Geopolítica

Un Estado y medio, de Jordi Pérez Colomé. El conflicto que nadie quiere resolver

3 Sep, 2013 - - @jorgesmiguel

Una de las “verdades” más repetidas de la política internacional en las última décadas es la centralidad absoluta del conflicto palestino-israelí. Durante la Guerra Fría, las líneas de fuerza de los dos grandes bloques se cruzaban en Oriente Próximo a través de sus diversos -y a veces cambiantes- aliados y “delegados”: Israel, Egipto, Siria, más tarde la OLP. En los 90, arruinado el bloque socialista y tras el estancamiento del Proceso de Paz, el conflicto adquirió nuevo protagonismo como, quizás, el último gran obstáculo hacia ese idílico nuevo orden internacional basado en la cooperación pacífica, la democracia liberal y el capitalismo. Más aún cuando las ilusiones de la “década dorada” se enterraron bajo las ruinas de las Torres Gemelas: la relación de la nueva gran amenaza, el islam político, con la “herida abierta” de la Naqba parecía evidente, y sus portavoces no se cansaban de afirmarla una y otra vez. En resumidas cuentas, las cancillerías de todo el mundo, y la propia opinión informada global, acabaron asumiendo de manera casi unánime un discurso de parte según el cual la resolución del problema palestino era condición previa a la pacificación de Oriente, al desarrollo de los pueblos árabes y a la apertura del islam hacia formas compatibles con los derechos civiles y políticos. No obstante, en los últimos años la historia del mundo ha seguido un curso que no pasa por Palestina. Hoy el conflicto dormita con niveles de violencia y expectativas de paz en mínimos históricos. Israelíes y palestinos, por motivos muy distintos y en situaciones completamente dispares, parecen haber asumido que la obsesión por una resolución rápida y feliz está fuera de lugar, y optan por vivir, sobrevivir o resistir al margen de grandes planes o proyectos. El libro reportaje de Jordi Pérez Colomé Un Estado y medio, recién aparecido en formato electrónico, es un excelente retrato de este momento histórico.

El lanzamiento del libro coincide con el anuncio de las primeras negociaciones de paz desde 2010, así que las afirmaciones del párrafo anterior pueden parecer más bien osadas. No obstante, las expectativas parecen ser mínimas por ambas partes; la capacidad de acción y de compromiso de los actores está severamente limitada; y, como no podía ser de otra forma, en el momento de escribir estas líneas ya se han cruzado los primeros reproches en torno a la aprobación por Israel de nuevas viviendas en Jerusalén Este. Hay que tener presente una idea que aparece enseguida en el libro de Jordi y se repite de manera explícita e implícita a lo largo de sus páginas: Israel ha ganado. La diferencia entre israelíes y palestinos es tan abismal hoy por hoy que incluso estos últimos parecen haber aceptado de manera tácita que las generaciones presentes no verán una solución favorable del conflicto. La consigna es resistir. Resistir a la espera de una victoria incondicional que podría demorarse décadas o más bien siglos. Esta mentalidad entre fatalista y milenaria socava la posibilidad de asumir renuncias en el presente en una negociación real. Por parte israelí no hay muchos más incentivos para las concesiones, por los motivos opuestos. Prolongar el statu quo es prolongar su hegemonía y, llegado el caso de una negociación, partir de una ventaja cada vez más acusada. Hay incluso quien, como Edward Luttwak, sostiene con algún afán polémico que incluso los palestinos tienen incentivos para el conservadurismo visto que, en términos generales, la situación del grueso de su población no es peor que la de vecinos árabes soberanos como Egipto o Siria.

Y esta es una de las claves que se dibujan en el libro de Pérez Colomé. La presencia cada vez más palpable de una opción tabú para muchos -los discursos oficiales palestinos, claro; pero también, por ejemplo, la izquierda israelí- pero que cuenta a su favor con una cierta inercia histórica: la “normalización”. La posibilidad de una convivencia tensa, a regañadientes y en buena medida espontánea, sostenida por la lenta pero apreciable modernización palestina y los fuertes lazos económicos que ligan a la población con Israel. La fe en la solución de los dos Estados está también hoy en mínimos históricos entre unos y otros, y no sin motivos. La viabilidad económica de un conjetural Estado palestino, después de seis décadas de subsidios occidentales, con un tejido institucional rudimentario, el territorio de Gaza escindido no sólo geográfica, sino ante todo políticamente, y la propia Cisjordania partida por asentamientos y vías israelíes, es y ha sido siempre enormemente dudosa. Por otra parte, Israel alberga dudas muy legítimas sobre la seguridad que garantizaría un Estado palestino a tiro de cohete de Tel Aviv, especialmente tras la desastrosa experiencia de la retirada de Gaza. Descartada la convivencia en un solo Estado por los israelíes, por evidentes razones demográficas, queda poco terreno para la imaginación. Con todo, hay quien formula otras alternativas. Como Dani Dayan, ex-presidente del Consejo de Yesha (un lobby colono), que le refiere a Jordi la opción de que los habitantes palestinos de Cisjordania pasen a ser ciudadanos jordanos residiendo en territorio bajo soberanía israelí. ¿Interesado? Sin duda. ¿Fantasioso? Quizás, pero téngase en cuenta que la población palestina es mayoritaria en Jordania desde hace mucho tiempo, y que ni Cisjordania ni Gaza han formado nunca entidades políticas soberanas. A buen seguro una implicación más directa y constructiva de Egipto y Jordania en el conflicto aumentaría las probabilidades de una resolución más o menos aceptable para ambas partes, pero ni uno ni otra parecen estar en condiciones de atender a otra cosa que a sus propios y múltiples problemas. De hecho, otra de las constantes del conflicto desde el 48 es el desinterés, bajo los discursos y la propaganda, de los gobiernos árabes por la población palestina, mientras Israel recibía millones de emigrantes judíos de todo el mundo, incluidos los refugiados del desplazamiento de las poblaciones hebreas del mundo árabe.

Pero esa misma fortaleza de Israel ha dado lugar a numerosas contradicciones y arroja sombras sobre su futuro. Israel no es hoy el pequeño Estado socialista pre-73, la nación en armas que guerreaba heroicamente contra vecinos mucho más numerosos dispuestos a arrojarla al mar. Es una potencia regional con una sociedad diversa que incluye grupos en alza como los haredim. Los ultraortodoxos plantean un desafío al Estado israelí en cierto sentido más acuciante que los palestinos, y quizás no muy distinto cualitativamente del que plantearía una asimilación palestina en un único Estado. Una población pobre -los hombres trabajan en proporción reducida-, que rehuye sus deberes civiles o incluso se muestra abiertamente hostil al Estado, cuyos valores chocan frontalmente con la modernidad y que se reproduce a un ritmo muy superior al resto de los ciudadanos. Pero los haredim sólo son la cara más visible del delicado equilibrio de Israel entre la laicidad del sionismo originario y lo religioso. Un dilema que se concreta cotidianamente en un entramado de identidades superpuestas y procesos burocráticos, en un punto indeterminado entre la denominación religiosa, la etnicidad y la nación moderna. Y al tiempo que Israel oscila entre la modernidad en la que se fundó y la expresión de las múltiples identidades que acoge hoy en su seno, los palestinos también avanzan lentamente, se diría que sin querer pensar en ello, por la senda del desarrollo. De un desarrollo que resulta sospechoso para muchos dentro y fuera de los territorios, y que quizás los aleja de la lucha y los acerca a una homologación con otras sociedades. A 5 kilómetros de Ramala, con dinero palestino y catarí, se contruye hoy Rawabi, una ciudad para 40.000 habitantes. Señala Pérez Colomé que Rawabi es lo menos parecido a un campamento de refugiados que quepa imaginar, y quiere emular más bien un asentamiento israelí o incluso algún hortera suburbio del Golfo o de Norteamérica. Hasta en el lenguaje, Rawabi es en la anti-Intifada: su nombre alude a “las colinas” o “los montes”, y los promotores rechazaron expresamente otros nombres más connotados y tradicionales como “Yihad City”. Las autoridades israelíes y los colonos mantienen una actitud ambivalente ante el proyecto, como también los palestinos oscilan entre la desconfianza y la aceptación, lo que la convierte en un símbolo perfecto del estado actual del conflicto.

Una anotación final. Para escribir el libro, Jordi ha viajado a Israel y los territorios palestinos con su habitual sistema de financiación. Como muchos lectores sabrán, Obamaworld es en cierto sentido un experimento personal sobre el nuevo periodismo. Es pronto para hacer balance sobre la validez del modelo y la posibilidad de generalizarlo, pero no cabe duda de que en este caso particular está produciendo resultados muy apreciables. Además, el enfoque minimalista de Jordi ofrece una mirada limpia. Es un periodismo sin adjetivos, que juega con las cartas sobre la mesa y no vende ideología con la excusa de “dar voz” a unos u otros. En los medios, viejos y nuevos, abundan “analistas” bajo cuyos campanudos discursos y exigencias morales hay poco más que argumentarios, pose, indolencia o puerilidad. Y, desde luego, poco periodismo. Un trabajo como Un Estado y medio es sólo en apariencia más sencillo o menos ambicioso, y a la postre resulta mucho más honrado y revelador.

PS – Para celebrar el inicio de curso, sortearemos un ejemplar impreso de Un Estado y medio entre quienes donéis al menos un euro a Politikon a través de nuestra cuenta de PayPal durante todo este mes de septiembre. En breve os relataremos nuestros planes para el curso que empieza y a qué vamos a destinar los recursos de que dispongamos. También haremos una donación al próximo proyecto de Jordi Pérez.