Internacional

¿Qué es un golpe de Estado?

9 Jul, 2013 - - @griverorz

Con algunos conceptos es fácil renunciar a cualquier intento de teorización y acabar recurriendo a la “prueba del elefante”: una criatura puede ser difícil de definir, pero que uno es capaz de reconocer un ejemplo cuando lo tiene delante. Sin embargo, lo miremos por donde lo miremos, lo ocurrido en Egipto la semana pasada cumple con todo lo que esperamos de un golpe de Estado. Los hechos son que Morsi, jefe del Ejecutivo, ha sido reemplazado de un modo que contraviene las normas vigentes y que incluye el uso de violencia. Cualquier definición en la literatura profesional coincide en que esas son las condiciones exigibles. Por tanto, la batalla conceptual que hemos presenciado durante estos últimos días, si tiene algún sentido, es en los márgenes del debate académico.

Tal vez vez haya cosas en esa definición que no nos agraden y preferiríamos mirar lo ocurrido en Egipto la semana pasada a través de otra lente. Quizás querríamos diferenciar los golpes que nos gustan de los que no nos gustan. Al fin y al cabo, hay golpes que derrocan a tiranos, pero también los hay que fulminan un regimen sostenido por la voluntad de las urnas, y puede resultarnos repugnante mezclar ambos tipos de eventos. Sin embargo hay dos reflexiones, casi triviales, que no se nos pueden escapar. La primera es que lo que habrá de deparar el futuro es accesorio para calificar un golpe como tal. Si las reglas que han aupado al actual líder al gobierno nos gustan o no, o si el actual gobierno nos agrada o nos repele, son elementos irrelevantes en relación al hecho de que en Egipto los militares han depuesto al presidente. Dicho de otro modo, tan golpe fue el que sustituyó al presidente Salvador Allende como el que puso fin al Estado Novo y al dictador Marcelo Caetano en Portugal en 1974. Ambos casos comparten una característica importante y es que alguien que no podía acceder al gobierno de otro modo tuvo que recurrir al uso de la violencia para abrirse paso hasta el palacio presidencial. Esa ruptura fundamental del orden político es algo que una nueva definición que propongamos no debe perder de vista.

Llevando esta idea un poco más lejos, y esta es la segunda reflexión, podemos decir algo más interesante. Un golpe, por construcción, no derroca un régimen, al menos en la medida en la que quitar a la persona en la cúspide no desmonta necesariamente una estructura de poder. Por supuesto, y esto es nuevamente trivial, un alternancia en el poder irregular y violenta en una democracia pervierte la esencia del sistema político, mientras que no podemos decir lo mismo si eso ocurriese en una autocracia. Precisamente por eso, calificar un golpe de democrático implica una evaluación de lo que va a pasar en una larga cadena causal de la que el golpe no es más que un eslabón y, más importante, se basa únicamente en las intenciones de los golpistas ¿Y cómo estar seguros de las intenciones de los hombres armados que acaban de tomar el poder? ¿Acaso no se escudan todos en la necesidad de la acción para proteger “los altos intereses de la Nación”? La incertidumbre y la credulidad sobre las declaraciones de los militares son malas bases teóricas sobre las que construir un concepto.

Por tanto, antes de lanzarnos a pensar en añadir adjetivos, es conveniente pensar sobre qué nos aportan de cara a comprender mejor un evento como el de esta semana, y dejar la cuestión de la legitimidad o nuestra simpatía hacia el mismo para otros foros.

Quiero volver a la prueba del elefante y a una cuestión un poco menos evidente. La definición de más arriba es clara y se aplica sin ambages a Egipto, pero  a primera vista solo lo hace a partir momento en el que los tanques tomaron a las calles. Y eso es algo muy incómodo desde una perspectiva teórica porque, entonces, ¿qué fue el ultimatum del lunes? Olvidemos por un momento las particularidades del caso de Egipto y pensemos en las condiciones que exige la definición. La violación de las normas de acceso al ejecutivo es problemática porque a veces estas reglas no existen, pero incluso en estos casos extremos podemos identificar si el golpista es quien se supone que tenía que tomar el relevo. El auténtico problema viene precisamente de lo que parece lo más sencillo de evaluar, que es el uso de la violencia. Porque, ¿realmente tenemos que observar violencia para considerar su uso creíble y reaccionar ante ella? Si un extraño me exige la cartera en una calle muy transitada a plena luz del día, es probable que no se la dé y que ignore el episodio. Pero si es por la noche y me muestra un cuchillo, la situación es diferente, sobre todo porque mi evaluación de lo que ocurrirá si rechazo obedecer es distinta. El problema en el caso de Egipto es el mismo. El comunicado era una acción irregular que intentaba influir en las decisiones del ejecutivo ¿Era creíble? Por supuesto. Es difícil imaginar un escenario en el que la cúpula del Ejército se desdijese el miércoles si Morsi decidiese echar un pulso. Más aún con la reputación que ha generado durante los dos últimos años. De ser así, ya el lunes teníamos todos los elementos necesarios para hablar de golpe de Estado. Dicho de otra manera, no solo es obvio que la deposición de Morsi fue un golpe de Estado, podemos incluso justificar que que fue la última fase de un golpe que ya era tal el lunes cuando la cuenta atrás se puso en marcha.