en un clima pre-electoral, el entonces presidente de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, afirmó pomposamente que una tasa europea sobre las transacciones financieras era «técnicamente posible, financieramente indispensable y moralmente inevitable». Su rival, François Hollande, como buen socialista, se suma a una idea con la que ya había jugueteado diez años antes el primer ministro socialista Lionel Jospin. Mientras en Londres todo el mundo se lleva las manos a la cabeza, en Alemania Angela Merkel parece dispuesta a apoyar la iniciativa. Tras tres años de crisis financiera y un reguero de rescates bancarios, los gobernantes se muestran dispuestos a hacer un gesto político hacia sus electorados francamente cabreados con el mundo de las finanzas y alucinados por la cantidad de dinero público que se está inyectando en el sistema bancario. Estos líderes se declaran pues a favor de una propuesta sin mucho coste político, ya que tendrá que discutirse en Bruselas, si bien Francia lanza al mismo tiempo una versión limitada de la famosa tasa (graba únicamente la compra de acciones de empresas cuya capitalización bursátil sea superior a los 1.000 millones de euros, es decir 109 empresas)Error: Reference source not found.

Septiembre 2012: tras varias discusiones estériles, todo el mundo entiende que no hay modo imaginable de que la tasa propuesta por la Comisión afecte a los 27 países de la Unión. El Reino Unido, deseoso de proteger los intereses de la City, lidera a los escépticos, pero el grupo es amplio e incluye a Suecia (que fracasó con una tasa de este tipo en los años 80), Luxemburgo, Irlanda u Holanda. Se recurre pues al mecanismo de cooperación reforzada, una solución cada vez más utilizada para reducir el campo de acción de una iniciativa a un grupo de países. En este caso, once países (Francia, Alemania, Italia, España, Portugal, Austria, Bélgica, Eslovaquia, Grecia, Estonia y Eslovenia) se lanzan a la aventura. En un gesto para consumo político interno, Reino Unido lleva la decisión ante el Tribunal de la UE por los efectos extraterritoriales que tendría la tasa de los once.

Febrero 2013: La Comisión Europea pone sobre la mesa una nueva propuesta para los once, con el aval entusiasta del Parlamento Europeo. Y es que las instituciones europeas tienen dos buenas razones para defender la propuesta: por un lado, es una forma de armonización europea en un contexto en el que las iniciativas de tasas financieras se multiplican, desde Italia a Irlanda, tomando las formas más diversas y con efectos negativos para la formación de un mercado financiero unificado. Por otro lado, la Comisión propone dedicar parte de los fondos cosechados con la tasa al presupuesto de la UE: se trataría de un «recurso propio» de la UE, que por ahora se financia en gran medida por las contribuciones de los Estados Miembros². En otras palabras, sería un paso adelante en el proceso de unificación, pues el hecho de financiar el presupuesto de la UE confiere a los Estados Miembros un sentimiento de propiedad indirecta sobre el uso de ese dinero y aleja a la Unión de sus aspiraciones federales.

Septiembre 2013: Tras meses de discusiones, los once deciden pedir a la Comisión que revise su proposición. Y es que el clima político ha cambiado: ya no parece haber la misma animosidad contra los bancos y los líderes no siente la misma necesidad de hacer gestos demagogos. Además, tras las reducciones en las transacciones ligadas a algunas de las tasas introducidas a nivel nacional, la proposición de cubrir todo tipo de transacciones financieras (tanto el mercado de acciones y obligaciones como el mercado de derivados) parece demasiado ambiciosa³. Pero en el fondo, el problema es que las ventajas políticas de la iniciativa a nivel interno ya no son tan aparentes.

El culebrón de la tasa de los once sobre las transacciones financieras no acabará hasta dentro de unos años, pero ya ha proporcionado una buena ilustración de las dinámicas entre los actores que protagonizan el precario sistema de gobernanza europeo. Los políticos nacionales marcan la agenda europea en función de sus propios intereses internos, sobre todo en periodos electorales; la Comisión Europea intenta pescar en ese caladero político para avanzar en la integración económica y política de la UE, pero se ve con demasiada frecuencia manipulada por los actores nacionales, que acaban obligándola a retractarse de iniciativas que ellos mismos le habían pedido.

____________________________________