Política

«Lo último que necesitamos en este país es que se rompa la derecha»

22 Jul, 2013 - - @jorgegalindo

Ayer se publicó en El Confidencial una entrevista que me hizo Rubén Díaz Caviedes, a quien desde ya agradezco el esfuerzo que ha hecho para escuchar a un científico social sin dormirse y además hacer que lo que dice parezca mínimamente interesante. El titular escogido por el periódico es el mismo que empleo para esta entrada, y al parecer ha provocado algo de revuelo. Siguiendo el tópico, me alegro de que así sea, porque me da la excusa perfecta para hablar de la estabilidad del sistema de partidos y su importancia para un país. Antes de seguir, vaya por delante que todo lo que cuento en este artículo viene tanto de mi cabeza como de la de Pablo Simón (de hecho, viene bastante más de la suya que de la mía).

Cualquier democracia representativa se basa en la existencia de una serie de entidades intermedias que se encargan de agrupar y transmitir las demandas y conflictos sociales a la arena institucional. Los partidos políticos son los más importantes de entre ellos, disponiendo del monopolio efectivo para concurrir a elecciones y tomar decisiones políticas (incluso movimientos pretendidamente outsiders como el M5S de Beppe Grillo parecen abocados a constituirse como partido o a fracasar en su intento de condicionar la agenda). Generalmente, los sistemas de partidos en las democracias occidentales pueden entenderse como una especie de mercado en el cual unos ofrecen políticas (los partidos) que otros compran (los ciudadanos) a través de votos. Este mercado tiene una serie de particularidades, la principal de las cuales es la tendencia a la concentración de «compras» o votos en unos pocos ofertantes. Además de condicionantes institucionales, esto se debe al hecho de que la utilidad recibida por cada ciudadano a cambio del voto no solo corresponde con la cercanía del partido escogido a sus ideas o intereses, sino también a la capacidad de dicho partido para poner en marcha dichas ideas. Es decir: el ciudadano se encuentra ante el dilema de votar al partido al que se siente más cercano o a uno que puede gobernar. Hay muchos a quienes les encantaría votar al Partido Comunista de los Pueblos de España pero asumen que es más útil dar el voto a Izquierda Unida. O a una de las múltiples versiones de Falange que aún existen, pero escogen al PP. Y así.

Esto hace del sistema de partidos un mercado monopolístico en el que unos pocos dominan, generando una cierta estabilidad. Esta estabilidad no es eterna, claro: si no, no habría democracia pues no existiría alternancia; estos cambios reciben el nombre lógico de volatilidad electoral. Sin embargo, hay ocasiones en que la volatilidad electoral va más allá del simple cambio de gobierno dentro del oligopolio y le da la vuelta al sistema de partidos, poniéndolo patas arriba. Italia en 1994 o Grecia el año pasado son dos claros ejemplos de este tipo de situaciones.

Pensemos ahora en la España de 2013. El Partido Popular es ahora mismo presa del mismo líder (y su cúpula) que debería estar manteniendo su unidad. Si la presión se incrementa, Rajoy decide mantenerse en el sitio y las encuestas retoman una senda descendente, un grupo significativo de los cuadros medios puede hacer el cálculo de que sale más a cuenta iniciar una rebelión que quedarse quieto para salvar el puesto. Este tipo de rebeliones no sientan nada bien a los partidos en España, pero aún menos a uno que se basa, como lo hace el PP, en una hegemonía ideológica más bien poco definida sobre un espectro muy amplio y en una estructura jerárquica, casi piramidal.

Aún así es de esperar que el PP tenga mecanismos internos para evitar que todo esto pase. Por ejemplo, hacer que finalmente Rajoy comparezca, dé explicaciones y, si la presión aumenta, eventualmente dimita dejando su puesto a otra persona sin armar revuelo de cara a la galería. Pero si no lo hiciese el escenario ante unas nuevas elecciones sería el siguiente: economía estancada, partido en el Gobierno desintegrándose, partido en la oposición desacreditado y sin empuje ni liderazgo claro que permita articular una alternativa creíble, percepción de corrupción extendida a todos los partidos dominantes. Un escenario bastante propicio a un descalabro del actual sistema de partidos.

Cuando esto sucede hay consecuencias presumiblemente positivas, y otras probablemente negativas. Entre las positivas se cuenta el incremento del menú programático, la renovación (con un poco de suerte, incluso generacional) de las élites políticas del país, así como de las organizaciones de intermediación (los partidos políticos), si bien es cierto que al no cambiar la estructura de incentivos lo más probable es que las nuevas élites y organizaciones reproduzcan vicios pasados, si no peores. A esto se añade el hecho de que en una situación de crisis como la actual una desintegración del sistema de partidos abriría (y mucho) la ventana de oportunidad para extremismos varios, de los cuales en España hemos estado felizmente libres hasta ahora. Es decir: el incremento de menú puede producirse perfectamente por los bordes del sistema. Particularmente por la derecha, donde el PP ha hecho una labor (en su propio interés, claro, el beneficio general es colateral y no intencionado) de copar todo el espectro político a la derecha del centro. Que no haya sucedido hasta ahora no quiere decir que no pase a partir de este momento. Y eso precisamente es lo que quería expresar con la frase destacada. Sin cambiar las instituciones que nos han hecho producir un determinado sistema de partidos no estoy seguro que queramos cambiar los que tenemos por una versión más extremada y con los mismos vicios potenciales que los actuales. Pero bueno, la pregunta queda abierta.